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Mi 2012 en cifras

Siempre que se acerca el fin de año, uno se siente como obligado a hacer balance de los últimos 365 días (o 366, si es bisiesto) para recapitular todo lo que ha hecho o dejado de hacer a lo largo de un año que seguramente empezó con un montón de propósitos y buenas intenciones. Mi objetivo general suele ser, simplemente, mantenerme en la brecha, y creo que lo he cumplido.

Mi 2012 ha sido un año bastante tranquilo desde el punto de vista laboral; de hecho, ha sido el año con menos carga de trabajo y menor facturación desde que empecé a trabajar como traductora autónoma en el 2006, pero aun así el resultado ha sido satisfactorio y no se aleja demasiado del de ejercicios anteriores. Y no, me niego a creer que la causa haya sido la tan cacareada crisis; más bien lo achaco a la decisión de tomarme las cosas con calma y ser más estricta a la hora de seleccionar clientes y encargos, así como al hecho de haber tenido más días de vacaciones que en los años anteriores. En estos doce meses he trabajado en un total de 144 proyectos, de los cuales el 85 % pertenece a los campos de la electrotecnia, las finanzas y la maquinaria, mis ámbitos de especialidad. He trabajado con 11 clientes diferentes, de los cuales solo tres son nacionales y que están bastante equilibrados en cuanto a tipología: tres agencias de traducción, tres empresas ajenas al sector de la traducción, tres particulares y dos colegas traductores. Mi tarifa media por palabra en céntimos de euro ha crecido y supera las dos cifras. ¡Sí, se puede!

Pero no solo de traducir vive el hombre: tampoco he dejado de lado la inversión en mi negocio y en mi formación. En enero estrené mi nueva página web y en agosto adquirí el programa SDL Trados 2011 para mejorar el servicio que les presto a mis clientes y poder participar en proyectos que requieren el uso de esta herramienta TAO. En abril asistí al curso de corrección impartido por María-Fernanda Poblet en Bilbao, y en junio participé en el utilísimo webinario sobre la gestión de la cartera de clientes impartido por Héctor Quiñones como parte del estupendo programa de webinarios de Asetrad. Además, yo misma me estrené como ponente con una charla sobre redes sociales que di mano a mano con Clara Guelbenzu con ocasión de la asamblea general de Asetrad y que tuvo bastante éxito.

En el plano cibernético-social ha sido un año todavía más provechoso. En febrero inauguré mi cuenta de Twitter, que a fecha de hoy registra 1881 tuits y 833 seguidores, más de los que jamás pensé que llegaría a tener —me sigue sorprendiendo que a tanta gente le interese lo que yo pueda decir. Además, he publicado 38 entradas de todo tipo y pelaje en este blog, que en octubre cumplió dos añitos, y solo contando los mensajes enviados a la lista de distribución Traducción en España, mi contribución en este tipo de foros asciende a 162 correos. Pero lo mejor de este año han sido sin duda los encuentros de traductores: las charlas de febrero en la UA; la asamblea de Asetrad de abril en Bilbao; la tertulia que Héctor Quiñones organizó en Madrid en mayo; la comida de junio en Murcia con los colegas levantinos; el fin de semana traductoril en Alicante en julio; la paella extraoficial en casa de una queridísima colega castellonense en agosto; el antológico #ETIM12 a principios de diciembre; la cena de Navidad en Madrid el martes pasado, y la futura comida de Navidad en Alicante este mismo viernes. Y, aun así, me ha sabido a poco.

En definitiva, ha sido un año productivo en el que he disfrutado tanto con mi trabajo como con mis compañeros. Son muchos los propósitos que podría hacerme para el 2013 (si queréis sacar ideas, leed esta entrada), pero solo pido una cosa: seguir siendo traductora y pasármelo aún mejor que en el 2012.

¡Felices fiestas y próspero año nuevo!

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Reflexiones sobre el éxito profesional y otras divagaciones filosóficas

Hace poco terminé de leerme un libro harto recomendable para todos aquellos que no estén a gusto con su trabajo o quieran darle un giro a su carrera profesional: Cómo encontrar un trabajo satisfactorio, de Roman Krznaric. El libro llegó a mis manos a través de otra persona y, después de echarle un vistazo al primer capítulo, que narra la historia de tres personas que en algún momento de su vida cambiaron radicalmente su trayectoria laboral en busca de una mayor satisfacción y realización profesionales, determiné que era lo suficientemente breve, ameno, inspirador e interesante como para seguir leyendo, aunque más por mera curiosidad que porque esté pensando en cambiar de profesión. Según su autor, los pilares de un trabajo satisfactorio son tres: sentido, flujo y libertad. Es decir, si tenemos un trabajo que para nosotros tiene sentido (porque nos proporciona dinero o estatus, o bien nos permite dejar huella o poner en práctica nuestros intereses y aptitudes), que nos hace estar en flujo (es decir, que nos absorbe, nos abstrae y nos hace perder la noción del tiempo cuando lo desempeñamos por estar totalmente inmersos en él) y que nos permite cierto grado de libertad, autonomía y flexibilidad, es muy probable que nos sintamos realizados y a gusto con esa actividad laboral. La consecuencia inevitable de leer todo eso es que acabé preguntándome si yo me sentía así con mi trabajo.

Después de analizar todos los factores mencionados en relación con mi vida profesional, llegué a la conclusión de que puedo considerarme una auténtica privilegiada: tengo un trabajo relativamente bien remunerado y respetado hasta cierto punto, que es útil y necesario para la sociedad y que está directamente relacionado con mi formación académica, mis gustos y mis habilidades; trabajo en lo que he elegido y se me da bien, y tengo la suerte de poder vivir de ello. Yo no diría que traducir es mi pasión —creo que hoy en día se utiliza el término pasión con demasiada ligereza—, pero sí disfruto con ello, me estimula la mente y siempre aprendo cosas nuevas, aunque unos textos se prestan más al goce que otros, lógicamente. Y, por último, el hecho de ser autónoma me proporciona la máxima libertad e independencia que un trabajador puede tener: trabajar como y donde quiera. Así que sí: creo que mi trabajo es bastante satisfactorio, aunque eso no significa que sea la única actividad laboral con la que me sentiría a gusto ni excluye la posibilidad de que en algún momento me apetezca cambiar de profesión.

Pues bien, toda esa reflexión me condujo a la pregunta clave: ¿es ese el camino del éxito profesional? ¿Cuándo se considera que un traductor tiene éxito? Existe una tendencia inevitable a creer que el éxito de un traductor consiste en cobrar tarifas cada vez más altas y tener clientes cada vez mejores, y que ese debería ser el objetivo de todos nosotros. Y en parte es cierto; yo misma he hablado de eso en numerosas ocasiones. Pero los ingredientes que conforman el éxito de un traductor son, en mi opinión, muchos más: no ser un esclavo del trabajo y poder vivir cómodamente trabajando solo las horas justas; contar con el respeto de tus compañeros de profesión y el agradecimiento de tus clientes; ser un verdadero entendido en tu ámbito de especialidad; no dejar de aprender, de evolucionar y desarrollarse; ejercer tu trabajo con dedicación y esmero; disfrutar con lo que haces. El dinero y el prestigio son solamente dos componentes de esa ecuación, y quizá ni siquiera los más relevantes ni satisfactorios. Después de todo, lo realmente importante, lo que realmente te llena, es estar a gusto con lo que haces, orgulloso de ello y sentir que el trabajo no es un mal necesario, sino una parcela irrenunciable de tu vida con la que, además de ganarte las habichuelas, te desarrollas como persona. Ese es el auténtico éxito profesional.

Adiós, vacaciones; hola, rutina

Vuelta a la vida cotidiana después de casi un mes de desconexión total. Ya sabéis (y si no lo sabéis, leed esta entrada de hace más de un año) que yo no concibo unas vacaciones al pie del cañón, por lo que una vez más decidí dejar aparcada durante unas semanas mi vida laboral y todas las tareas consustanciales (correo, redes sociales, teléfono) para dedicarme en cuerpo y alma, sin remordimientos ni preocupaciones, al noble arte de descansar, recargar las pilas y, sobre todo, viajar, mi auténtica pasión.

Lo malo de unas vacaciones largas y totalmente ajenas a tu rutina diaria es, precisamente, que volver a esa rutina cuesta un poco más: cuantos más días pasamos fuera de casa sin recordar que somos traductores, sin mirar el correo y sin mantenernos al tanto de lo que se cuece en la profesión, más difícil se hace volver a sentarse frente al ordenador, revisar todos los mensajes que nos han ido llegando en nuestra ausencia y ponerse al día de todo lo que nos hemos perdido mientras estábamos off. Sin embargo, considero esa «alienación» un requisito imprescindible para descansar y reponer de verdad la mente y el cuerpo, aunque ello pueda suponer perder clientes, encargos o información. En mi opinión, es el peaje que hay que pagar para mantener una vida personal y laboral equilibrada y satisfactoria, una mente cuerda y un cuerpo sano, y no significa en absoluto (como algunos pueden pensar) que seas un mal profesional o un traductor pasota al que no le importan sus clientes y su trabajo. Simplemente, cada cosa tiene su momento y su lugar, aunque reconozco que no todo el mundo puede permitirse ese «lujo» o plantearse el trabajo y las vacaciones de la misma forma que yo.

Para que la vuelta a la realidad sea más llevadera, en especial si hay un viaje de por medio, antes de incorporarme plenamente al trabajo después de un periodo vacacional, dedico los dos últimos días de descanso a ir retomando el ritmo habitual: me levanto más o menos a la hora acostumbrada, enciendo el ordenador y dedico un rato a echarle un vistazo al correo, las redes sociales, los blogs, la prensa, etc., para no morir de una avalancha digital el primer día de trabajo. Y ese primer día laborable hago la puesta a punto definitiva:

  • Desactivo la respuesta automática de vacaciones del correo electrónico.
  • Reviso el correo y hago limpieza de los mensajes que he recibido mientras estaba de vacaciones. Contesto a todos aquellos que requieran respuesta por orden de prioridad y urgencia.
  • Envío un mensaje colectivo a todos mis clientes para hacerles saber que ya estoy de vuelta y disponible para nuevos encargos.
  • Reactivo la recepción de mensajes de las listas de correo, que suelo desactivar antes de irme de vacaciones para que no se me acumule una cantidad ingente de mensajes (que probablemente acabe no leyendo) en mi ausencia.
  • Retomo la actividad en las redes sociales y me pongo al día en la medida de lo posible.
  • Publico una entrada en el blog para que mis lectores sepan que sigo ahí. 🙂

Y a vosotros, ¿os cuesta volver a la vida cotidiana después de las vacaciones?

Los errores más comunes de un traductor

No son pocas las piedras en las que los traductores tropezamos tarde o temprano. Estas son las 15 más frecuentes:

  1. Creer que facturación es lo mismo que ganancia o beneficio.
  2. Calcular lo que uno puede ganar considerando constante el número de palabras que traduce al día y los días que trabaja al año, sin tener en cuenta que el flujo de trabajo es muy variable.
  3. Fijar una tarifa o determinar si una tarifa es rentable sin tener en cuenta los gastos, las horas trabajadas y la productividad por hora.
  4. Permitir que la mayor parte de la facturación dependa de uno o dos clientes.
  5. Pensar que la jornada del traductor consiste únicamente en traducir.
  6. Pensar que la cartera de clientes es inamovible y, una vez que has conseguido algunos, ya no necesitas buscar más.
  7. Limitarse a buscar clientes en el mercado local.
  8. Sentirse como un empleado asalariado sometido a un jefe (el cliente) en vez de como un profesional autónomo independiente.
  9. Creer que no es necesario estar en contacto con otros colegas.
  10. Escribir mensajes públicos con faltas de ortografía.
  11. No saber decir no.
  12. Aceptar trabajos por encima de tus capacidades o cualificación.
  13. No avisar a un cliente de posibles problemas en el proyecto o retrasos en la entrega.
  14. No cumplir un plazo de entrega.
  15. No preguntar dudas.

Y vosotros ¿en qué trampas habéis caído alguna vez?

Breve reflexión sobre por qué Traducción e Interpretación debería ser Traducción o Interpretación

Mi última entrada estuvo dedica a las deficiencias que, en general, tiene la carrera de Traducción e Interpretación en España, aunque en unas universidades más que en otras. Decía entonces que el misterio de por qué se han metido en el mismo saco dos disciplinas tan dispares, aunque hermanas, como la traducción y la interpretación era otra historia y debía ser contada en otra ocasión. Pues bien, esta es esa otra ocasión.

Unir la traducción y la interpretación en una misma carrera y esperar que de ahí salgan personas capacitadas para ser tanto traductores como intérpretes es como juntar arquitectura e ingeniería de caminos y esperar que los licenciados estén capacitados para construir tanto un puente como una ristra de chalés adosados. Al fin y al cabo, los profesionales de ambas ramas se dedican a construir cosas, igual que los traductores y los intérpretes trasladan un mensaje en una lengua extranjera a otro idioma diferente, ¿no?

Pues no. Aunque a priori puedan ser trabajos parecidos por usar la misma herramienta (la lengua), los traductores y los intérpretes deben reunir destrezas y aptitudes completamente distintas. La traducción trabaja con la lengua escrita; es una actividad más pausada, con tiempo para reflexionar, documentarse y buscar la solución idónea en cada caso, que requiere un enorme dominio de la redacción y la comprensión escrita y cuyo destinatario utilizará el producto final «en diferido». En cambio, la interpretación trabaja con la lengua oral; requiere agilidad mental para salir del paso en el momento, preparación y documentación previas y una buena dosis de improvisación, aplomo, fluidez verbal y agudeza de oído. En definitiva, se trata de dos perfiles muy diferentes que no tienen por qué darse en una misma persona: hay excelentes traductores incapaces de hacer un buen trabajo en interpretación y viceversa. En consecuencia, hay estudiantes de Traducción e Interpretación a los que se les da de vicio la traducción, pero que no consiguen llegar a buen puerto en las asignaturas de interpretación, y estudiantes a los que les encanta y se les da bien la interpretación, pero que no tienen tanto interés o destreza en las asignaturas de traducción. Y si en la carrera apenas te enseñan a traducir (entiéndase ‘traducir en condiciones de trabajo más o menos reales’), no digamos ya a interpretar. El resultado: todos aquellos que quieren dedicarse profesionalmente a la interpretación no tienen más remedio que cursar un máster una vez licenciados, y aquellos que no reúnen las cualidades necesarias para ser intérpretes pasan por un calvario para superar dos asignaturas clave del plan de estudios que, en realidad, son poco relevantes para el trabajo del traductor de escritorio.

En definitiva, ¿no sería mejor hacer dos itinerarios separados: uno para traducción y otro para interpretación, quizá con un ciclo de dos cursos común a ambos? ¿No sería mejor hacer una sola cosa bien en vez de hacer dos regular? Y es que ya lo dice el refranero: quien mucho abarca, poco aprieta.

Traducción e Interpretación: cuando la realidad académica choca con la realidad profesional

Ahora que tengo en prácticas a una estudiante de cuarto curso de Traducción e Interpretación de la Universidad de Alicante (cuyo trabajo podéis leer en su blog), vuelvo a ser consciente de lo mal planteada, diseñada y enfocada que está esta carrera. No quiero decir, ni mucho menos, que sea totalmente inútil; después de todo, sí te proporciona una formación básica que te sitúa en posición de ventaja respecto a aquellos que quieren ser traductores y no tienen esa formación, pero aun así hay mucho margen de mejora.

Desde que empecé las prácticas con Arantxa le he hablado de fiscalidad, de las listas de distribución, de la importancia de estar presente en internet, de cómo definir y vender sus servicios y fijar sus tarifas, del uso de Thunderbird, de los servidores FTP, de cómo agilizar y optimizar el uso de Windows y Word mediante atajos de teclado, del uso de Trados (Workbench), TagEditor y Xbench… En definitiva, de ingredientes que son el pan nuestro de cada día para cualquier traductor, sea autónomo o no, y que, misteriosamente, brillan por su ausencia en la licenciatura. Cuatro años de estudios universitarios tras los cuales tu única posibilidad de hacerte un hueco en el mercado y sobrevivir en él es aprender por tu cuenta todo aquello que deberían haberte enseñado en la carrera y no te han enseñado, como le pasa a Arantxa, como me pasó a mí y como les habrá pasado y les seguirá pasando a tantos otros licenciados. Y es que en la universidad intentan enseñarte a traducir, pero no te enseñan a ser traductor, que son dos cosas bien distintas.

Tengo la impresión de que eso se debe en parte a que todavía se tiene un concepto romántico de la traducción y aún se la considera una actividad embebida de un aire bohemio, místico, filosófico, y no una actividad económica profesional totalmente sumergida en el siglo XXI. A ello se suma, o de ello se deriva, todo un cúmulo de circunstancias: un plan de estudios diseñado por alguien o álguienes que seguramente no tengan ni la más remota idea de en qué consiste realmente nuestra profesión; un montón de asignaturas totalmente inútiles e irrelevantes para nuestro trabajo; un puñado de asignaturas que deberían ser útiles, pero que se quedan en nada porque quienes las imparten nunca han visto un traductor de cerca y no saben enfocarlas adecuadamente hacia nuestro trabajo; otras tantas asignaturas impartidas por traductores anclados en la época de la máquina de escribir; la falta de recursos y medios tecnológicos. La conjunción de esos factores hace posible que acabes la carrera sabiendo, por ejemplo, qué lingüista ideó la teoría de valencias, pero que no tengas ni las más mínimas nociones de ortotipografía, que no sepas cómo hacer una factura o cuáles son tus obligaciones fiscales o que desconozcas los entresijos y secretos de la máquina que te va a dar de comer: el ordenador. Tomando prestada una acertada analogía de mi alumna en prácticas, ¿os imagináis, por ejemplo, un fotógrafo que no conozca más que las funciones básicas de su cámara? Por no hablar de las leyendas urbanas que anidan, en ocasiones alimentadas por los propios profesores, en las tiernas e impresionables cabecitas de los estudiantes: que si de la traducción no se puede vivir; que si uno está capacitado para hacer traducciones inversas y es perfectamente normal (e incluso impepinable) hacerlas en el ejercicio profesional, etc. Y las prácticas preprofesionales no ayudan a desfacer el entuerto, porque muchos de los destinos que se ofrecen tienen tanto que ver con la traducción como un huevo con una castaña.

Creo firmemente que la misión de la universidad, sobre todo en una carrera tan eminentemente práctica como Traducción, debería ser formar profesionales que estén preparados y capacitados para empezar a ejercer su trabajo en la vida real. Al fin y al cabo, la carrera se llama Traducción e Interpretación*, por lo que de ahí deberían salir traductores e intérpretes, no teóricos de la lengua, ni lingüistas, ni profesores de idiomas, aunque esas también puedan ser otras salidas. Pero para ello, entre otras cosas, habrá que contar en las aulas con profesores cuya relación con la traducción vaya más allá del último libro traducido que han leído.

Sé que hablo en general y que no se puede generalizar. Sé también que hay muchos profesores universitarios muy competentes, que se preocupan por sus alumnos y que tratan de formarlos para lo que se van a encontrar ahí fuera cuando se licencien. Yo misma conozco a unos cuantos y fui alumna de otros tantos profesores así, y gracias a ellos, en parte, estoy aquí tantos años después. A todos ellos, gracias. Y a todos los alumnos que andan perdidos, ánimo.

* El misterio de por qué se han metido en el mismo saco dos disciplinas tan dispares, aunque sean hermanas, es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

12 secretos sobre los traductores autónomos

Siguiendo la línea pedagógica para legos en traducción de mi última entrada, me he parado a pensar qué le gustaría saber a la gente sobre los traductores autónomos y nunca nadie les ha contado. Haciendo un poco de memoria he recopilado las preguntas y dudas más frecuentes que me han planteado a lo largo de los últimos años. Estos son los 12 secretos que toda persona ajena al sector de la traducción debería saber:

1. ¿Dónde trabaja un traductor autónomo?

Por lo general, en su propia casa. Un ordenador y una conexión a internet es todo lo que necesitamos para poder trabajar. Para más información, leed mi artículo «Oficina, dulce oficina».

2. ¿Qué horario de trabajo tiene un traductor autónomo?

Como buenos autónomos, los traductores fijamos libremente nuestro horario de trabajo. Por lo general trabajamos y descansamos cuando queremos. Hay traductores, como yo, que prefieren levantarse temprano y terminar la jornada laboral pronto; otros, en cambio, prefieren no madrugar, aunque ello suponga trabajar hasta más tarde. Hay traductores diurnos que son más productivos de día, y traductores nocturnos que trabajan mejor de noche. Hay traductores que trabajan habitualmente los fines de semana o los festivos y otros que prefieren tener una semana laboral estándar de lunes a viernes. En cualquier caso, lo importante es atender correctamente a los clientes, hacer bien el trabajo y entregarlo en el plazo acordado.

3. ¿Para quién trabaja un traductor autónomo?

Hay varios tipos de clientes:

  • Clientes directos: Son empresas y particulares que necesitan servicios de traducción. El traductor trabaja directamente con el cliente final que necesita la traducción. Este grupo puede incluir desde empresas que quieren abrir mercado o lanzar un producto en otro país y necesitan traducir toda su documentación (manuales de instrucciones, página web, material de marketing y publicitario, etc.) hasta clientes particulares que necesitan traducir, por ejemplo, su expediente académico para convalidar sus estudios en España. Encontraréis más información en este completo artículo de Martine Fernández Castaner.
  • Intermediarios: Normalmente son agencias de traducción, aunque también pueden ser otros traductores autónomos. Ellos son los que mantienen el contacto con el cliente final, consiguen el encargo y luego buscan a un traductor que haga el trabajo. Algunas agencias se encargan de tareas adicionales a la de traducción (revisión, preparación del texto para traducir y maquetación del documento final, etc.); otras actúan simplemente como enlace entre el traductor y el cliente final. Martine Fernández Castaner también dedicó una entrada a este tipo de clientes en su blog.

En mi caso, yo trabajo tanto para clientes directos (empresas y particulares) como para agencias de traducción y otros intermediarios (otros traductores), pero hay traductores cuyos ingresos proceden exclusivamente de clientes directos o exclusivamente de agencias de traducción. En cuanto a la procedencia de los clientes, lo normal es tener clientes tanto nacionales como extranjeros.

4. ¿Cómo se comunica con los clientes un traductor autónomo?

Dado que la inmensa mayoría de los traductores somos autónomos que trabajamos desde casa, sentados delante del ordenador todo el día, el contacto con los clientes se produce básicamente a través del correo electrónico y, en menor medida, el teléfono u otras herramientas de comunicación, como la mensajería instantánea (por ejemplo, Skype). Por eso podemos trabajar con clientes de cualquier parte del mundo, ya que no es necesario que residamos en el mismo lugar que ellos para hacer nuestro trabajo.

5. ¿Cómo es el proceso de trabajo de un traductor autónomo?

En mi caso, que seguramente coincide con el proceder de los demás traductores freelance, es el siguiente:

  • El cliente me envía por correo electrónico el documento que desea traducir, que puede estar en diferentes formatos: Word, Excel, PowerPoint, HTML, PDF, etc. En algunas ocasiones, sobre todo cuando se trata de documentos impresos (algo muy frecuente en las traducciones juradas) y el cliente no se lleva muy bien con las nuevas tecnologías, también puedo recibir el encargo por fax.
  • Si el cliente es nuevo, preparo un presupuesto que el cliente debe aprobar por escrito antes de empezar el trabajo. Si es un cliente habitual, directamente confirmo la aceptación del encargo. En esta fase es muy importante acordar aspectos como la fecha y la forma de entrega, el precio del trabajo y las condiciones de pago.
  • Una vez resueltas las formalidades anteriores, me pongo manos a la obra y traduzco, reviso y corrijo el texto. En caso de dudas, me pongo en contacto con el cliente para que no quede nada sin aclarar.
  • Una vez terminado el trabajo, le envío al cliente el texto traducido en formato digital por correo electrónico, o bien impreso en papel si se trata de una traducción jurada, que debe cumplir unos requisitos especiales.

6. ¿Todos los traductores traducimos libros?

Al contrario de lo que suele pensar la gente, la traducción literaria o editorial (novelas, ensayos, obras divulgativas o científicas, etc.) es una ínfima parte de todo lo que se traduce (y, además, está peor pagada que otros sectores). La mayoría de los traductores vivimos de traducir textos mucho más prosaicos, como contratos, manuales de instrucciones de aparatos varios, páginas web, informes financieros, material publicitario, etc. Los que se dedican a la traducción para editoriales suelen compaginarla con la traducción de textos no literarios. Para más información, leed mi entrada «El traductor, ese señor que traduce».

7. ¿Cómo nos relacionamos con los demás traductores?

Nuestro trabajo es solitario y realmente no hay necesidad de relacionarse con otros traductores para llevarlo a cabo. No obstante, es recomendable no aislarse del gremio. Yo diría que en general vemos a los otros traductores como colegas más que como competidores directos, y, de hecho, en las listas de distribución, las redes sociales y los blogs (que son los principales canales de comunicación entre traductores) nos prestamos ayuda unos a otros. Es importante relacionarse con los compañeros para estar al día de lo que se cuece en la profesión, para defender nuestro colectivo a través de las distintas asociaciones y para ayudarnos cuando tenemos dudas sobre cualquier tema, pero también para promocionarnos y hacer contactos que nos puedan dar trabajo. Pero no solo de internet vive el hombre: también socializamos en persona, en congresos, charlas, cursos, tertulias, cenas y demás actividades profesionales y lúdicas. Para más información, leed mi artículo «El traductor, ese animal (a)social».

8. ¿Hace falta ser licenciado en Traducción e Interpretación para ejercer de traductor?

No, al menos en España.

9. ¿Existe un colegio de traductores?

Tampoco, ni de traductores jurados ni de traductores no jurados, al menos en España.

10. Entonces, ¿cualquiera que sepa idiomas puede traducir?

Sí y no: cualquiera puede ofrecer servicios de traducción (a excepción de las traducciones juradas, que en España deben ser hechas por un traductor-intérprete jurado), pero luego hay que demostrar que eres un profesional competente que hace bien su trabajo. De lo contrario, los clientes huirán de ti rápidamente. La mala fama se extiende como la pólvora, más aún en la era 2.0.

11. ¿Qué requisitos debe reunir un buen traductor?

  • Obviamente, dominar uno o varios idiomas extranjeros.
  • Dominar y redactar a la perfección en el idioma de destino (nuestra lengua materna). Este requisito es fundamental, y para cumplirlo no basta con ser hablante nativo de un idioma; hay que manejarlo a la perfección, y esto incluye conocer a fondo las reglas ortográficas, gramaticales, de tipografía, de puntuación, etc.
  • Tener conocimientos de una materia especializada. Los traductores solemos especializarnos en cierto tipo de textos (técnicos, financieros, médicos, etc.), y para traducirlos correctamente no solo hay que entender la lengua en la que están escritos, sino también su contenido.
  • Dominar las herramientas informáticas fundamentales para nuestro trabajo (Microsoft Office, incluidos Word, Excel y Power Point; programas de traducción asistida por ordenador; recursos y fuentes de información en internet y en papel, etc.).

12. Pero ¿de verdad se puede vivir de la traducción?

Rotundamente SÍ: se puede sobrevivir, se puede vivir y se puede vivir muy bien, según lo buen traductor que uno sea y lo bien que sepa gestionar su negocio. Yo me dedico exclusivamente a la traducción desde que terminé la carrera, y como yo tantos otros traductores. Lo que pasa es que el común de los mortales apenas conoce nuestra profesión y es difícil imaginar que alguien pueda vivir de algo que no se conoce. Por eso, con esta entrada he querido acercar nuestro trabajo a aquellos que lo desconocen para que, a diferencia de lo que reza el nombre de este blog, cada vez estemos menos en la sombra.