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12 secretos sobre los traductores autónomos

Siguiendo la línea pedagógica para legos en traducción de mi última entrada, me he parado a pensar qué le gustaría saber a la gente sobre los traductores autónomos y nunca nadie les ha contado. Haciendo un poco de memoria he recopilado las preguntas y dudas más frecuentes que me han planteado a lo largo de los últimos años. Estos son los 12 secretos que toda persona ajena al sector de la traducción debería saber:

1. ¿Dónde trabaja un traductor autónomo?

Por lo general, en su propia casa. Un ordenador y una conexión a internet es todo lo que necesitamos para poder trabajar. Para más información, leed mi artículo «Oficina, dulce oficina».

2. ¿Qué horario de trabajo tiene un traductor autónomo?

Como buenos autónomos, los traductores fijamos libremente nuestro horario de trabajo. Por lo general trabajamos y descansamos cuando queremos. Hay traductores, como yo, que prefieren levantarse temprano y terminar la jornada laboral pronto; otros, en cambio, prefieren no madrugar, aunque ello suponga trabajar hasta más tarde. Hay traductores diurnos que son más productivos de día, y traductores nocturnos que trabajan mejor de noche. Hay traductores que trabajan habitualmente los fines de semana o los festivos y otros que prefieren tener una semana laboral estándar de lunes a viernes. En cualquier caso, lo importante es atender correctamente a los clientes, hacer bien el trabajo y entregarlo en el plazo acordado.

3. ¿Para quién trabaja un traductor autónomo?

Hay varios tipos de clientes:

  • Clientes directos: Son empresas y particulares que necesitan servicios de traducción. El traductor trabaja directamente con el cliente final que necesita la traducción. Este grupo puede incluir desde empresas que quieren abrir mercado o lanzar un producto en otro país y necesitan traducir toda su documentación (manuales de instrucciones, página web, material de marketing y publicitario, etc.) hasta clientes particulares que necesitan traducir, por ejemplo, su expediente académico para convalidar sus estudios en España. Encontraréis más información en este completo artículo de Martine Fernández Castaner.
  • Intermediarios: Normalmente son agencias de traducción, aunque también pueden ser otros traductores autónomos. Ellos son los que mantienen el contacto con el cliente final, consiguen el encargo y luego buscan a un traductor que haga el trabajo. Algunas agencias se encargan de tareas adicionales a la de traducción (revisión, preparación del texto para traducir y maquetación del documento final, etc.); otras actúan simplemente como enlace entre el traductor y el cliente final. Martine Fernández Castaner también dedicó una entrada a este tipo de clientes en su blog.

En mi caso, yo trabajo tanto para clientes directos (empresas y particulares) como para agencias de traducción y otros intermediarios (otros traductores), pero hay traductores cuyos ingresos proceden exclusivamente de clientes directos o exclusivamente de agencias de traducción. En cuanto a la procedencia de los clientes, lo normal es tener clientes tanto nacionales como extranjeros.

4. ¿Cómo se comunica con los clientes un traductor autónomo?

Dado que la inmensa mayoría de los traductores somos autónomos que trabajamos desde casa, sentados delante del ordenador todo el día, el contacto con los clientes se produce básicamente a través del correo electrónico y, en menor medida, el teléfono u otras herramientas de comunicación, como la mensajería instantánea (por ejemplo, Skype). Por eso podemos trabajar con clientes de cualquier parte del mundo, ya que no es necesario que residamos en el mismo lugar que ellos para hacer nuestro trabajo.

5. ¿Cómo es el proceso de trabajo de un traductor autónomo?

En mi caso, que seguramente coincide con el proceder de los demás traductores freelance, es el siguiente:

  • El cliente me envía por correo electrónico el documento que desea traducir, que puede estar en diferentes formatos: Word, Excel, PowerPoint, HTML, PDF, etc. En algunas ocasiones, sobre todo cuando se trata de documentos impresos (algo muy frecuente en las traducciones juradas) y el cliente no se lleva muy bien con las nuevas tecnologías, también puedo recibir el encargo por fax.
  • Si el cliente es nuevo, preparo un presupuesto que el cliente debe aprobar por escrito antes de empezar el trabajo. Si es un cliente habitual, directamente confirmo la aceptación del encargo. En esta fase es muy importante acordar aspectos como la fecha y la forma de entrega, el precio del trabajo y las condiciones de pago.
  • Una vez resueltas las formalidades anteriores, me pongo manos a la obra y traduzco, reviso y corrijo el texto. En caso de dudas, me pongo en contacto con el cliente para que no quede nada sin aclarar.
  • Una vez terminado el trabajo, le envío al cliente el texto traducido en formato digital por correo electrónico, o bien impreso en papel si se trata de una traducción jurada, que debe cumplir unos requisitos especiales.

6. ¿Todos los traductores traducimos libros?

Al contrario de lo que suele pensar la gente, la traducción literaria o editorial (novelas, ensayos, obras divulgativas o científicas, etc.) es una ínfima parte de todo lo que se traduce (y, además, está peor pagada que otros sectores). La mayoría de los traductores vivimos de traducir textos mucho más prosaicos, como contratos, manuales de instrucciones de aparatos varios, páginas web, informes financieros, material publicitario, etc. Los que se dedican a la traducción para editoriales suelen compaginarla con la traducción de textos no literarios. Para más información, leed mi entrada «El traductor, ese señor que traduce».

7. ¿Cómo nos relacionamos con los demás traductores?

Nuestro trabajo es solitario y realmente no hay necesidad de relacionarse con otros traductores para llevarlo a cabo. No obstante, es recomendable no aislarse del gremio. Yo diría que en general vemos a los otros traductores como colegas más que como competidores directos, y, de hecho, en las listas de distribución, las redes sociales y los blogs (que son los principales canales de comunicación entre traductores) nos prestamos ayuda unos a otros. Es importante relacionarse con los compañeros para estar al día de lo que se cuece en la profesión, para defender nuestro colectivo a través de las distintas asociaciones y para ayudarnos cuando tenemos dudas sobre cualquier tema, pero también para promocionarnos y hacer contactos que nos puedan dar trabajo. Pero no solo de internet vive el hombre: también socializamos en persona, en congresos, charlas, cursos, tertulias, cenas y demás actividades profesionales y lúdicas. Para más información, leed mi artículo «El traductor, ese animal (a)social».

8. ¿Hace falta ser licenciado en Traducción e Interpretación para ejercer de traductor?

No, al menos en España.

9. ¿Existe un colegio de traductores?

Tampoco, ni de traductores jurados ni de traductores no jurados, al menos en España.

10. Entonces, ¿cualquiera que sepa idiomas puede traducir?

Sí y no: cualquiera puede ofrecer servicios de traducción (a excepción de las traducciones juradas, que en España deben ser hechas por un traductor-intérprete jurado), pero luego hay que demostrar que eres un profesional competente que hace bien su trabajo. De lo contrario, los clientes huirán de ti rápidamente. La mala fama se extiende como la pólvora, más aún en la era 2.0.

11. ¿Qué requisitos debe reunir un buen traductor?

  • Obviamente, dominar uno o varios idiomas extranjeros.
  • Dominar y redactar a la perfección en el idioma de destino (nuestra lengua materna). Este requisito es fundamental, y para cumplirlo no basta con ser hablante nativo de un idioma; hay que manejarlo a la perfección, y esto incluye conocer a fondo las reglas ortográficas, gramaticales, de tipografía, de puntuación, etc.
  • Tener conocimientos de una materia especializada. Los traductores solemos especializarnos en cierto tipo de textos (técnicos, financieros, médicos, etc.), y para traducirlos correctamente no solo hay que entender la lengua en la que están escritos, sino también su contenido.
  • Dominar las herramientas informáticas fundamentales para nuestro trabajo (Microsoft Office, incluidos Word, Excel y Power Point; programas de traducción asistida por ordenador; recursos y fuentes de información en internet y en papel, etc.).

12. Pero ¿de verdad se puede vivir de la traducción?

Rotundamente SÍ: se puede sobrevivir, se puede vivir y se puede vivir muy bien, según lo buen traductor que uno sea y lo bien que sepa gestionar su negocio. Yo me dedico exclusivamente a la traducción desde que terminé la carrera, y como yo tantos otros traductores. Lo que pasa es que el común de los mortales apenas conoce nuestra profesión y es difícil imaginar que alguien pueda vivir de algo que no se conoce. Por eso, con esta entrada he querido acercar nuestro trabajo a aquellos que lo desconocen para que, a diferencia de lo que reza el nombre de este blog, cada vez estemos menos en la sombra.

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El traductor intruso

Como licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Alicante y tras casi seis años de ejercicio profesional como traductora autónoma a tiempo completo, me considero en disposición de afirmar con rotundidad y conocimiento de causa que estudiar Traducción e Interpretación no es, ni mucho menos, imprescindible para ser traductor (un buen traductor). No quiero decir con esto que me arrepienta de haber elegido esa carrera universitaria; al contrario: estoy contenta de haber cursado estudios de Traducción y creo que tener en tus manos un título universitario que avale tu formación en ese campo puede ser una ventaja de cara a los clientes y allana el camino laboral, porque te proporciona una buena base (si bien no toda la que debería o podría) a partir de la cual evolucionar, mejorar y ejercer la profesión de traductor de manera satisfactoria. Sin embargo, no nos engañemos: esa no es la única vía de acceso a la profesión, no es el único camino válido, y quizá ni siquiera sea la mejor opción.

Mucho se ha hablado y debatido sobre la necesidad de crear un colegio de traductores. Pero ¿para qué serviría realmente un colegio? ¿Qué haría un colegio que no puedan hacer ya las asociaciones de traductores? ¿Cuáles serían los requisitos para colegiarse? En mi opinión, y sin ánimo de ofender a nadie (porque sé que hay colegas a los que respeto que no comparten mi opinión), el afán de crear un colegio parece más propio de alguien que no sabe sacarse las castañas del fuego y quiere que otros lo hagan por él, igual que el niño que acude a su madre en busca de protección y defensa porque otro niño le está pegando o insultando. Cuando se aboga por la creación de un colegio de traductores se está apoyando básicamente la instauración de una entidad que, por un lado, fije unas tarifas oficiales de obligado cumplimiento (cosa que, de todas formas, no es posible dada la legislación actual) que nos ahorren el esfuerzo de tener que buscar clientes que estén dispuestos a pagar el precio que nosotros mismos fijamos por nuestros servicios, y, por otro lado, que impida que los «intrusos» accedan a nuestra profesión.

Y he aquí el quid de la cuestión: ¿realmente existe el intrusismo en traducción? En otras profesiones más reguladas en las que los estudios universitarios son la única vía de acceso a ellas por la formación tan especializada y compleja que imparten (medicina, abogacía, arquitectura…), puedo entender que se hable de intrusismo, pero en una profesión tan liberal y flexible como la traducción, con una titulación universitaria tan reciente, con tantos caminos de acceso y tantas formas diferentes de adquirir los conocimientos y las destrezas necesarios para ejercerla con garantías de calidad, ¿realmente hay intrusos? Yo creo que simplemente hay buenos y malos traductores. ¿Qué es un traductor intruso? ¿El que no es licenciado en Traducción e Interpretación? ¿El que hace mal su trabajo? ¿El que cobra dos céntimos por palabra? ¿El que trabaja en la economía sumergida? Porque hay traductores magníficos que no han pisado nunca una facultad de traducción (ni falta que les hace), que son buenos en su trabajo y pagan religiosamente sus impuestos, y licenciados en Traducción e Interpretación que hacen trabajillos mediocres en negro por tarifas misérrimas. ¿Quién sería el intruso en este caso?

Tengo la impresión de que la palabra intrusismo tiende a estar en boca de recién licenciados que temen no poder abrirse camino en el mercado de la traducción y recelan que otros ocupen el puesto que ellos, como licenciados, deberían estar destinados a ocupar. En definitiva, es una palabra que suelen pronunciar aquellos traductores que no saben cómo encontrar su hueco en el mercado, cómo posicionarse por sus propios medios. Sin embargo, yo creo que ningún buen traductor, ningún traductor profesional, debería tener miedo de que un mal traductor, un traductor de andar por casa, le quite trabajo. Esos «intrusos» no son individuos a los que haya que temer, por una razón muy sencilla: el propio mercado ya se encarga de expulsar a los malos profesionales, pues ningún cliente querrá contratar sus servicios. Y si hay clientes que prefieren recurrir a ellos por el motivo que sea (el precio, por ejemplo), tampoco veo razón para preocuparse: seguramente sean clientes que buscan algo que yo no puedo o no quiero darles y con los que, por tanto, no me interesa trabajar.

Así que no temáis, amigos y compañeros, que el mundo es grande y en el mercado de la traducción hay, creo yo, lugar para todos: para los que ejercemos nuestro trabajo con profesionalidad y diligencia y para los «intrusos» chapuceros. Pensad dónde queréis estar y utilizad todas las herramientas a vuestro alcance para posicionaros en ese nicho de mercado. Siempre será mejor emplear vuestro tiempo en encauzar vuestra carrera que en quejarse de los «intrusos».

La senda del traductor novel (3): cómo iniciar tu andadura profesional

A lo largo de estos años como traductora autónoma son varias las personas, conocidas y desconocidas, compañeros de carrera y colegas anónimos, que se han dirigido a mí para pedirme consejo sobre cómo empezar su carrera profesional. ¡Qué pregunta tan fácil y qué respuesta tan difícil! Obviamente, no hay fórmulas mágicas, y que tengamos o no éxito en nuestro intento depende en gran medida de nuestras habilidades y aptitudes personales y también, por qué no decirlo, de la suerte (aquello de estar en el momento justo en el lugar apropiado). En cualquier caso, lo importante es moverse y no quedarse sentado a verlas venir. Nadie va a llamar a nuestra puerta para ofrecernos el trabajo de nuestra vida; debemos ser nosotros quienes salgamos a buscarlo allá donde haya oportunidades. Esta actitud, esta mentalidad propia de la gente decidida y echá pa’lante, es fundamental en cualquier búsqueda de empleo, y más aún en la búsqueda de clientes. Dado que yo solo tengo experiencia como autónoma, mis consejos van a ir encaminados en esa dirección, pero recordad que también tenéis la opción de buscar un trabajo en plantilla, que quizá sea lo más práctico y didáctico para los traductores noveles (aunque yo desafié todas las leyes de la física y me lancé de cabeza a la piscina del trabajo por cuenta propia).

Así pues, una vez que hayáis decidido que realmente queréis ser traductores (véase «La senda del traductor novel 1») y que vais a entrar directamente en el club de los autónomos (véase «La senda del traductor novel 2»), el siguiente paso es buscar clientes. ¿Dónde? ¿Cómo? Estas son algunas sugerencias basadas en mi propia experiencia:

  • Directorios y portales de traductores: Algunos son ProZ (el más conocido), TranslatorsCafé, TRADUguide, GoTranslators, GlobTra, Foreignword, Translatorsbase, Aquarius, etc. Lo primero que yo hice cuando acabé la carrera fue precisamente registrarme en todos ellos de forma gratuita y completar mi perfil con la información más exhaustiva posible. Cuantos más datos aportéis para captar la atención de los posibles clientes, en especial si no tenéis una página web propia, mejor. Sin embargo, tened en cuenta que hay miles de traductores registrados en esas páginas, por lo que tampoco es fácil que los clientes os encuentren, a no ser que tengáis un perfil muy singular o que los clientes tengan la paciencia suficiente como para echarle un vistazo a la información de todos los traductores que les puedan interesar. Casi todos estos portales ofrecen suscripciones de pago que reportan supuestas ventajas, como aparecer entre los primeros resultados de búsqueda o tener acceso prioritario a las ofertas de trabajo que se publican, pero no sé hasta qué punto merece la pena pagar una cuota por eso. Personalmente, nunca lo he hecho, ni siquiera cuando no tenía ningún cliente. Aun así, estos directorios resultan útiles tanto para colgar nuestra información a modo de página web y que los clientes, con un poco de suerte, nos encuentren, como para acceder a ofertas de trabajo (muchas de ellas, no obstante, mal pagadas) u obtener listados de agencias y empresas de traducción a las que ofrecerles nuestros servicios.
  • Página web profesional: Hoy en día no hay excusa para no tener una página web, a ser posible con un nombre de dominio propio (que también irá asociado a vuestra dirección de correo electrónico). El precio de registrar un dominio y contratar un servicio de alojamiento es más que asequible y el beneficio para la imagen de un traductor es, en mi opinión, incuestionable. A este respecto no solo es importante que el contenido de la web sea profesional, sino que también debe parecerlo, como la mujer del César. Nadie se creerá que somos traductores serios si nuestra propia página tiene un diseño cutre. Pero tampoco hace falta recurrir a sofisticadas puestas en escena con latosas animaciones en Flash; basta con un diseño sobrio y sencillo. Ya sabéis: menos es más.Aunque para que una página web sea una herramienta realmente útil y eficaz capaz de atraer clientes casi por sí sola conviene tener un buen posicionamiento en buscadores y esa clase de cosas tan propias de la generación 2.0 (o 3.0), siempre estará ahí como presentación de nuestros servicios. Entre sus muchas ventajas, como ya he dicho, proyecta una imagen de profesionalidad e inspira confianza; permite que los clientes accedan a nuestra información en cualquier momento y desde cualquier lugar; permite incluir toda la información necesaria para vender nuestros servicios, sin las limitaciones que impone, por ejemplo, un currículum, y es una muestra de nuestras habilidades lingüísticas, por lo que su redacción (en todos los idiomas) debe ser impecable. Encontraréis más consejos sobre el diseño de una página web profesional en esta otra entrada del blog.
  • E-mail marketing: Como su nombre indica, consiste en promocionar nuestros servicios por correo electrónico. Es probablemente el medio más utilizado para entrar en contacto con clientes potenciales, pues es barato, cómodo e instantáneo, aunque la facilidad para borrar los mensajes que con tanta ilusión hemos enviado es igual de pasmosa. Por ello es imprescindible tener en cuenta dos recomendaciones para que la comunicación sea más eficaz y multiplicar así las probabilidades de éxito: personalizar el mensaje y dirigirlo siempre que sea posible a una persona concreta (es decir, no hacer envíos masivos) y escribir un asunto atractivo para que el cliente se digne, por lo menos, abrir el mensaje. Más vale enviar un solo mensaje bien escrito y dirigido a la persona adecuada que mandar cien correos redactados de cualquier manera y a cualquier dirección. Eso sí, no os esperéis una respuesta masiva ni inmediata. En mi artículo «Cómo ofrecer tus servicios de traducción: cinco pecados capitales y algunos consejos» encontraréis más información acerca de cómo escribir este tipo de correos. ¿Y cómo confeccionar una lista de posibles clientes con los que ponernos en contacto? Pues buscando en los directorios que he mencionado en el primer punto, a través de listados como los de The Translator’s Home Companion o, simplemente, realizando una búsqueda en Google.
  • Asociaciones profesionales, redes sociales, listas de distribución, blogs, congresos y conferencias: Estas herramientas, como ya expuse en la entrada «El traductor, ese animal (a)social», no solo sirven para estar en contacto con otros colegas, sino también para labrarnos una buena imagen profesional, demostrar lo que sabemos y valemos, conseguir prestigio y reconocimiento y, por ende, multiplicar las posibilidades de conseguir clientes. Los compañeros de profesión pueden ser una estupenda fuente de trabajo y contactos profesionales, así que conviene no descuidarla y participar activamente en la comunidad traductoril.

Hasta aquí las herramientas que yo he utilizado hasta el momento para abrirme camino en el mundo de la traducción y labrarme una carrera bastante satisfactoria y estable hasta la fecha. Pero hay más opciones:

  • Telemarketing, visitas a clientes y asistencia a ferias: No olvidemos que también podemos ponernos en contacto con clientes por teléfono, haciéndoles una visita personal o asistiendo a ferias del campo de especialidad en el que nos interese encontrar clientes. Esta forma de promocionar nuestros servicios requiere más aplomo, seguridad, labia y experiencia profesional, pero precisamente por eso, por ser menos impersonal, quizá puede resultar más eficaz. El contacto cara a cara deja una huella más profunda que la comunicación virtual.
  • Familiares y amigos: Que todo el mundo sepa a la perfección a qué os dedicáis y qué ofrecéis. Nuestro círculo más cercano también puede convertirse en un nexo de unión con clientes potenciales.

Y para terminar, algunos consejos:

  • Para dar una imagen profesional es imprescindible creerse un profesional y tener una actitud coherente con esa condición. Recordad que no sois traductores que buscan trabajo; sois profesionales que ofrecen un servicio.
  • Para completar el «kit del profesional autónomo», haceos unas tarjetas de visita y llevadlas siempre a mano. En Moo, por ejemplo, encontraréis infinidad de diseños y productos corporativos de buena calidad a precios más que razonables.
  • Acabar la carrera no es el fin de la formación de un traductor; seguid formándoos, haced cursos de reciclaje, especializaos, no dejéis de aprender.
  • Como ya he dicho en otras ocasiones, el boca a boca es una de las herramientas de marketing más poderosas. Un cliente satisfecho es el mayor tesoro que podéis tener; cuidadlo bien y será vuestra mejor publicidad.
  • No busquéis oportunidades solo en el mercado local; aprovechad las ventajas de internet para traspasar fronteras y hacer negocio en otros mercados más apetecibles.
  • No cejéis en vuestro empeño de abriros camino. La perseverancia y la paciencia son importantes, pues se pueden tardar varios años en formar una cartera de clientes estable de la que poder vivir. De ahí que sea fundamental, como ya he comentado otras veces, contar con un respaldo económico o un colchón financiero en esa primera etapa. Pero si otros lo consiguen, ¿por qué vosotros no?

La escuela de la vida: lecciones prácticas sobre el trabajo del traductor

Hace ya cinco años que metí la cabeza en el sector de la traducción. A algunos (los principiantes), ese tiempo les parecerá todo un récord; a otros (los veteranos), esos añitos les parecerán casi como si fueran cuatro días. En cualquier caso, es tiempo suficiente para haber aprendido unas cuantas lecciones sobre esta profesión. Algunas las he aprendido por mí misma, por mi propia experiencia; otras son el fruto de escuchar y leer a traductores mucho más experimentados que yo, de los que ahora comprendo cuánta razón tenían en sus argumentos. Muchas de esas enseñanzas ya las conocéis por algunos de mis artículos, pero me gustaría hacer una sinopsis:

Sobre los clientes

  • A la larga solo merece la pena trabajar con clientes buenos (o relativamente buenos). Un mal cliente no es un cliente, es un quebradero de cabeza.
  • Los mejores clientes, con honrosas excepciones, no suelen estar en España. Casualmente, los clientes que no regatean las tarifas, que no lo quieren todo para mañana, que te tratan de igual a igual, suelen ser también los más formales y fieles, capaces de amoldarse a tus plazos de entrega con tal de que tú les hagas el trabajo.
  • No tiene sentido ponerse barreras y limitarse a buscar clientes en el mercado local o nacional cuando nuestro mercado es el mundo entero.

Sobre las tarifas

  • Las tarifas bajas son una buena solución para conseguir clientes y trabajos más fácilmente como medida provisional con el fin de adquirir experiencia u obtener ingresos de urgencia, pero no son sostenibles a largo plazo. Solo hay dos desenlaces posibles: que nos matemos a trabajar para ganar un «sueldo» decente a fin de mes, lo que nos arrebata todo rastro de vida privada y nos acaba por desquiciar y hacer aborrecer nuestra profesión, o bien que nos muramos de hambre porque no ganamos lo suficiente para subsistir. Yo al principio también creía que cobrar poco no era tan malo y que eso no significaba hacer un peor trabajo, pero con el tiempo te das cuenta de que esa idea es equivocada.
  • Es absurdo indignarse por el hecho de que otros cobren o paguen tarifas irrisorias. Sí, a todos nos hierve la sangre cuando vemos ofertas de 2 céntimos por palabra, pero una vez pasado el sofocón y el desahogo, es mejor dedicarse a otros menesteres. No tiene sentido perder el tiempo y dedicar esfuerzos a hablar de denuncias, leyes, colegios de traductores, etc. como medida para combatir lo que no tiene arreglo posible, y menos en un mercado globalizado; es más fructífero dedicar nuestros esfuerzos a buscar nichos de mercado más interesantes, que los hay.
  • Los descuentos por volumen no tienen ninguna razón de ser. Si un cliente nos da tanto trabajo que prácticamente nos monopoliza y nos impide aceptar encargos de otros clientes, tendríamos que aplicar un recargo de exclusividad, no un descuento. Además, que un proyecto sea largo solo implica que nos llevará más tiempo terminarlo y que será más engorroso revisarlo, hacer correcciones si decidimos cambiar algo sobre la marcha, etc. Nuevamente, sería más lógico aplicar un recargo que un descuento.

Sobre los trabajos y la negociación con los clientes

  • Conviene seleccionar los trabajos y los clientes y no decirle a todo que sí. Tarde o temprano, eso nos conduciría a meter la pata hasta el corvejón, bien porque hayamos aceptado un plazo de entrega demasiado ajustado que no hemos podido cumplir; bien porque hayamos aceptado un trabajo para el que no estábamos suficientemente cualificados; bien porque el trabajo era un engorro o marrón, o bien porque hemos perdido tiempo o dinero con un trabajo mal pagado (o no pagado en absoluto). Más vale tener tiempo libre y dedicarlo a otras tareas (profesionales y personales) que estar empantanado con trabajos que nos aportan poco o nada y nos producen hartazgo y frustración.
  • Antes de aceptar un encargo de un cliente nuevo, hay que negociar y dejar bien claras las condiciones de pago. Y antes de aceptar cualquier encargo, sea de un cliente nuevo o recurrente, hay que dejar bien claras las instrucciones del trabajo y el plazo de entrega.
  • Es recomendable negociar las tarifas antes de hacer pruebas de traducción. No tiene sentido perder el tiempo con una prueba para que luego te digan que te pagarán 3 céntimos por palabra.
  • Salir unos minutos de la oficina o no estar todo el rato pendiente del correo electrónico no es el fin del mundo; en la mayoría de los casos, los clientes pueden esperar un poco.
  • El 99 % de los encargos superurgentes dejan de serlo en cuanto le hablas al cliente de un recargo por urgencia. Muchas veces, los plazos de entrega superurgentes pueden negociarse para acordar un plazo conveniente para todos.
  • No conviene salir corriendo de la oficina en cuanto entregamos un trabajo, porque puede haber problemas con la entrega (envío de archivos equivocados, dificultades para abrir el archivo, etc.), y es necesario que estemos ahí para solucionarlos cuanto antes.
  • Si no entiendes algo, pregunta; en la mayoría de los casos, el cliente estará dispuesto a ayudarte de mil amores.
  • Ninguna traducción es perfecta, y hay mil formas de decir las cosas. Hay traducciones malas, mediocres, buenas y excepcionales, pero todas son susceptibles de mejora en algún u otro aspecto. Somos humanos, nos equivocamos, cometemos errores, hay otras personas que tienen ideas mejores que las nuestras; debemos aprender a valorar las correcciones que enriquecen y mejoran nuestro trabajo.

Sobre la gestión de nuestro negocio

  • La facturación mensual de un traductor no equivale a sus beneficios o ingresos netos mensuales. Debemos descontar gastos profesionales, impuestos, etc., por lo que es muy importante planificar nuestras finanzas y ahorrar para las vacas flacas.
  • El ordenador y el mobiliario de oficina son las herramientas básicas de un traductor, por lo que conviene invertir en ellas.
  • Es recomendable no depender de un solo cliente. Que un cliente nos dé mucho trabajo periódicamente es una garantía y una tranquilidad a corto plazo, pero a la larga puede suponer el fin de nuestro negocio si ese cliente desaparece. Mejor poner los huevos en diferentes cestas y no en una sola.

Sobre los colegas

  • Internet está lleno de espacios virtuales en los que compartir nuestras experiencias con otros traductores, aprender de ellos y recabar su ayuda.

Sobre nosotros mismos

  • La mejor publicidad es el boca a boca. Conviene cuidar nuestra imagen profesional, incluso aunque estemos entre colegas, porque nunca se sabe dónde podemos encontrar un cliente.
  • Labrarse un porvenir requiere esfuerzo: de publicidad, de networking, de interacción con otros traductores, de escribir un blog, de mantener una página web… Hay que moverse y mantenerse activo.
  • Es imprescindible tomarse vacaciones de vez en cuando, y no pasa nada por estar desconectado una o dos semanas. Los clientes buenos seguirán estando ahí a la vuelta. Véase «Cerrado por vacaciones… más o menos».
  • Los traductores autónomos somos eso, autónomos, independientes, y esa es la mentalidad que debemos tener. Debemos asumir que nosotros somos los únicos dueños de nuestro trabajo, de nuestro negocio y de nuestras decisiones, y no tenemos por qué someternos a ningún «jefe» (cliente). Cada uno decide qué camino seguir; nadie nos obliga a autoexplotarnos, así que no vale quejarse. Véase «El traductor quejica».
  • Los traductores debemos reciclarnos y reinventarnos: mejorar nuestras competencias lingüísticas, actualizar nuestros conocimientos, explorar especialidades nuevas, aprender el manejo de nuevas herramientas informáticas. Quedarse parado demasiado tiempo supone quedarse fuera del mercado (o del mercado en el que nos gustaría estar).

La senda del traductor novel (2): pros y contras de ser autónomo

En mi anterior entrada reflexioné sobre las dos preguntas que cualquiera que quiera dedicarse a la traducción debería plantearse antes de dar ese gran paso: por un lado, meditar si realmente quiere ser traductor y lidiar con todo lo que ello conlleva y, por otro lado, una vez aclarada la cuestión anterior, decidir si prefiere buscar un trabajo en plantilla o lanzarse directamente a la aventura de ser autónomo. Hoy os traigo la segunda parte de esa reflexión: ¿qué ventajas e inconvenientes tiene trabajar como traductor autónomo?

Las ventajas seguramente las tenemos claras desde el principio: no tener jefe, no tener un horario fijo, no tener que aguantar a compañeros insoportables, no tener que salir de casa para trabajar, poder hacer lo que nos dé la gana cuando nos dé la gana… Sin embargo, aunque pueda parecerlo, esto no es jauja, y cada una de esas ventajas tiene un pero que, a priori, puede no estar tan claro como el pro. Veámoslos.

  • No tener jefe: Efectivamente, no tenemos a nadie que nos diga lo que debemos hacer o a quien le tengamos que rendir cuentas. Nosotros somos nuestros propios jefes, y eso parece (y es) un alivio. Sin embargo, hay que tener clara una cosa: si no tenemos a nadie que nos diga qué hacer, somos nosotros mismos quienes tenemos que obligarnos a hacer las cosas, lo cual exige una tremenda disciplina. Debemos imponernos un horario de trabajo, planificar bien las tareas, gestionar bien el tiempo. Si caemos fácilmente en la tentación de quedar con los amigos, echarnos una partidita a la PlayStation o engancharnos al programa de cotilleos que en ese momento estén poniendo en la tele, vamos por mal camino. Además, aunque no tengamos que rendirle cuentas a un jefe, sí tendremos que rendirles cuentas a nuestros clientes si metemos la pata en un trabajo o lo entregamos con retraso.
  • No tener horarios: Cierto es que cada uno puede establecer su horario de trabajo conforme a sus preferencias, sus circunstancias personales y su rendimiento (hay personas que trabajan mejor de noche que de día, por ejemplo). Pero no es menos cierto que, cuando tienes un plazo de entrega que cumplir, hay poco margen para ajustar el horario de trabajo según nuestros deseos. Además, conviene que nuestra jornada laboral coincida con la de nuestros clientes (obviamente, los que se encuentran en nuestra misma zona horaria) por si tenemos que comunicarnos con ellos o ellos quieren ponerse en contacto con nosotros, lo cual nos obliga por lo general a establecer un horario de oficina. En cualquier caso, por motivos prácticos y para preservar nuestra salud física y mental, es recomendable imponerse un horario de trabajo fijo y regular y cumplirlo a rajatabla siempre que se pueda, con el fin de evitar las jornadas laborales interminables, el trabajo en fin de semana y todas esas incomodidades que a nadie le gustan.
  • No tener compañeros de trabajo: Esta es un arma de doble filo, pues no tenemos que aguantar a compañeros insoportables, pero tampoco tenemos a nadie con quien hablar y relacionarnos directamente, cara a cara. A quien le guste la soledad no le importará, pero puede hacerse muy cuesta arriba para los traductores más sociables. Además, que no tengamos que lidiar con compañeros pesados no significa que no tengamos que lidiar con clientes pesados, que los hay.
  • No tener que salir de casa para trabajar: La mayoría de los traductores autónomos trabajamos desde/en casa, lo cual es muy cómodo porque tu puesto de trabajo está a solo unos pasos de la cama y, por tanto, no hace falta levantarse dos horas antes de empezar a trabajar ni chuparse una hora de atasco todos los días para ir y volver del trabajo, como tampoco vestirse, afeitarse, peinarse adecuadamente y esas cosas que conviene hacer antes de presentarse ante el mundo exterior. Sin embargo, el hecho de que nuestra oficina esté dentro de casa (a veces, incluso, no tenemos ni siquiera un espacio de trabajo claramente diferenciado del resto de nuestro hogar), también hace difícil separar la vida laboral de la personal y es muy fácil caer en la tentación de estar las 24 horas del día pendiente del trabajo, del ordenador, del correo electrónico, de las tareas profesionales pendientes, etc.
  • Inseguridad/incertidumbre: Este punto es fundamental, pues si no eres capaz de soportar la idea de no saber cuándo te saldrá trabajo ni la inseguridad de no tener un salario fijo a fin de mes, estás perdido. Si no sabes convivir con esa incertidumbre, estás condenado a vivir angustiado mientras seas freelance (puede sonar duro, pero es así). No obstante, esto tiene su parte positiva: un trabajador asalariado no cobra más aunque se deslome, pero un autónomo siempre puede facturar más que el mes anterior si trabaja más o mejor. Si las cosas van bien, un traductor freelance suele ganar bastante más dinero que un traductor en plantilla.
  • Variabilidad/irregularidad del trabajo («feast or famine»): Hay épocas en las que nos sobra el trabajo y apenas damos abasto para atender las demandas de todos los clientes y otras en las que parece que nadie se acuerda de nosotros. Hay que saber convivir con esa irregularidad del flujo de trabajo y aprender a compensar las etapas de sequía con las etapas de bonanza (y esto incluye ahorrar y crear un fondo de reserva que nos permita afrontar nuestros gastos cuando el trabajo escasea). Además, las rachas de poco trabajo pueden aprovecharse para hacer todo aquello que no podemos hacer cuando estamos hasta arriba de encargos: buscar nuevos clientes, mejorar nuestra formación, relajarse, etc.
  • El autónomo corre con todos los gastos de su actividad profesional, incluida la cotización a la Seguridad Social. A cambio, puede desgravarse los gastos profesionales.
  • Las vacaciones y los días libres no están remunerados: un día sin trabajar supone un día sin cobrar y el riesgo de perder encargos o incluso clientes, pero a cambio tenemos total flexibilidad para irnos de vacaciones cuando y cuanto queramos (en cuyo caso es conveniente informar con tiempo a nuestros clientes habituales).

Así es la vida del traductor autónomo. Como cualquier otro trabajo, tiene sus ventajas e inconvenientes, pero os aseguro que si sabéis afrontar y capear los contras, la libertad que se obtiene es muy gratificante y adictiva. Yo creo que una vez que has probado las mieles (y las hieles) de ser autónomo, es muy difícil desengancharse.

La senda del traductor novel (1): ¿realmente quieres ser traductor?

En la presentación de este blog prometí que escribiría una serie de artículos que fueran útiles para los traductores noveles y les ayudasen a abrirse camino en el mundo de la traducción profesional. Pues bien, esta es la primera de esas entradas y, lógicamente, voy a empezar por el principio: ¿qué hacer cuando acabamos la carrera de Traducción e Interpretación? (o cuando queremos cambiar de trabajo y dedicarnos a traducir).

Terminar la carrera, sea cual sea, siempre da miedo, pues supone un cambio importante en la vida de cualquier persona: de repente dejamos de ser estudiantes, abandonamos un estilo de vida que ha durado años y años y nos vemos abocados al mercado laboral, enfrentados a la realidad de quien tiene que buscarse las habichuelas para subsistir. Y eso da miedo porque es algo nuevo que, por lo general, nunca hemos hecho antes (o, al menos, no a tiempo completo) y no sabemos por dónde empezar. En ese momento parece que lo único que sabemos hacer en la vida es estudiar.

Pues bien, después de este concienzudo análisis psicológico existencial, viene la gran pregunta, la cuestión que cualquier recién licenciado en Traducción debería plantearse antes de dar cualquier paso. Es un interrogante fundamental, lógico, obvio, y, sin embargo, estoy segura de que la mayoría de los traductores en ciernes no se lo formulan: ¿realmente queremos ser traductores y ganarnos la vida con ello?

Hay muchas personas que estudian Traducción e Interpretación por el simple hecho de que les gustan los idiomas, lo cual está muy bien, pero para ser traductor no te tienen que gustar los idiomas, te tiene que gustar traducir y todo lo que ello conlleva. Si no nos seduce la idea de pasar horas sentados delante del ordenador, batallando con términos que desconocemos y cuyo significado no encontramos por ninguna parte, bregando con el programa informático de turno que se nos ha colgado o que parece tener vida propia y no hace lo que queremos que haga, lidiando con clientes que lo quieren todo «para mañana» (o, mejor aún, para ayer), es mejor que nos dediquemos a otra cosa.

Para decidir si queremos ejercer de traductores conviene definir cómo es realmente la profesión del traductor y desmitificar las creencias que parecen haberse instalado en la sociedad acerca de este oficio. La idea del traductor que trabaja en la ONU o en la Comisión Europea, o bien que traduce libros, que disfruta con cada texto que traduce porque es superinteresante, que viaja mucho, que es cosmopolita, que lleva una vida bohemia y relajada, es total o parcialmente infundada. La realidad es mucho menos idílica: la mayoría de los traductores vivimos de traducir textos más prosaicos, como contratos, manuales de instrucciones de aparatos varios, páginas web de empresas, informes financieros, material publicitario, etc.; estamos todo el día enclaustrados en casa (o en la oficina), sentados delante del ordenador 8, 10 o 12 horas (o las que cada cual considere oportunas según sus circunstancias personales y su resistencia física y mental), tecleando a toda velocidad para terminar esa dichosa traducción (técnica, médica, jurídica, financiera) que tantos quebraderos de cabeza nos ha dado y cuyo plazo de entrega se nos está echando encima. Bueno, claro está que nuestro trabajo no siempre es así, y quizá estoy exagerando un poco, pero este panorama se ajusta más a la realidad que el concepto de traductor como espécimen humanista que traduce libros o que trabaja en una organización internacional de altos vuelos.

Si después de reflexionar sobre todo esto todavía nos quedan fuerzas y ánimos para ser traductores y tenemos claro que ese es nuestro camino en la vida, el siguiente paso debería ser decidir si queremos trabajar en plantilla o como autónomos (freelance). Seguramente lo ideal sería empezar como traductor en plantilla (en una agencia de traducción o en una empresa con un equipo de traductores propio) para contar con un sueldo y un horario fijos y tener compañeros a los que poder consultar todas las dudas que tengamos, que supervisen nuestro trabajo y revisen nuestras traducciones. Sin embargo, la mayoría de los traductores somos autónomos: unos empiezan compaginando este trabajo con otro empleo por cuenta ajena hasta que tienen una cartera de clientes lo bastante sólida como para ser autónomos a jornada completa; otros, como yo, empezamos directamente siendo autónomos las 24 horas del día, aunque para esto es imprescindible contar con un respaldo financiero que nos permita salir adelante durante los primeros meses, cuando la actividad todavía no es (muy) rentable. Y es que ser autónomo tiene muchas ventajas, pero también unos cuantos peros. Si queréis descubrirlos, no os perdáis mi siguiente post.