Archivo de la categoría: marketing y promoción

Recomendaciones para el envío de correos electrónicos

Últimamente he recibido varios correos electrónicos de lectores del blog que me felicitan por él o me piden consejo o ayuda para alguna tarea. Desde aquí quiero agradecerles públicamente que se hayan tomado la molestia de ponerse en contacto conmigo para transmitirme su enhorabuena y que confíen en mí para echarles una mano y aconsejarles. Sin embargo, a algunos de esos remitentes debo darles también un tironcillo de orejas (que espero que sepan disculpar, pues no lo hago de mala fe, sino como pretexto para dar un par de recomendaciones útiles). Y es que algunos de los mensajes que he recibido adolecen de dos errores que no podemos cometer jamás al enviar un correo a una persona desconocida si no queremos correr el riesgo de que nuestro e-mail acabe en la papelera sin ni siquiera ser leído:

  • Elegir un asunto inadecuado (o no poner ninguno). El campo «Asunto» de los correos electrónicos sirve para resumir de forma breve y concisa el contenido o cometido del mensaje. Por tanto, si queremos que el destinatario (a quien no conocemos) abra y lea nuestro correo, debemos esmerarnos en elegir un asunto que realmente describa su contenido o que invite a abrirlo. Si recibo un e-mail sin asunto o con uno como Isabel, Mucho Gusto!, Hola! o Saludos procedente de un remitente desconocido (más aún si tiene un nombre exótico o poco común), mi primera reacción es pensar que se trata de spam y, por tanto, lo borro directamente sin ningún miramiento. A veces, sin embargo, me da por pensar que quizá no sea correo basura y, al abrirlo, me doy cuenta de que efectivamente no lo era. En esos casos siempre pienso lo mismo: «Pues menos mal que no lo he borrado. De lo contrario, este chico/a se habría quedado sin respuesta y habría pensado que soy una antipática». ¿Qué costaba poner Felicidades por el blog, Seguidor de tu blog o Ayuda con trabajo de traducción, por ejemplo?
  • Enviar el mensaje a la dirección equivocada. Si enviáis el correo a la dirección adecuada, tendréis más probabilidades de que vuestro mensaje llegue al destinatario (pensad, por ejemplo, en la posible existencia de filtros), de que este lea el mensaje y de que os responda a tiempo.

El cumplimiento de estas dos reglas es esencial si el mensaje que vamos a enviar es importante, por ejemplo cartas de presentación o currículos. En ese caso, escoger un asunto adecuado, conciso, atractivo y enviar el mensaje a la dirección correcta es fundamental si queremos tener más probabilidades de que el cliente potencial lea nuestra misiva y no la mande directamente a la basura de su correo electrónico. Y dos recomendaciones extras para terminar:

  • Os aconsejo no incluir imágenes en el mensaje (por ejemplo, logotipos en las firmas de correo), pues muchos programas las bloquean e incluso pueden llegar a considerar que el mensaje es fraudulento y enviarlo directamente a la carpeta de spam.
  • No olvidéis escribir con corrección y claridad ni pasar el corrector ortográfico, incluso aunque se trate de un mensaje informal. Vuestra imagen profesional depende de ello.
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La senda del traductor novel (3): cómo iniciar tu andadura profesional

A lo largo de estos años como traductora autónoma son varias las personas, conocidas y desconocidas, compañeros de carrera y colegas anónimos, que se han dirigido a mí para pedirme consejo sobre cómo empezar su carrera profesional. ¡Qué pregunta tan fácil y qué respuesta tan difícil! Obviamente, no hay fórmulas mágicas, y que tengamos o no éxito en nuestro intento depende en gran medida de nuestras habilidades y aptitudes personales y también, por qué no decirlo, de la suerte (aquello de estar en el momento justo en el lugar apropiado). En cualquier caso, lo importante es moverse y no quedarse sentado a verlas venir. Nadie va a llamar a nuestra puerta para ofrecernos el trabajo de nuestra vida; debemos ser nosotros quienes salgamos a buscarlo allá donde haya oportunidades. Esta actitud, esta mentalidad propia de la gente decidida y echá pa’lante, es fundamental en cualquier búsqueda de empleo, y más aún en la búsqueda de clientes. Dado que yo solo tengo experiencia como autónoma, mis consejos van a ir encaminados en esa dirección, pero recordad que también tenéis la opción de buscar un trabajo en plantilla, que quizá sea lo más práctico y didáctico para los traductores noveles (aunque yo desafié todas las leyes de la física y me lancé de cabeza a la piscina del trabajo por cuenta propia).

Así pues, una vez que hayáis decidido que realmente queréis ser traductores (véase «La senda del traductor novel 1») y que vais a entrar directamente en el club de los autónomos (véase «La senda del traductor novel 2»), el siguiente paso es buscar clientes. ¿Dónde? ¿Cómo? Estas son algunas sugerencias basadas en mi propia experiencia:

  • Directorios y portales de traductores: Algunos son ProZ (el más conocido), TranslatorsCafé, TRADUguide, GoTranslators, GlobTra, Foreignword, Translatorsbase, Aquarius, etc. Lo primero que yo hice cuando acabé la carrera fue precisamente registrarme en todos ellos de forma gratuita y completar mi perfil con la información más exhaustiva posible. Cuantos más datos aportéis para captar la atención de los posibles clientes, en especial si no tenéis una página web propia, mejor. Sin embargo, tened en cuenta que hay miles de traductores registrados en esas páginas, por lo que tampoco es fácil que los clientes os encuentren, a no ser que tengáis un perfil muy singular o que los clientes tengan la paciencia suficiente como para echarle un vistazo a la información de todos los traductores que les puedan interesar. Casi todos estos portales ofrecen suscripciones de pago que reportan supuestas ventajas, como aparecer entre los primeros resultados de búsqueda o tener acceso prioritario a las ofertas de trabajo que se publican, pero no sé hasta qué punto merece la pena pagar una cuota por eso. Personalmente, nunca lo he hecho, ni siquiera cuando no tenía ningún cliente. Aun así, estos directorios resultan útiles tanto para colgar nuestra información a modo de página web y que los clientes, con un poco de suerte, nos encuentren, como para acceder a ofertas de trabajo (muchas de ellas, no obstante, mal pagadas) u obtener listados de agencias y empresas de traducción a las que ofrecerles nuestros servicios.
  • Página web profesional: Hoy en día no hay excusa para no tener una página web, a ser posible con un nombre de dominio propio (que también irá asociado a vuestra dirección de correo electrónico). El precio de registrar un dominio y contratar un servicio de alojamiento es más que asequible y el beneficio para la imagen de un traductor es, en mi opinión, incuestionable. A este respecto no solo es importante que el contenido de la web sea profesional, sino que también debe parecerlo, como la mujer del César. Nadie se creerá que somos traductores serios si nuestra propia página tiene un diseño cutre. Pero tampoco hace falta recurrir a sofisticadas puestas en escena con latosas animaciones en Flash; basta con un diseño sobrio y sencillo. Ya sabéis: menos es más.Aunque para que una página web sea una herramienta realmente útil y eficaz capaz de atraer clientes casi por sí sola conviene tener un buen posicionamiento en buscadores y esa clase de cosas tan propias de la generación 2.0 (o 3.0), siempre estará ahí como presentación de nuestros servicios. Entre sus muchas ventajas, como ya he dicho, proyecta una imagen de profesionalidad e inspira confianza; permite que los clientes accedan a nuestra información en cualquier momento y desde cualquier lugar; permite incluir toda la información necesaria para vender nuestros servicios, sin las limitaciones que impone, por ejemplo, un currículum, y es una muestra de nuestras habilidades lingüísticas, por lo que su redacción (en todos los idiomas) debe ser impecable. Encontraréis más consejos sobre el diseño de una página web profesional en esta otra entrada del blog.
  • E-mail marketing: Como su nombre indica, consiste en promocionar nuestros servicios por correo electrónico. Es probablemente el medio más utilizado para entrar en contacto con clientes potenciales, pues es barato, cómodo e instantáneo, aunque la facilidad para borrar los mensajes que con tanta ilusión hemos enviado es igual de pasmosa. Por ello es imprescindible tener en cuenta dos recomendaciones para que la comunicación sea más eficaz y multiplicar así las probabilidades de éxito: personalizar el mensaje y dirigirlo siempre que sea posible a una persona concreta (es decir, no hacer envíos masivos) y escribir un asunto atractivo para que el cliente se digne, por lo menos, abrir el mensaje. Más vale enviar un solo mensaje bien escrito y dirigido a la persona adecuada que mandar cien correos redactados de cualquier manera y a cualquier dirección. Eso sí, no os esperéis una respuesta masiva ni inmediata. En mi artículo «Cómo ofrecer tus servicios de traducción: cinco pecados capitales y algunos consejos» encontraréis más información acerca de cómo escribir este tipo de correos. ¿Y cómo confeccionar una lista de posibles clientes con los que ponernos en contacto? Pues buscando en los directorios que he mencionado en el primer punto, a través de listados como los de The Translator’s Home Companion o, simplemente, realizando una búsqueda en Google.
  • Asociaciones profesionales, redes sociales, listas de distribución, blogs, congresos y conferencias: Estas herramientas, como ya expuse en la entrada «El traductor, ese animal (a)social», no solo sirven para estar en contacto con otros colegas, sino también para labrarnos una buena imagen profesional, demostrar lo que sabemos y valemos, conseguir prestigio y reconocimiento y, por ende, multiplicar las posibilidades de conseguir clientes. Los compañeros de profesión pueden ser una estupenda fuente de trabajo y contactos profesionales, así que conviene no descuidarla y participar activamente en la comunidad traductoril.

Hasta aquí las herramientas que yo he utilizado hasta el momento para abrirme camino en el mundo de la traducción y labrarme una carrera bastante satisfactoria y estable hasta la fecha. Pero hay más opciones:

  • Telemarketing, visitas a clientes y asistencia a ferias: No olvidemos que también podemos ponernos en contacto con clientes por teléfono, haciéndoles una visita personal o asistiendo a ferias del campo de especialidad en el que nos interese encontrar clientes. Esta forma de promocionar nuestros servicios requiere más aplomo, seguridad, labia y experiencia profesional, pero precisamente por eso, por ser menos impersonal, quizá puede resultar más eficaz. El contacto cara a cara deja una huella más profunda que la comunicación virtual.
  • Familiares y amigos: Que todo el mundo sepa a la perfección a qué os dedicáis y qué ofrecéis. Nuestro círculo más cercano también puede convertirse en un nexo de unión con clientes potenciales.

Y para terminar, algunos consejos:

  • Para dar una imagen profesional es imprescindible creerse un profesional y tener una actitud coherente con esa condición. Recordad que no sois traductores que buscan trabajo; sois profesionales que ofrecen un servicio.
  • Para completar el «kit del profesional autónomo», haceos unas tarjetas de visita y llevadlas siempre a mano. En Moo, por ejemplo, encontraréis infinidad de diseños y productos corporativos de buena calidad a precios más que razonables.
  • Acabar la carrera no es el fin de la formación de un traductor; seguid formándoos, haced cursos de reciclaje, especializaos, no dejéis de aprender.
  • Como ya he dicho en otras ocasiones, el boca a boca es una de las herramientas de marketing más poderosas. Un cliente satisfecho es el mayor tesoro que podéis tener; cuidadlo bien y será vuestra mejor publicidad.
  • No busquéis oportunidades solo en el mercado local; aprovechad las ventajas de internet para traspasar fronteras y hacer negocio en otros mercados más apetecibles.
  • No cejéis en vuestro empeño de abriros camino. La perseverancia y la paciencia son importantes, pues se pueden tardar varios años en formar una cartera de clientes estable de la que poder vivir. De ahí que sea fundamental, como ya he comentado otras veces, contar con un respaldo económico o un colchón financiero en esa primera etapa. Pero si otros lo consiguen, ¿por qué vosotros no?

La escuela de la vida: lecciones prácticas sobre el trabajo del traductor

Hace ya cinco años que metí la cabeza en el sector de la traducción. A algunos (los principiantes), ese tiempo les parecerá todo un récord; a otros (los veteranos), esos añitos les parecerán casi como si fueran cuatro días. En cualquier caso, es tiempo suficiente para haber aprendido unas cuantas lecciones sobre esta profesión. Algunas las he aprendido por mí misma, por mi propia experiencia; otras son el fruto de escuchar y leer a traductores mucho más experimentados que yo, de los que ahora comprendo cuánta razón tenían en sus argumentos. Muchas de esas enseñanzas ya las conocéis por algunos de mis artículos, pero me gustaría hacer una sinopsis:

Sobre los clientes

  • A la larga solo merece la pena trabajar con clientes buenos (o relativamente buenos). Un mal cliente no es un cliente, es un quebradero de cabeza.
  • Los mejores clientes, con honrosas excepciones, no suelen estar en España. Casualmente, los clientes que no regatean las tarifas, que no lo quieren todo para mañana, que te tratan de igual a igual, suelen ser también los más formales y fieles, capaces de amoldarse a tus plazos de entrega con tal de que tú les hagas el trabajo.
  • No tiene sentido ponerse barreras y limitarse a buscar clientes en el mercado local o nacional cuando nuestro mercado es el mundo entero.

Sobre las tarifas

  • Las tarifas bajas son una buena solución para conseguir clientes y trabajos más fácilmente como medida provisional con el fin de adquirir experiencia u obtener ingresos de urgencia, pero no son sostenibles a largo plazo. Solo hay dos desenlaces posibles: que nos matemos a trabajar para ganar un «sueldo» decente a fin de mes, lo que nos arrebata todo rastro de vida privada y nos acaba por desquiciar y hacer aborrecer nuestra profesión, o bien que nos muramos de hambre porque no ganamos lo suficiente para subsistir. Yo al principio también creía que cobrar poco no era tan malo y que eso no significaba hacer un peor trabajo, pero con el tiempo te das cuenta de que esa idea es equivocada.
  • Es absurdo indignarse por el hecho de que otros cobren o paguen tarifas irrisorias. Sí, a todos nos hierve la sangre cuando vemos ofertas de 2 céntimos por palabra, pero una vez pasado el sofocón y el desahogo, es mejor dedicarse a otros menesteres. No tiene sentido perder el tiempo y dedicar esfuerzos a hablar de denuncias, leyes, colegios de traductores, etc. como medida para combatir lo que no tiene arreglo posible, y menos en un mercado globalizado; es más fructífero dedicar nuestros esfuerzos a buscar nichos de mercado más interesantes, que los hay.
  • Los descuentos por volumen no tienen ninguna razón de ser. Si un cliente nos da tanto trabajo que prácticamente nos monopoliza y nos impide aceptar encargos de otros clientes, tendríamos que aplicar un recargo de exclusividad, no un descuento. Además, que un proyecto sea largo solo implica que nos llevará más tiempo terminarlo y que será más engorroso revisarlo, hacer correcciones si decidimos cambiar algo sobre la marcha, etc. Nuevamente, sería más lógico aplicar un recargo que un descuento.

Sobre los trabajos y la negociación con los clientes

  • Conviene seleccionar los trabajos y los clientes y no decirle a todo que sí. Tarde o temprano, eso nos conduciría a meter la pata hasta el corvejón, bien porque hayamos aceptado un plazo de entrega demasiado ajustado que no hemos podido cumplir; bien porque hayamos aceptado un trabajo para el que no estábamos suficientemente cualificados; bien porque el trabajo era un engorro o marrón, o bien porque hemos perdido tiempo o dinero con un trabajo mal pagado (o no pagado en absoluto). Más vale tener tiempo libre y dedicarlo a otras tareas (profesionales y personales) que estar empantanado con trabajos que nos aportan poco o nada y nos producen hartazgo y frustración.
  • Antes de aceptar un encargo de un cliente nuevo, hay que negociar y dejar bien claras las condiciones de pago. Y antes de aceptar cualquier encargo, sea de un cliente nuevo o recurrente, hay que dejar bien claras las instrucciones del trabajo y el plazo de entrega.
  • Es recomendable negociar las tarifas antes de hacer pruebas de traducción. No tiene sentido perder el tiempo con una prueba para que luego te digan que te pagarán 3 céntimos por palabra.
  • Salir unos minutos de la oficina o no estar todo el rato pendiente del correo electrónico no es el fin del mundo; en la mayoría de los casos, los clientes pueden esperar un poco.
  • El 99 % de los encargos superurgentes dejan de serlo en cuanto le hablas al cliente de un recargo por urgencia. Muchas veces, los plazos de entrega superurgentes pueden negociarse para acordar un plazo conveniente para todos.
  • No conviene salir corriendo de la oficina en cuanto entregamos un trabajo, porque puede haber problemas con la entrega (envío de archivos equivocados, dificultades para abrir el archivo, etc.), y es necesario que estemos ahí para solucionarlos cuanto antes.
  • Si no entiendes algo, pregunta; en la mayoría de los casos, el cliente estará dispuesto a ayudarte de mil amores.
  • Ninguna traducción es perfecta, y hay mil formas de decir las cosas. Hay traducciones malas, mediocres, buenas y excepcionales, pero todas son susceptibles de mejora en algún u otro aspecto. Somos humanos, nos equivocamos, cometemos errores, hay otras personas que tienen ideas mejores que las nuestras; debemos aprender a valorar las correcciones que enriquecen y mejoran nuestro trabajo.

Sobre la gestión de nuestro negocio

  • La facturación mensual de un traductor no equivale a sus beneficios o ingresos netos mensuales. Debemos descontar gastos profesionales, impuestos, etc., por lo que es muy importante planificar nuestras finanzas y ahorrar para las vacas flacas.
  • El ordenador y el mobiliario de oficina son las herramientas básicas de un traductor, por lo que conviene invertir en ellas.
  • Es recomendable no depender de un solo cliente. Que un cliente nos dé mucho trabajo periódicamente es una garantía y una tranquilidad a corto plazo, pero a la larga puede suponer el fin de nuestro negocio si ese cliente desaparece. Mejor poner los huevos en diferentes cestas y no en una sola.

Sobre los colegas

  • Internet está lleno de espacios virtuales en los que compartir nuestras experiencias con otros traductores, aprender de ellos y recabar su ayuda.

Sobre nosotros mismos

  • La mejor publicidad es el boca a boca. Conviene cuidar nuestra imagen profesional, incluso aunque estemos entre colegas, porque nunca se sabe dónde podemos encontrar un cliente.
  • Labrarse un porvenir requiere esfuerzo: de publicidad, de networking, de interacción con otros traductores, de escribir un blog, de mantener una página web… Hay que moverse y mantenerse activo.
  • Es imprescindible tomarse vacaciones de vez en cuando, y no pasa nada por estar desconectado una o dos semanas. Los clientes buenos seguirán estando ahí a la vuelta. Véase «Cerrado por vacaciones… más o menos».
  • Los traductores autónomos somos eso, autónomos, independientes, y esa es la mentalidad que debemos tener. Debemos asumir que nosotros somos los únicos dueños de nuestro trabajo, de nuestro negocio y de nuestras decisiones, y no tenemos por qué someternos a ningún «jefe» (cliente). Cada uno decide qué camino seguir; nadie nos obliga a autoexplotarnos, así que no vale quejarse. Véase «El traductor quejica».
  • Los traductores debemos reciclarnos y reinventarnos: mejorar nuestras competencias lingüísticas, actualizar nuestros conocimientos, explorar especialidades nuevas, aprender el manejo de nuevas herramientas informáticas. Quedarse parado demasiado tiempo supone quedarse fuera del mercado (o del mercado en el que nos gustaría estar).

Breves reflexiones sobre lo que los clientes pueden (o quieren) permitirse

El otro día me contaba un amigo y colega de profesión que una agencia del Reino Unido se había puesto en contacto con él para ofrecerle una traducción de carácter más o menos general por 0,06 € por palabra (no se sabe si de origen o de destino), dado que, al ser la primera colaboración de la agencia con el cliente final, el presupuesto no era muy generoso y ese precio era el máximo que el cliente se podía permitir (sic). El mensaje concluía preguntándole a mi amigo si podía aceptar esa tarifa para una primera colaboración. Al instante empezaron a brotar y bullir en mi mente varias ideas y reflexiones:

  • ¿Por qué el hecho de que sea una primera colaboración implica que el presupuesto sea poco generoso? No veo la relación. En mi opinión, que el cliente no quiera o no pueda pagar más es independiente del hecho de que sea la primera, la segunda o la enésima colaboración. ¿O es que acaso el cliente considera que debe pagar menos por el servicio porque, como nunca antes ha trabajado con la agencia, no tiene la garantía de que el resultado será bueno? Señor cliente, si eso es lo que piensa, sepa usted que el servicio y el esfuerzo necesario para llevarlo a cabo son los mismos siempre, por lo que es de recibo pagar el precio que corresponde y no andar racaneando por si las moscas. Es más, en todo caso habría que pedir una tarifa más alta, dado que al ser un cliente nuevo será preciso invertir más tiempo en organizar el método de trabajo, definir sus necesidades y preferencias y, en definitiva, acostumbrarse a él y sus encargos.
  • Por otro lado, si se trata de la primera colaboración del traductor con la agencia, ¿por qué este habría de hacerle el favor de rebajar (considerablemente) su tarifa para un primer encargo? Personalmente, yo haría eso por un buen cliente con quien lleve tiempo trabajando o, si acaso, por un proyecto apetecible que me interese aceptar, pero no por un encargo normal de un cliente desconocido que me prometa expresa o subliminalmente que habrá más trabajo en el futuro. A saber si en el futuro acepta mi tarifa completa o vuelve a pedir descuentos.
  • Dicho todo lo anterior, debo confesar que la parte del mensaje que más me gusta es que «ese es el máximo que el cliente se puede permitir». Pongamos un ejemplo peregrino, pero sumamente ilustrativo: si yo solo me puedo permitir gastar 8000 € en comprar un coche, ¿se me ocurre ir a un concesionario de Porsche con la esperanza de que, como es el primer coche que compro, me rebajen el precio para ajustarse a mis necesidades? Digo yo que será el cliente el que tendrá que ajustar su presupuesto a la oferta del mercado y no el mercado el que tiene que ajustarse a los cuartos de los que dispone el cliente. Y dado que hay traductores que trabajan por 0,06 € (e incluso menos), ¿por qué no recurrir directamente a ellos en vez de andar perdiendo el tiempo regateándole las tarifas a un traductor que cobra más? Además, siempre me ha parecido poco serio que el cliente establezca de entrada la tarifa que está dispuesto a pagar en vez de preguntar por las tarifas de varios traductores y escoger al que más le convenga en función de su presupuesto, o bien intentar negociar con el que más le interese para llegar a un acuerdo. Así es como funciona la cosa en el mundo normal: el proveedor pide un precio y el cliente decide si compra o no compra, o si intenta negociar para obtener una rebaja; en el mundo paralelo de los traductores, es el cliente el que dicta el precio que va a pagar y el proveedor tiene que decir si acepta o no acepta la oferta. Absurdo.
    Por otro lado, dice la agencia que 0,06 € por palabra es el precio máximo que el cliente se puede permitir. ¿Hemos de entender, pues, que la agencia no va a cobrar ningún suplemento por su intermediación? Porque si 0,06 € es lo que el cliente puede pagar y esa es la tarifa que se le va a pagar al traductor… Algo me hace sospechar que 0,06 € es en realidad lo que la agencia, y no el cliente final, se quiere permitir.

Ojo, no estoy entrando a valorar si la tarifa de marras es alta o baja; simplemente he querido plasmar una serie de reflexiones sobre el modo en que suele funcionar la negociación entre el traductor y el cliente (agencia) y sobre las prácticas que, por algún motivo que no alcanzo a comprender, se han instaurado en nuestro sector.

Cómo ofrecer tus servicios de traducción: cinco pecados capitales y algunos consejos

La búsqueda de clientes y proyectos es una parte intrínseca e irrenunciable de la vida profesional de un traductor autónomo, sobre todo en los inicios de su carrera, cuando la búsqueda de trabajo, a falta de clientes y de experiencia, es la actividad a la que uno dedica su tiempo casi en exclusiva. Todos nos hemos quejado alguna vez, sobre todo siendo novatos, de que por más currículos y correos que enviamos, los clientes potenciales con los que nos ponemos en contacto (generalmente, agencias de traducción) no se dignan contestarnos ni siquiera con un lacónico y aséptico Gracias por tu mensaje. A mí esa falta de atención y consideración me revienta tanto como a cualquier otra persona con sentimientos y sensibilidad. También comprendo, sin embargo, que los destinatarios de esos mensajes suelen estar ocupados y que es tal la cantidad de peticiones y ofertas de traductores que reciben al cabo del día que es imposible, e incluso latoso, contestar a todos y cada uno de dichos correos, sobre todo cuando no responden a una oferta de trabajo explícita publicada en algún medio de comunicación.

Desde hace algunos años yo recibo periódicamente mensajes de traductores que quieren ofrecerme sus servicios para una hipotética colaboración. Dado que la mayoría de esas personas encuentra mis datos en GoTranslators, deduzco que, por algún misterioso motivo, dicha página me ha incluido en alguna lista de empresas de traducción que tales traductores utilizan a la hora de enviar correos masivos para postularse como proveedores de servicios lingüísticos. Y es por ello que hoy, para variar, no me voy a poner de parte de esos traductores que buscan clientes, sino de los sufridos destinatarios que reciben tales mensajes. Y es que al igual que es irritante no recibir respuesta alguna cuando uno envía un correo ofreciéndose como colaborador, tanto o más enervante es que un traductor supuestamente serio que realmente quiere colaborar con otro profesional o empresa, en este caso yo, caiga en alguno de los siguientes pecados capitales:

  • Enviar un mensaje masivo a varios destinatarios a la vez, más aún si las direcciones de correo de estos quedan visibles. Esto no solo es poco elegante, sino que también roza la ilegalidad, dado que se está difundiendo un dato personal sin el consentimiento de su dueño.
  • No personalizar el mensaje y dirigirlo a un destinatario anónimo (Estimados señores, Dear Sir or Madam, etc.), cuando en mi página web, en mi blog y en mis innumerables perfiles profesionales (LinkedIn, ProZ, etc.) queda bien claro cómo me llamo y si soy hombre o mujer.
  • Decir que quieren colaborar con mi empresa/organización, cuando en mi página web, en mi blog y en mis innumerables perfiles profesionales queda meridianamente claro que no soy ninguna empresa, sino una traductora autónoma.
  • Ofrecerse como colaboradores para idiomas con los que no trabajo y de los que, por tanto, es imposible que reciba encargos.
  • Escribir el mensaje con faltas de ortografía, un estilo poco fluido, un formato poco agradable, etc.

Como vosotros mismos podéis deducir, la mayoría de esos errores se debe a que dichos traductores no se molestan ni siquiera en buscar información sobre mí para descubrir qué me puede interesar de ellos y qué necesidades tengo que ellos puedan cubrir. En consecuencia, si no hacen ni tan siquiera el esfuerzo de estudiar a sus clientes potenciales con una medida tan simple como visitar su página web, ¿cómo van a ser capaces de ofrecer un servicio de calidad adecuado a las necesidades del cliente? ¿Cómo van a saber, incluso, si esos clientes tienen pintan de ser fiables o no? ¿Cómo pretenden vender sus servicios y demostrar su profesionalidad cuando con ese tipo de mensajes despersonalizados, inadecuados, ineficaces e incluso molestos revelan una falta absoluta de interés y de celo en lo que están haciendo? Aun así, las buenas maneras me pierden y, por lo general, contesto amablemente a esos correos aportando un poco de información sobre mí y ofreciendo a mi vez mis servicios como traductora de alemán a español. Sin embargo, sorprendentemente, algunos de esos traductores vuelven a enviarme la misma propaganda al cabo de un tiempo, ignorando por completo aquel mensaje en el que tan amablemente les indiqué que no soy ninguna empresa, que normalmente no colaboro con nadie y que sus idiomas no están entre mis combinaciones lingüísticas. Así pues, no solo las agencias parecen en ocasiones pasar olímpicamente de los mensajes publicitarios que nosotros les enviamos; también algunos traductores parecen pasar olímpicamente de la respuesta que algunos nos molestamos en enviar, aunque por su descuidada forma de proceder no la merecieran.

Con todo lo dicho anteriormente creo que queda claro qué no hay que hacer a la hora de ofrecer nuestros servicios profesionales, pero aun así lo voy a recordar con unos cuantos consejos:

  • No enviéis nunca mensajes masivos a varios destinatarios a la vez. Si por algún motivo no tenéis más remedio que hacerlo, no dejéis sus direcciones a la vista. Utilizad el campo CCO o BCC (copia oculta), que para algo está.
  • Visitad la página web de vuestro cliente potencial antes de poneros en contacto con él. Averiguad cuál es su perfil, con qué idiomas trabaja, en qué está especializado: en definitiva, cuáles son sus necesidades y qué podéis ofrecerle que resulte de su interés. Además, si recabáis información sobre el cliente de antemano, también descubriréis si es de fiar o no (o, al menos, si tiene pinta de serlo).
  • Siempre que podáis, enviadle el mensaje a una persona concreta. Las direcciones tipo info@pepitotranslations.com tienen un millón más de probabilidades de acabar en la basura.
  • Intentad personalizar el mensaje. Buscad una persona de contacto y mencionad su nombre en el correo, así como el de la empresa. Demostrad que habéis buscado información sobre ellos y que sabéis en qué trabajan y qué necesitan. Para ello podéis, por ejemplo, reproducir en el mensaje alguna frase o idea sacada de su página web.
  • Antes de nada, presentaos con vuestro nombre y apellidos y explicad brevemente a qué os dedicáis. Exponed las ventajas de trabajar con vosotros y presentad vuestros servicios de manera concisa y adecuada a las necesidades del cliente.
  • Adoptad una mentalidad de profesional que ofrece sus servicios a posibles clientes, en vez de la actitud de una persona desocupada que busca trabajo como si fuese un empleado por cuenta ajena. En consecuencia, no adjuntéis vuestro currículum; explicad brevemente qué servicios prestáis, por qué pueden interesarle al cliente, cuáles son vuestros puntos fuertes y ofreceos a enviarle información más detallada (currículum, tarifas, etc.) si el cliente lo solicita. Por supuesto, no olvidéis remitirle a vuestra página web, perfil profesional, blog, etc.

En definitiva, demostrad profesionalidad, interés y meticulosidad en todo momento. Ese es el mejor reflejo de vuestro trabajo.

El traductor conformista

Esta entrada complementa en cierto modo a mi entrada anterior, «El traductor quejica». En esta ocasión voy a hablar de otro espécimen de traductor: el conformista.

La impresión que uno tiene cuando lee listas de distribución, blogs y artículos escritos por otros profesionales del gremio, especialmente si son veteranos y conocidos, es que todos debemos aspirar a trabajar poco y cobrar mucho y a contar con clientes que nos hagan la vida la mar de fácil, que nos paguen cuanto queramos, cuando queramos y, además, nos envíen textos apasionantes que alimenten y enriquezcan nuestro intelecto. Supongo que ciertas entradas y opiniones de este blog también contribuyen a alentar esa idea de que debemos esforzarnos por convertirnos en traductores cotizados, y ciertamente está bien saber que es posible alcanzar el éxito, pero yo me pregunto: ¿que sea posible significa que todos debamos aspirar a ello?

Es innegable que para alcanzar el éxito (entiéndase por éxito cobrar tarifas altas, tener buenos clientes, disfrutar con los textos que traducimos y no tener que trabajar más de lo necesario, entre otros privilegios) hay que dedicar tiempo, esfuerzo y dinero a buscar esos clientes extraordinarios. Es el peaje que hay que pagar por tocar la gloria. Por lo general, las oportunidades de oro no caen del cielo; uno tiene que ganárselas y atraerlas a base de trabajo duro, de formación constante para ser el mejor en su especialidad, de promoción, marketing y networking por un tubo. Sin embargo, no todos están dispuestos a hacer ese sacrificio. Hay traductores que prefieren cobrar menos o tener unas condiciones de trabajo menos satisfactorias a cambio de disfrutar de la comodidad de un flujo de trabajo constante sin tener que buscar clientes con asiduidad, así como de hacer trabajos más amenos, fáciles o mecánicos, en los que se les exija menos y tengan menos presión. La decisión de apalancarse en una situación menos preeminente, pero más accesible, es igual de respetable que la decisión de tirar por el difícil camino del éxito, pero hay que apechugar con las consecuencias: posicionarse en un segmento medio o bajo del sector de la traducción conlleva tarifas bajas y peores condiciones que obligan a trabajar más horas y a asumir una mayor carga de trabajo para poder obtener una facturación decente a final de mes. Si decidimos estancarnos ahí, luego no vale quejarse de que estamos mal pagados, de que tenemos mucho trabajo y estamos agobiados o de que nuestros clientes son unos sinvergüenzas explotadores, como comenté en mi anterior artículo. Y es que una cosa es cobrar tarifas discretas o aceptar unas condiciones menos privilegiadas porque no queremos aspirar a más y preferimos la comodidad al éxito, y otra cosa es resignarse y quejarse de ello porque pensamos que no podemos aspirar a más o no nos da la gana de mover el culo.

El traductor quejica

Tengo que reconocer que los traductores autónomos somos bastante quejicas. Todos, en algún momento de nuestra vida profesional, nos quejamos de que los clientes nos pagan poco, de que tardan demasiado en pagarnos o tenemos que ir detrás de ellos para que nos paguen, de que tenemos demasiado trabajo y estamos agobiados, de que lo que traducimos nos aburre, de que la profesión está muy mal, de que hay mucho intrusismo, de que hace falta un colegio de traductores, de que es injusto pagar la cuota de la Seguridad Social todos los meses aunque no hayamos facturado nada… Nos quejamos de todo eso y de mucho más, sin darnos cuenta de que la solución a muchos de esos problemas está en nuestra mano. ¿Por qué hay clientes que nos pagan poco? ¿Por qué hay clientes que se hacen los remolones a la hora de pagar? ¿Por qué nos vemos desbordados de trabajo? ¿Por qué aceptamos trabajos insufribles que suponen un marrón? La respuesta es sencilla: porque nos dejamos, lo aceptamos y tragamos con ello. Nadie más que nosotros mismos es el responsable de esas situaciones.

Tengo casi científicamente comprobado que los traductores autónomos que se quejan de que les pagan poco, de que tienen problemas con los pagos o de que están agobiados por la cantidad de trabajo o lo detestable de este cumplen una o varias de las siguientes condiciones:

  • No creen que su trabajo sea una actividad profesional seria, sino que lo consideran un empleo pasajero o secundario para sacarse un dinero extra o ir tirando mientras buscan otro trabajo por cuenta ajena.
  • Se ven como asalariados en vez de como autónomos o microempresarios. Tienen una mentalidad de empleado sometido a un jefe (el cliente) en vez de una mentalidad de trabajador independiente que presta un servicio a otro profesional, empresa o particular, de igual a igual. Esto les lleva a aceptar cualquier cosa que les caiga encima, incluyendo tarifas injustas, plazos de pago no razonables, condiciones de trabajo inasumibles, trabajos infumables, etc., de la misma forma que un asalariado se ve obligado a tragar con todo lo que el jefe le encasquete por temor a ser despedido.
  • No saben negociar tarifas ni condiciones, lo cual está estrechamente relacionado con el punto anterior. Como no se consideran trabajadores independientes, sino que tienen una actitud de empleados asalariados, no se ven capaces de establecer e «imponer» o negociar sus propias tarifas, plazos de pago y condiciones de trabajo, sino que directamente esperan que el cliente les diga cuánto les va a pagar, cuándo y cómo.
  • Como consecuencia de lo anterior, no saben decir no, en muchos casos por temor a perder al cliente. No se dan cuenta de que, como trabajadores autónomos, están en condiciones de seleccionar los trabajos y los clientes que más les interesen y no tienen por qué aceptar todo lo que los clientes quieran encargarles. Esto les lleva a aceptar más trabajo del que pueden asumir en condiciones óptimas, a hacerse cargo de proyectos torturadores que suponen un claro marrón o a pasar por el aro de las tarifas ridículas.
  • No son conscientes de que la actividad del traductor autónomo no se circunscribe a la región donde este reside, sino que somos profesionales con una proyección internacional. Como consecuencia, en vez de buscar clientes más atractivos en otras regiones o países, a menudo con una cultura empresarial distinta y más favorable, se limitan al mercado local o nacional, aunque los clientes de este sean mediocres.
  • Están aislados de los demás profesionales del gremio. No se relacionan con otros traductores, no pertenecen a ninguna asociación, no están suscritos a foros ni listas de distribución, no leen blogs. En definitiva, están incomunicados, solo conocen su realidad personal y no tienen ninguna información sobre el resto del mercado o sobre otros profesionales.
  • Como consecuencia de lo anterior, desconocen que es posible tener otra actitud ante la profesión y que son posibles otros modelos de negocio más eficaces y exitosos. De hecho, ni siquiera se plantean la idea de cambiar o incluso de planificar su vida profesional.

Como veis, la responsabilidad de todo lo dicho anteriormente recae únicamente en el traductor, y también es responsabilidad suya esforzarse por ponerle remedio. La solución es obvia, aunque no siempre es fácil ponerla en práctica: hace falta un cambio de actitud.

  • Como bien dice el lema de este blog, la traducción no es un pasatiempo, sino una actividad profesional. Si nosotros mismos no creemos que sea así, es harto difícil que nuestros clientes nos tomen en serio.
  • Los traductores autónomos somos profesionales independientes, microempresarios que podemos escoger los clientes y los trabajos que más nos interesen. No tenemos por qué aceptar todos los encargos y condiciones de los clientes.
  • Como profesionales independientes que prestamos un servicio, somos nosotros los que debemos fijar y comunicar a los clientes nuestras tarifas y condiciones de pago y de trabajo, y no al revés. No obstante, eso no impide negociar en caso necesario para llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.
  • Debemos aprender a decir no: no a las tarifas insostenibles, no a los plazos de pago inaceptables, no a las condiciones de trabajo abusivas, no a los proyectos que nos disgustan y nos torturan, no a los encargos que no podemos realizar en condiciones por falta de disponibilidad. En la mayoría de los casos, rechazar un proyecto no supone irremediablemente perder al cliente. Si es un cliente habitual que valora nuestro trabajo, volverá. Si es un cliente nuevo, quizá lo perdamos, pero perder un cliente potencial que paga poco, tarde o mal o que quiere encasquetarnos un trabajo que no queremos o no podemos hacer no supone en realidad perder algo, sino todo lo contrario: supone ganar la oportunidad de estar disponible para otros posibles clientes mejores.
  • Hay que asumir que nuestro mercado de trabajo es el mundo entero, y que los buenos clientes no tienen por qué estar (de hecho, no suelen estarlo) en nuestra localidad o país de residencia. Con todas las tecnologías que hay hoy en día, tiene delito que nosotros mismos nos cerremos puertas buscando clientes únicamente en el mercado local.
  • Es imprescindible, fundamental, irrenunciable, vital estar en contacto con otros traductores, participar en listas de distribución, leer blogs, formar parte de alguna asociación, etc. (como ya comenté en este artículo). Solo así obtendremos la información necesaria para desempeñar nuestro trabajo con dignidad, para fijar unas tarifas y unas condiciones justas para todos; solo así descubriremos que hay traductores que no se quejan porque, con esfuerzo, tesón, suerte y perspicacia, han conseguido alcanzar el éxito y vivir bien de este trabajo. Y si ellos lo han conseguido, ¿por qué los demás no? Solo hace falta cambiar el chip, ser menos quejicas y tener una actitud positiva, pero, sobre todo, ser conscientes de que es responsabilidad de cada uno buscar su propia suerte. Sí, es cierto, a veces no nos queda más remedio que doblegarnos ante condiciones adversas e indeseables para poder pagar las facturas, pero es importante ser consciente de que eso no es una maldición que nos viene impuesta, sino que aceptar o no ese tipo de condiciones depende única y exclusivamente de nosotros.