Archivo de la categoría: oficio del traductor

Adiós, vacaciones; hola, rutina

Vuelta a la vida cotidiana después de casi un mes de desconexión total. Ya sabéis (y si no lo sabéis, leed esta entrada de hace más de un año) que yo no concibo unas vacaciones al pie del cañón, por lo que una vez más decidí dejar aparcada durante unas semanas mi vida laboral y todas las tareas consustanciales (correo, redes sociales, teléfono) para dedicarme en cuerpo y alma, sin remordimientos ni preocupaciones, al noble arte de descansar, recargar las pilas y, sobre todo, viajar, mi auténtica pasión.

Lo malo de unas vacaciones largas y totalmente ajenas a tu rutina diaria es, precisamente, que volver a esa rutina cuesta un poco más: cuantos más días pasamos fuera de casa sin recordar que somos traductores, sin mirar el correo y sin mantenernos al tanto de lo que se cuece en la profesión, más difícil se hace volver a sentarse frente al ordenador, revisar todos los mensajes que nos han ido llegando en nuestra ausencia y ponerse al día de todo lo que nos hemos perdido mientras estábamos off. Sin embargo, considero esa «alienación» un requisito imprescindible para descansar y reponer de verdad la mente y el cuerpo, aunque ello pueda suponer perder clientes, encargos o información. En mi opinión, es el peaje que hay que pagar para mantener una vida personal y laboral equilibrada y satisfactoria, una mente cuerda y un cuerpo sano, y no significa en absoluto (como algunos pueden pensar) que seas un mal profesional o un traductor pasota al que no le importan sus clientes y su trabajo. Simplemente, cada cosa tiene su momento y su lugar, aunque reconozco que no todo el mundo puede permitirse ese «lujo» o plantearse el trabajo y las vacaciones de la misma forma que yo.

Para que la vuelta a la realidad sea más llevadera, en especial si hay un viaje de por medio, antes de incorporarme plenamente al trabajo después de un periodo vacacional, dedico los dos últimos días de descanso a ir retomando el ritmo habitual: me levanto más o menos a la hora acostumbrada, enciendo el ordenador y dedico un rato a echarle un vistazo al correo, las redes sociales, los blogs, la prensa, etc., para no morir de una avalancha digital el primer día de trabajo. Y ese primer día laborable hago la puesta a punto definitiva:

  • Desactivo la respuesta automática de vacaciones del correo electrónico.
  • Reviso el correo y hago limpieza de los mensajes que he recibido mientras estaba de vacaciones. Contesto a todos aquellos que requieran respuesta por orden de prioridad y urgencia.
  • Envío un mensaje colectivo a todos mis clientes para hacerles saber que ya estoy de vuelta y disponible para nuevos encargos.
  • Reactivo la recepción de mensajes de las listas de correo, que suelo desactivar antes de irme de vacaciones para que no se me acumule una cantidad ingente de mensajes (que probablemente acabe no leyendo) en mi ausencia.
  • Retomo la actividad en las redes sociales y me pongo al día en la medida de lo posible.
  • Publico una entrada en el blog para que mis lectores sepan que sigo ahí. 🙂

Y a vosotros, ¿os cuesta volver a la vida cotidiana después de las vacaciones?

Anuncios

Los errores más comunes de un traductor

No son pocas las piedras en las que los traductores tropezamos tarde o temprano. Estas son las 15 más frecuentes:

  1. Creer que facturación es lo mismo que ganancia o beneficio.
  2. Calcular lo que uno puede ganar considerando constante el número de palabras que traduce al día y los días que trabaja al año, sin tener en cuenta que el flujo de trabajo es muy variable.
  3. Fijar una tarifa o determinar si una tarifa es rentable sin tener en cuenta los gastos, las horas trabajadas y la productividad por hora.
  4. Permitir que la mayor parte de la facturación dependa de uno o dos clientes.
  5. Pensar que la jornada del traductor consiste únicamente en traducir.
  6. Pensar que la cartera de clientes es inamovible y, una vez que has conseguido algunos, ya no necesitas buscar más.
  7. Limitarse a buscar clientes en el mercado local.
  8. Sentirse como un empleado asalariado sometido a un jefe (el cliente) en vez de como un profesional autónomo independiente.
  9. Creer que no es necesario estar en contacto con otros colegas.
  10. Escribir mensajes públicos con faltas de ortografía.
  11. No saber decir no.
  12. Aceptar trabajos por encima de tus capacidades o cualificación.
  13. No avisar a un cliente de posibles problemas en el proyecto o retrasos en la entrega.
  14. No cumplir un plazo de entrega.
  15. No preguntar dudas.

Y vosotros ¿en qué trampas habéis caído alguna vez?

Breve reflexión sobre por qué Traducción e Interpretación debería ser Traducción o Interpretación

Mi última entrada estuvo dedica a las deficiencias que, en general, tiene la carrera de Traducción e Interpretación en España, aunque en unas universidades más que en otras. Decía entonces que el misterio de por qué se han metido en el mismo saco dos disciplinas tan dispares, aunque hermanas, como la traducción y la interpretación era otra historia y debía ser contada en otra ocasión. Pues bien, esta es esa otra ocasión.

Unir la traducción y la interpretación en una misma carrera y esperar que de ahí salgan personas capacitadas para ser tanto traductores como intérpretes es como juntar arquitectura e ingeniería de caminos y esperar que los licenciados estén capacitados para construir tanto un puente como una ristra de chalés adosados. Al fin y al cabo, los profesionales de ambas ramas se dedican a construir cosas, igual que los traductores y los intérpretes trasladan un mensaje en una lengua extranjera a otro idioma diferente, ¿no?

Pues no. Aunque a priori puedan ser trabajos parecidos por usar la misma herramienta (la lengua), los traductores y los intérpretes deben reunir destrezas y aptitudes completamente distintas. La traducción trabaja con la lengua escrita; es una actividad más pausada, con tiempo para reflexionar, documentarse y buscar la solución idónea en cada caso, que requiere un enorme dominio de la redacción y la comprensión escrita y cuyo destinatario utilizará el producto final «en diferido». En cambio, la interpretación trabaja con la lengua oral; requiere agilidad mental para salir del paso en el momento, preparación y documentación previas y una buena dosis de improvisación, aplomo, fluidez verbal y agudeza de oído. En definitiva, se trata de dos perfiles muy diferentes que no tienen por qué darse en una misma persona: hay excelentes traductores incapaces de hacer un buen trabajo en interpretación y viceversa. En consecuencia, hay estudiantes de Traducción e Interpretación a los que se les da de vicio la traducción, pero que no consiguen llegar a buen puerto en las asignaturas de interpretación, y estudiantes a los que les encanta y se les da bien la interpretación, pero que no tienen tanto interés o destreza en las asignaturas de traducción. Y si en la carrera apenas te enseñan a traducir (entiéndase ‘traducir en condiciones de trabajo más o menos reales’), no digamos ya a interpretar. El resultado: todos aquellos que quieren dedicarse profesionalmente a la interpretación no tienen más remedio que cursar un máster una vez licenciados, y aquellos que no reúnen las cualidades necesarias para ser intérpretes pasan por un calvario para superar dos asignaturas clave del plan de estudios que, en realidad, son poco relevantes para el trabajo del traductor de escritorio.

En definitiva, ¿no sería mejor hacer dos itinerarios separados: uno para traducción y otro para interpretación, quizá con un ciclo de dos cursos común a ambos? ¿No sería mejor hacer una sola cosa bien en vez de hacer dos regular? Y es que ya lo dice el refranero: quien mucho abarca, poco aprieta.

Cómo se fija una tarifa

Tengo la impresión de que una buena parte de los profesionales del sector de la traducción fijan sus tarifas al tuntún o copiando o imitando las tarifas que fijan los demás. Es importante saber lo que cobran los compañeros por sus servicios, pero para establecer un precio adecuado que sea rentable debemos analizar detenidamente nuestras circunstancias personales. Para esa tarea, varios socios de Asetrad crearon hace ya un tiempo CalPro, una utilísima herramienta de cálculo en Excel que nos permite determinar cuánto debemos cobrar o saber cuánto estamos ganando realmente teniendo en cuenta tres factores fundamentales: nuestros gastos, las horas que trabajamos al año y nuestra productividad por hora. Así que si aún no le habéis echado un vistazo, os recomiendo que no tardéis más en hacerlo.

A la hora de fijar nuestras tarifas podemos seguir, por ejemplo, este procedimiento, que describo grosso modo:

1. Analizar exhaustivamente todos nuestros gastos profesionales y personales: cuota de la Seguridad Social, internet, teléfono, cuotas de asociaciones profesionales, gastos de nuestra página web, seguros, casa, coche, alimentación, ocio, etc. La suma de todos esos gastos es lo mínimo que necesitamos facturar (tras descontar impuestos y, preferiblemente, destinar una parte al ahorro) para cubrir los gastos de nuestra actividad y mantener nuestro nivel de vida. Supongamos que dicha cuantía asciende, incluyendo los impuestos y el ahorro, a 1500 € al mes, es decir, 18 000 € al año. También podemos fijarnos un objetivo de facturación, por ejemplo el doble de nuestros gastos: 36 000 € al año.

2. Calcular las horas que trabajamos anualmente, multiplicando el número de días que trabajamos al año (descontando fines de semana, vacaciones, días de baja por enfermedad o sin trabajo, festivos, etc.) por el número de horas que solemos trabajar al día. Supongamos que trabajamos de media ocho horas al día, 20 días al mes y 11 meses al año. En total son 1760 horas anuales. También podemos tomar como referencia las horas que nos gustaría trabajar, por ejemplo cinco horas al día, 15 días al mes y 10 meses al año (750 horas en total).

Si dividimos los gastos totales anuales (18 000 €) entre el número total de horas que trabajamos al año (1760 horas), obtendremos la tarifa por hora mínima que debemos cobrar para cubrir gastos, en este caso, 10,23 €. Si dividimos nuestro objetivo de facturación anual (36 000 €) entre ese número de horas, el resultado será el precio por hora que debemos cobrar para conseguir la facturación que queremos (20,45 €). Si dividimos los gastos totales anuales y el objetivo de facturación anual entre el número de horas que nos gustaría trabajar, obtendremos la tarifa por hora que debemos cobrar para ganar lo suficiente con ese horario de trabajo (24 € y 48 € respectivamente). Para calcular la tarifa por palabra debemos hacer otro cálculo más:

3. Calcular nuestra productividad en palabras por hora (que variará según el idioma y la materia) y dividir la tarifa por hora entre dicho número de palabras. Por ejemplo, si somos capaces de traducir 350 palabras por hora (listas para entregar), nuestro precio por palabra equivalente a nuestro precio por hora será de 0,029 €, 0,058 €, 0,069 € y 0,14 € respectivamente, en función de cuál sea nuestro objetivo de facturación y nuestro horario de trabajo.

Una vez hechos estos cálculos basados en datos reales, tendríamos que formularnos aún otras preguntas:

4. ¿Son estas tarifas realistas y competitivas? ¿Son (mucho) más altas o bajas que las tarifas habituales en el mercado? ¿Podría cobrar más? Para responder a estos interrogantes deberemos analizar a la competencia, saber qué ofrece y qué precios aplica.

Por favor, que nadie se confunda: las cifras aportadas en este artículo no son más que ejemplos que he utilizado para ilustrar los cálculos. La intención de lo que he escrito no es más que constatar que, antes de fijar una tarifa, es recomendable analizar detenidamente todos los factores mencionados para establecer un precio adecuado. Para todo lo demás, ya sabéis: CalPro. Vayan desde aquí mis agradecimientos a todos los colegas que diseñaron esa herramienta.

Comunidades virtuales: ¿realmente son útiles para los profesionales del sector?

Por si os perdisteis la charla sobre redes sociales organizada por Asetrad que Clara Guelbenzu y yo dimos en Bilbao el pasado sábado 28 de abril, o bien se os ha olvidado ya lo que dijimos, os dejo aquí un resumen de mi intervención:

¿Es imprescindible participar en comunidades virtuales o redes sociales?

Por supuesto que no. Las comunidades virtuales (redes sociales, blogs, listas de distribución…) facilitan, mejoran y enriquecen nuestro trabajo en múltiples aspectos, pero se puede ser un excelente profesional sin tener una presencia activa en internet. Es fundamental distinguir entre profesionalidad y visibilidad. La calidad de un traductor no está relacionada con su popularidad y presencia en las redes sociales. Asimismo, hay que darles a estas herramientas la importancia justa y no sobrevalorarlas, sino simplemente intentar aprovechar las ventajas que nos ofrecen.

¿Qué ventajas ofrecen las redes sociales?

  • Contacto con los colegas: En mi opinión, no aislarse del gremio es fundamental para estar informado de las novedades del sector; conocer la realidad de otros profesionales y no cometer el error de creer que la nuestra es la única forma de hacer las cosas; empaparnos de la experiencia de los demás y aprender nuevos hábitos para mejorar nuestra productividad y la calidad de nuestro trabajo; ampliar conocimientos y conseguir ayuda puntual con dudas terminológicas, fuentes de documentación, etc.; hacer contactos que puedan darnos trabajo.
  • Acceso a información: La cantidad de recursos y artículos que circulan por las redes sociales es ingente. Por tanto, es imprescindible filtrar tanto lo que leemos como lo que compartimos con nuestros seguidores.
  • Ampliar nuestra red de contactos: Para relacionarse con los compañeros de profesión, crear una red de colaboradores o encontrar clientes. Las redes sociales nos ayudan a tener visibilidad, a darnos a conocer, a consolidar nuestra imagen profesional, a construir una reputación online.
  • Ejercitar nuestra capacidad de redacción: Somos profesionales de la lengua y debemos predicar con el ejemplo de una redacción precisa e impecable. Twitter, además, nos ayuda a ejercitar nuestra capacidad de síntesis.
  • Visibilidad: Como he dicho, visibilidad no es sinónimo de profesionalidad, y tampoco tiene por qué traducirse indefectiblemente en más clientes o trabajo. No obstante, si somos visibles y la gente nos conoce, tendremos más probabilidades de que esa gente piense en nosotros cuando necesite un traductor, siempre y cuando nos vendamos correctamente y tengamos una buena reputación online. Y es que de nada sirve ser el mejor traductor del mundo si nadie sabe que existes. Pero ¿cómo conseguir visibilidad, que la gente nos siga? Básicamente, siendo un usuario activo que crea o comparte contenidos interesantes y de calidad.

¿Qué inconvenientes tienen las redes sociales?

  • Hay que dedicarles tiempo: Yo considero que participar en las redes sociales, aunque sea una tarea no remunerada, forma parte de mi trabajo, igual que hacer facturas o buscar clientes, y por tanto la incluyo en mi jornada laboral y le reservo una parte de mi tiempo de trabajo.
  • Saturación de contactos e información: Conviene filtrar lo que leemos y a quién seguimos.
  • Mimar los contactos: Es recomendable interactuar con nuestros contactos. Es mejor tener una red con pocos contactos, pero de calidad, que una red con centenares de contactos a los que no les hacemos ni caso.

¿Cómo evitar que las redes sociales acaparen todo nuestro tiempo?

Gestionando bien el tiempo que les dedicamos. Algunos consejos:

  • No conectarnos a ellas fuera de la jornada laboral.
  • No utilizarlas mientras traducimos a fin de minimizar las interrupciones y así ser más productivos.
  • Reservarles un tiempo limitado a cierta hora (o ciertas horas) del día.
  • Filtrar contenidos y contactos para no saturarnos: leer solo aquello que sea realmente interesante y seguir solamente a aquellas personas que nos aporten algo.
  • Asumir que no podemos estar informados de todo. No se acaba el mundo por que no podamos leer todo lo que se publica en Facebook o en Twitter.

Buen uso de las redes sociales

  • ¿Para qué las voy a utilizar? ¿Con fines profesionales o personales? Conviene separar ambas facetas, lo cual influye en la información que compartimos. No hay que olvidar que esa información puede ser pública y estar al alcance de cualquiera. Es recomendable seleccionar muy bien lo que compartimos en las redes sociales y hacer un uso óptimo de las opciones de privacidad.
  • ¿A quién me voy a dirigir: colegas de profesión o personas ajenas al mundo de la traducción? Si queremos que nos lean clientes potenciales deberemos crear contenidos y compartir información que puedan ser interesantes para ellos y que, a la vez, estén relacionados con nuestros servicios, por ejemplo sobre comercio exterior, internacionalización de las empresas, nuevas tecnologías, etc.
  • ¿Qué imagen quiero dar? Lo mejor, en mi opinión, es dar una imagen profesional pero al mismo tiempo cercana. No solo somos traductores, sino también personas.

Últimos consejos

  • Estar presente en las redes sociales que más nos interesen y mejor sirvan a nuestros objetivos o propósitos y utilizar cada una de ellas de la forma adecuada.
  • Ser amable y cortés.
  • No hacer críticas destructivas ni discutir acaloradamente. Una crítica destructiva destruye ante todo tu propia imagen y tu credibilidad.

¿Realmente son útiles para los profesionales del sector las comunidades virtuales?

¡Por supuesto! Son útiles si las utilizamos adecuadamente y si aprovechamos las cosas buenas que nos ofrecen, que no son pocas. Es un error pensar que escribir un blog o tener una cuenta en Twitter es sinónimo de trabajo y dinero. Esa puede ser una consecuencia secundaria, pero en la mayoría de los casos encontraremos en las redes sociales un medio para entretenernos, relacionarnos y darnos a conocer, que no es poco.

Cuando el revisor, en vez de corregir, destroza

No hay mejor complemento para un traductor que un buen revisor, ese ser que perfecciona y ratifica la buena calidad de una traducción bien hecha o que enmienda las meteduras de pata de las traducciones mal hechas. No hay mejor garantía de calidad que pasar un texto por las manos de dos profesionales cualificados: uno que trasvasa la información de un idioma a otro y otro avezado en la detección de incorrecciones y ducho en el arte de pulir traducciones ajenas.

Trabajar con un buen revisor es un placer y una de las mejores formas de aprender y de mejorar la calidad de nuestras traducciones. De igual manera, que te toque lidiar con un mal revisor o, peor aún, con un revisor cuyos conocimientos son inferiores a los tuyos, es una de las peores torturas de la humanidad. Que destrocen tu traducción y, además, tengas que justificar por qué los cambios del revisor son incorrectos es una situación que puede desesperar hasta al más templado.

A lo largo de mis seis años de carrera profesional, yo misma he ejercido de revisora en muchas ocasiones, unas veces con más acierto que otras. Asimismo, he tropezado con revisores de todo tipo: revisores excelentes que realmente se dedican a corregir errores y mejorar el resultado final; revisores buenos, pero con el molesto defecto de hacer todo tipo de cambios insustanciales que en nada alteran la traducción (por ejemplo, sustituir no obstante por sin embargo), y revisores desquiciantes que, lejos de mejorar la traducción, la empeoran. El peor de los casos se da cuando un revisor demuestra claramente que no está capacitado para realizar ese trabajo, y a este respecto tengo una anécdota que perdura en mi memoria aun después de mucho tiempo.

Hace varios años, pocos meses antes de terminar la carrera, una empresa de comunicación española se puso en contacto conmigo y me propuso hacer una prueba de traducción de castellano a catalán como antesala para futuras colaboraciones. Como soy prácticamente bilingüe en catalán (valenciano) y la empresa era uno de mis primeros clientes potenciales, acepté encantada. Hice la prueba, que consistía en traducir un breve artículo de prensa, y la envié. Al cabo de unas semanas, tras preguntarles por la prueba, me comunicaron los resultados. Cuál fue mi sorpresa cuando leí esto:

En general, bien.

[…]

No obstante, llama muchísimo la atención el uso de la palabra “hui” como traducción de “hoy”. Diccionario en mano, esta palabra significa, efectivamente, ‘hoy’, aunque se trata de un dialectalismo anticuado, sin que haya absolutamente nada que justifique su uso. En mi opinión, este error desvirtúa toda la traducción. … Quizá se trate simplemente de un error y el traductor quería escribir “avui” (que sería lo correcto).

Me quedé de pasta de boniato. ¿Que hui es un dialectalismo anticuado injustificado? ¿Que lo correcto es avui? ¿Que has tenido que mirarlo en un diccionario? Para que os hagáis una idea, eso es como decirle a un argentino que, diccionario en mano, el vos existe, pero que se trata de un uso anticuado sin justificación a día de hoy, y que lo correcto es decir . Cualquiera que realmente sepa catalán/valenciano o viva en la Comunidad Valenciana sabrá que hui es el adverbio que se utiliza por estos lares para decir hoy, si bien en Cataluña se dice avui. No hay más que echarle un vistazo, por ejemplo, a Canal 9, la televisión autonómica valenciana. Curioso arcaísmo aquel que se utiliza hoy en día en los medios de comunicación… Así pues, el revisor se puso doblemente en evidencia: por un lado, por no saber que hui es un adverbio de uso corriente en valenciano; por otro lado, por haber tenido que recurrir al diccionario para buscarlo, cuando cualquiera que realmente sepa catalán conoce o debería conocer esa palabra. Por aquel entonces yo era demasiado pardilla para replicar y lo dejé correr, pero hoy no lo haría.

En definitiva, mi conclusión basada en la experiencia es que hay que tener paciencia y diplomacia con los malos revisores y agradecer infinitamente el trabajo de los buenos revisores, que son uno de los mejores regalos y una de las mejores fuentes de aprendizaje para un traductor.

Anatomía de una oficina

En la entrada «Oficina, dulce oficina» ya hablé del equipamiento que todo traductor necesita para trabajar. Pero como una imagen vale más que mil palabras, he decidido hacer la disección de mi propio espacio de trabajo:

Oficina diseccionada

1. Ordenador. No se aprecia muy bien por ser del mismo color que la mesa, pero os prometo que ahí está mi ordenador. Por circunstancias personales me resulta más cómodo utilizar un portátil, ya que así puedo llevarme el trabajo y mi entorno informático adonde quiera sin necesidad de hacer trasvase de un soporte a otro.

2. Monitor LED de 21,5 pulgadas. Después de varios años trabajando directamente en el portátil, decidí comprarme una pantalla decente, que conecto directamente al ordenador con un cable HDMI. Pero no solo importa el tamaño del monitor (que dependerá de lo cerca que estemos de él); también es importante ajustar correctamente la luminosidad, el brillo, el contraste, etc.

3. Teclado. El mío no es ergonómico, pero mejor si lo es.

4. Ratón. Cada vez lo uso menos, ya que con el teclado se trabaja mucho más rápido y se castigan menos las manos y las muñecas, pero ahí sigue para casos de emergencia.

5. Mesa. Para mí, disponer de una mesa amplia sin problemas de espacio en la que poder desplegar todo mi arsenal de trabajo es fundamental, aunque algunos aprovechan ese espacio extra no para trabajar más cómodamente, sino para llenar la mesa de trastos. Yo soy escrupulosamente metódica con el orden: un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.

6. Silla. Elegí una silla cómoda, con reposabrazos, respaldo y asiento regulables tanto en altura como en inclinación. No escatiméis en este mueble; vuestra espalda os lo agradecerá.

7. Archivador. Para tener a mano y ordenado el material de papelería y los documentos importantes.

8. Agenda. Por mucho que estemos en la era digital, yo sigo prefiriendo anotar las fechas de entrega de mis trabajos y demás compromisos personales y profesionales en una agenda de papel.

9. Bote de bolígrafos y lápices. Para tener siempre a mano utensilios de escritura.

10. Calculadora. Al igual que con la agenda, prefiero usar una calculadora manual antes que la del ordenador. La utilizo básicamente para calcular cuántas palabras he traducido, cuántas me quedan por traducir, el precio de los trabajos y lo rica que seré dentro de unos años gracias a la traducción.

11. Flexo. Una buena iluminación es fundamental. Mejor si usáis bombillas de bajo consumo. Respecto a la iluminación, también es recomendable colocar la mesa perpendicular a la ventana para que esta quede a un lado, y no delante o detrás. Así se evitan los reflejos y los deslumbramientos.

12. Plantas. Si queréis compartir vuestra oficina con otro ser vivo, esta es una buena opción, aunque la del rincón se me está poniendo mustia.

13. Cuadros. ¿Hay algo más deprimente que levantar la vista y ver una pared blanca? Para dejar volar mi imaginación y descansar la mente, colgué en la pared dos fotografías artísticas de Times Square (Nueva York). El cuadro que hay sobre la mesa (óleo sobre lienzo) es obra de una servidora

Faltarían en esta relación tres elementos importantes que no aparecen en la foto:

1. Módem-router. Creo que no hace falta que explique la importancia de este aparato.

2. Reposapiés. Esencial si no podemos apoyar toda la planta del pie sobre el suelo con las piernas en un ángulo de 90 grados.

3. Cajonera auxiliar. En ella guardo material de oficina, documentos, etc. Encima tengo instalada la impresora.

En definitiva, lo importante es trabajar en un espacio cómodo que nos permita ser productivos y cuidar nuestra salud.