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El arte de tratar con los clientes: consejos y pautas de actuación

Todos los traductores con cierta experiencia tenemos un protocolo de actuación más o menos estandarizado que rige nuestra comunicación con los clientes. Es decir, todos seguimos unas determinadas pautas a la hora de tratar con ellos y de recibir y entregar trabajos. Establecer unas directrices de este tipo nos ayuda a tener claro cómo actuar ante el cliente en cada situación, lo que se traduce en un ahorro de tiempo y esfuerzo y en una comunicación más eficaz.

Clientes nuevos y potenciales

En líneas generales, pueden darse tres casos: que el cliente, antes de encargarnos nada, nos pida información; que nos pida presupuesto para un trabajo concreto, o bien que nos haga directamente un encargo.

1. Cuando nos piden información

Si el cliente es un intermediario (una agencia o empresa de traducción u otro traductor) que está ampliando su base de datos de proveedores para futuros trabajos o haciendo una selección para escoger al traductor adecuado para un proyecto, nos pedirá por lo general que le remitamos nuestro currículum y nuestras tarifas. Por lo tanto, es imprescindible que estos dos documentos estén siempre actualizados para poder enviárselos al cliente cuanto antes, preferiblemente en formato PDF y con un diseño atractivo y profesional. No hay que olvidar adaptar la información del currículum y la lista de precios al tipo de cliente o de trabajo del que se trate. Además, podemos aprovechar el mensaje de respuesta para presentar brevemente nuestros servicios y destacar los puntos fuertes que nos convierten en el traductor idóneo. A este respecto, la clave es transmitir la información de manera clara, concisa y sucinta. Tras ese primer contacto conviene hacer un seguimiento para asegurarnos de no caer en el olvido y recordarle al cliente nuestra existencia, por ejemplo mediante un nuevo correo o incluso una llamada al cabo de unos días o semanas.

Si el que nos pide información sobre nuestros servicios es un cliente directo, lo recomendable es actuar como lo haría cualquier otro profesional o empresa. ¿Enviándole nuestro currículum? No: mandándole una presentación de lo que ofrecemos (por ejemplo, en PDF, PowerPoint o en el propio cuerpo del mensaje) y, en su caso, nuestras tarifas generales. De nuevo, la concisión, la claridad y la brevedad son esenciales para no aburrir al cliente y que entienda a la primera quiénes somos y qué hacemos. También podemos remitirle a nuestro sitio web o a cualquier otra página que ofrezca información sobre nuestro perfil profesional. En este caso tampoco está de más hacer un seguimiento, que, lógicamente, será más exhaustivo cuanto más nos interese el cliente.

En ambos casos, sin embargo, hay que tener presente una máxima: ceñirse siempre a lo que el cliente nos pida y no olvidar contestar a ninguna de sus preguntas.

2. Cuando nos piden presupuesto

La forma de actuar en esta situación es obvia: enviarle al cliente el presupuesto solicitado, en el que detallaremos nuestros datos de contacto y los del cliente, los detalles del trabajo en cuestión (tipo de tarea, idiomas, documentos, extensión…), el precio por unidad y el precio total. No hay que olvidar indicar si ese precio incluye impuestos y, en su caso, gastos de envío. Y otros datos que nunca deben faltar en un presupuesto: la forma y el plazo de entrega del trabajo, la forma y el plazo de pago y las condiciones de anulación por si el cliente decide cancelar el encargo una vez confirmado, así como cualquier otra consideración importante que el cliente deba tener en cuenta. El presupuesto es el seguro que nos cubrirá las espaldas en caso de que más adelante haya problemas o discrepancias con el cliente respecto al trabajo entregado, por lo que conviene que sea lo más detallado posible y que el cliente lo devuelva firmado o, como mínimo, que lo confirme expresamente por escrito.

3. Cuando nos hacen un encargo

Puede darse el caso de que un cliente nuevo nos ofrezca un trabajo directamente sin pedirnos presupuesto ni información de antemano. En esta situación, antes de aceptar el encargo, debemos asegurarnos siempre de tener la siguiente información (si el cliente no nos la facilita en su mensaje, habrá que pedírsela):

  • Datos completos del cliente: Nombre de la empresa o del particular, dirección postal, teléfono, correo electrónico y número de identificación fiscal. Estos datos los necesitaremos también para la factura. Para obtener más información sobre el cliente y verificar su existencia y su solvencia, es muy aconsejable visitar su página web, buscarlo en Google o consultar foros como el BlueBoard de ProZ.
  • Documentos que hay que traducir o revisar: Aceptar un encargo sin haber visto y evaluado primero los documentos en cuestión es poco menos que suicida. Aunque el cliente describa el trabajo en su correo, conviene pedirle que nos envíe los archivos para evitar sorpresas: que el documento no sea fácilmente legible, que resulte estar en un idioma o pertenecer a un tema distinto del que había dicho el cliente, que sea más largo de lo esperado o tenga un formato infernal, etc. Sí, estas cosas pasan.
  • Tarifa, fecha y forma de entrega, condiciones de pago y de anulación: Puede ser que el cliente fije esos términos de antemano (aunque muchas veces pueden negociarse) o que se amolde a lo que nosotros digamos. En cualquier caso, estas condiciones deben estar meridianamente claras antes de empezar el trabajo. Si tenemos dudas sobre la solvencia del cliente o no estamos dispuestos a arriesgarnos a sufrir un impago, en especial cuando se trata de proyectos sustanciosos, podemos pedir un pago anticipado por la cuantía total o por un porcentaje del importe.

En el caso de las agencias de traducción, todas estas condiciones suelen recogerse en una orden de pedido o purchase order (PO). Huelga decir que hasta que el cliente no nos envíe esa hoja o no confirme expresamente el encargo por escrito, es mejor no mover un dedo. Y una vez aceptado, para hacer el trabajo lo mejor posible, no está de más preguntarle al cliente si dispone de glosarios, documentos de referencia, traducciones anteriores o cualquier otro tipo de material que nos facilite la tarea y nos ayude a entregar una traducción de calidad y coherente.

Clientes habituales

Cuando recibimos un trabajo de un cliente habitual, suele bastar con echarles un vistazo a los documentos y confirmar la fecha de entrega, pues las tarifas y las condiciones de pago son por lo general las mismas para todos los encargos. Si varían, habrá que confirmarlas también, obviamente.

Al entregar un trabajo

A la hora de hacer y entregar el trabajo, no hay que olvidar seguir las instrucciones especificadas por el cliente (formato de archivo, documentos que hay que entregar, etc.). Si queda alguna duda que no hayamos podido resolver o tenemos alguna observación o comentario, no debemos olvidar incluirlos en el mensaje de entrega. Y un error tonto, pero habitual, que hay que evitar: olvidar adjuntar los archivos. Precisamente por este motivo y por todos los problemas que pueden surgir en la entrega (que el mensaje no llegue a su destinatario, que no pueda abrir los archivos enviados, que no entienda algo, etc.), conviene seguir al pie del cañón, del correo y del teléfono inmediatamente después de haber enviado el trabajo, por si hubiera que solucionar algún contratiempo.

¿Y si nos llaman por teléfono?

Lo habitual en los tiempos que corren es que los clientes se pongan en contacto con nosotros por correo electrónico, y los consejos que acabo de dar se aplican a ese canal de comunicación. No obstante, tampoco es infrecuente que los clientes nos llamen por teléfono para solicitar información, pedir presupuesto o hacernos un encargo. En tales casos, es recomendable confirmar y sintetizar por escrito todo lo que se haya dicho de palabra, para que no se las lleve el viento y no haya malentendidos. Y de nuevo, la regla de oro: no aceptar ni establecer nunca las condiciones de un encargo sin haber visto antes los archivos.

¿Y si no nos pagan?

Muchas veces, los retrasos en los pagos se deben a despistes, fallos técnicos o facturas que se traspapelan. Por ello, si un cliente tarda en pagar, conviene indagar cortésmente a qué se debe el impago. Si con el tiempo no se resuelve el conflicto, habrá que enviarle recordatorios más severos y tomar medidas más drásticas. En cualquier caso, para reducir al mínimo el riesgo de impago, podemos —como he dicho más arriba— buscar de antemano información sobre el cliente y su solvencia, solicitar el pago anticipado total o parcial del trabajo o no aceptar más de un número determinado de encargos de clientes nuevos hasta que nos paguen.

En realidad, todos estos consejos y pautas pueden reducirse a tres: cortesía, profesionalidad y sentido común.

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Gestión eficaz del tiempo de trabajo: crea un diario laboral

Siempre he sido una persona tremendamente organizada y planificadora, tanto en mi vida profesional como personal. Como resultado, hace años decidí empezar a dejar constancia escrita de los días de vacaciones y festivos que me tomaba libres para, al cabo del año, saber cuántos días laborables no había trabajado. Seguro que hay varios programas informáticos idóneos para dicha tarea, pero yo opté por el método más rudimentario: un sencillo documento de Excel con una columna para cada año, una fila para cada día del año y un cómputo total al final.

Con la llegada del año 2013 me he propuesto ir un paso más allá: no solo reflejar los días de vacaciones o festivos, sino anotar todas las tareas que hago día a día para saber exactamente en qué invierto mi tiempo de trabajo. Existen programas de gestión del tiempo útiles para ese cometido, como ManicTime o Grindstone, que permiten registrar el tiempo que pasamos delante del ordenador y analizar cuántas horas dedicamos a cada actividad o aplicación informática. No obstante, mi objetivo no es tanto saber cuánto tiempo dedico a cada tarea, sino más bien saber cuáles son esas tareas, dejar constancia de las actividades que hago cada día a modo de diario laboral, cosa que no permiten tales programas. La finalidad: poder determinar si he dedicado mi tiempo a trabajo remunerado o no remunerado, saber (aunque sea grosso modo) cuántos días al mes o al año invierto en actividades de promoción o formación, evitar la procrastinación y las interrupciones o, si las hay, detectarlas y reducirlas al mínimo.

Para llevar a cabo dicha empresa he vuelto a optar por una sencilla hoja de Excel que he sumado a la de vacaciones y festivos que he mencionado anteriormente. El diseño es muy sencillo: una hoja para cada año y una columna respectivamente para el día de la semana, la fecha, la hora de inicio y de fin de la jornada laboral, junto con el descanso de mediodía y el tiempo total, las tareas realizadas y, por sugerencia vía Twitter de Héctor Quiñones, etiquetas para clasificar las tareas. Mi intención es reflejar todas las actividades que hago dentro de mi tiempo de trabajo: traducción, revisión o corrección (trabajo remunerado); actividades de promoción y marketing (actualización del currículum o de la página web, envío de cartas, etc.); uso de redes sociales; actividades de formación (cursos, webinarios, autodidacta, etc.), y tareas administrativas (declaraciones fiscales, facturas, etc.). He querido simplificar al máximo el método porque, para que funcione, tiene que ser un registro fácil de llevar.

Por otro lado, como parte de mi estrategia para conseguir gestionar el tiempo de  manera más eficaz y aprovecharlo al máximo, he decidido utilizar sistemáticamente la técnica Pomodoro para reforzar la concentración, para lo cual asignaré uno o varios ciclos de trabajo a cada tarea prevista del día. Así pues, el desarrollo general de una jornada típica de trabajo sería el siguiente:

  • Repaso de las tareas previstas para el día (fundamental ponerlas por escrito de un día para otro).
  • Registro de la hora de inicio de la jornada laboral.
  • Realización de las tareas, cronometrando cada una con ciclos Pomodoro.
  • Registro de la hora de fin de la jornada laboral.
  • Registro de las actividades realizadas en el diario laboral.

En definitiva, lo que pretendo con todo este montaje es gestionar y organizar mejor el tiempo de trabajo y ser consciente de lo que hago y cuándo lo hago. ¡Espero conseguirlo!

Adiós, vacaciones; hola, rutina

Vuelta a la vida cotidiana después de casi un mes de desconexión total. Ya sabéis (y si no lo sabéis, leed esta entrada de hace más de un año) que yo no concibo unas vacaciones al pie del cañón, por lo que una vez más decidí dejar aparcada durante unas semanas mi vida laboral y todas las tareas consustanciales (correo, redes sociales, teléfono) para dedicarme en cuerpo y alma, sin remordimientos ni preocupaciones, al noble arte de descansar, recargar las pilas y, sobre todo, viajar, mi auténtica pasión.

Lo malo de unas vacaciones largas y totalmente ajenas a tu rutina diaria es, precisamente, que volver a esa rutina cuesta un poco más: cuantos más días pasamos fuera de casa sin recordar que somos traductores, sin mirar el correo y sin mantenernos al tanto de lo que se cuece en la profesión, más difícil se hace volver a sentarse frente al ordenador, revisar todos los mensajes que nos han ido llegando en nuestra ausencia y ponerse al día de todo lo que nos hemos perdido mientras estábamos off. Sin embargo, considero esa «alienación» un requisito imprescindible para descansar y reponer de verdad la mente y el cuerpo, aunque ello pueda suponer perder clientes, encargos o información. En mi opinión, es el peaje que hay que pagar para mantener una vida personal y laboral equilibrada y satisfactoria, una mente cuerda y un cuerpo sano, y no significa en absoluto (como algunos pueden pensar) que seas un mal profesional o un traductor pasota al que no le importan sus clientes y su trabajo. Simplemente, cada cosa tiene su momento y su lugar, aunque reconozco que no todo el mundo puede permitirse ese «lujo» o plantearse el trabajo y las vacaciones de la misma forma que yo.

Para que la vuelta a la realidad sea más llevadera, en especial si hay un viaje de por medio, antes de incorporarme plenamente al trabajo después de un periodo vacacional, dedico los dos últimos días de descanso a ir retomando el ritmo habitual: me levanto más o menos a la hora acostumbrada, enciendo el ordenador y dedico un rato a echarle un vistazo al correo, las redes sociales, los blogs, la prensa, etc., para no morir de una avalancha digital el primer día de trabajo. Y ese primer día laborable hago la puesta a punto definitiva:

  • Desactivo la respuesta automática de vacaciones del correo electrónico.
  • Reviso el correo y hago limpieza de los mensajes que he recibido mientras estaba de vacaciones. Contesto a todos aquellos que requieran respuesta por orden de prioridad y urgencia.
  • Envío un mensaje colectivo a todos mis clientes para hacerles saber que ya estoy de vuelta y disponible para nuevos encargos.
  • Reactivo la recepción de mensajes de las listas de correo, que suelo desactivar antes de irme de vacaciones para que no se me acumule una cantidad ingente de mensajes (que probablemente acabe no leyendo) en mi ausencia.
  • Retomo la actividad en las redes sociales y me pongo al día en la medida de lo posible.
  • Publico una entrada en el blog para que mis lectores sepan que sigo ahí. 🙂

Y a vosotros, ¿os cuesta volver a la vida cotidiana después de las vacaciones?

Anatomía de una oficina

En la entrada «Oficina, dulce oficina» ya hablé del equipamiento que todo traductor necesita para trabajar. Pero como una imagen vale más que mil palabras, he decidido hacer la disección de mi propio espacio de trabajo:

Oficina diseccionada

1. Ordenador. No se aprecia muy bien por ser del mismo color que la mesa, pero os prometo que ahí está mi ordenador. Por circunstancias personales me resulta más cómodo utilizar un portátil, ya que así puedo llevarme el trabajo y mi entorno informático adonde quiera sin necesidad de hacer trasvase de un soporte a otro.

2. Monitor LED de 21,5 pulgadas. Después de varios años trabajando directamente en el portátil, decidí comprarme una pantalla decente, que conecto directamente al ordenador con un cable HDMI. Pero no solo importa el tamaño del monitor (que dependerá de lo cerca que estemos de él); también es importante ajustar correctamente la luminosidad, el brillo, el contraste, etc.

3. Teclado. El mío no es ergonómico, pero mejor si lo es.

4. Ratón. Cada vez lo uso menos, ya que con el teclado se trabaja mucho más rápido y se castigan menos las manos y las muñecas, pero ahí sigue para casos de emergencia.

5. Mesa. Para mí, disponer de una mesa amplia sin problemas de espacio en la que poder desplegar todo mi arsenal de trabajo es fundamental, aunque algunos aprovechan ese espacio extra no para trabajar más cómodamente, sino para llenar la mesa de trastos. Yo soy escrupulosamente metódica con el orden: un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.

6. Silla. Elegí una silla cómoda, con reposabrazos, respaldo y asiento regulables tanto en altura como en inclinación. No escatiméis en este mueble; vuestra espalda os lo agradecerá.

7. Archivador. Para tener a mano y ordenado el material de papelería y los documentos importantes.

8. Agenda. Por mucho que estemos en la era digital, yo sigo prefiriendo anotar las fechas de entrega de mis trabajos y demás compromisos personales y profesionales en una agenda de papel.

9. Bote de bolígrafos y lápices. Para tener siempre a mano utensilios de escritura.

10. Calculadora. Al igual que con la agenda, prefiero usar una calculadora manual antes que la del ordenador. La utilizo básicamente para calcular cuántas palabras he traducido, cuántas me quedan por traducir, el precio de los trabajos y lo rica que seré dentro de unos años gracias a la traducción.

11. Flexo. Una buena iluminación es fundamental. Mejor si usáis bombillas de bajo consumo. Respecto a la iluminación, también es recomendable colocar la mesa perpendicular a la ventana para que esta quede a un lado, y no delante o detrás. Así se evitan los reflejos y los deslumbramientos.

12. Plantas. Si queréis compartir vuestra oficina con otro ser vivo, esta es una buena opción, aunque la del rincón se me está poniendo mustia.

13. Cuadros. ¿Hay algo más deprimente que levantar la vista y ver una pared blanca? Para dejar volar mi imaginación y descansar la mente, colgué en la pared dos fotografías artísticas de Times Square (Nueva York). El cuadro que hay sobre la mesa (óleo sobre lienzo) es obra de una servidora

Faltarían en esta relación tres elementos importantes que no aparecen en la foto:

1. Módem-router. Creo que no hace falta que explique la importancia de este aparato.

2. Reposapiés. Esencial si no podemos apoyar toda la planta del pie sobre el suelo con las piernas en un ángulo de 90 grados.

3. Cajonera auxiliar. En ella guardo material de oficina, documentos, etc. Encima tengo instalada la impresora.

En definitiva, lo importante es trabajar en un espacio cómodo que nos permita ser productivos y cuidar nuestra salud.

12 secretos sobre los traductores autónomos

Siguiendo la línea pedagógica para legos en traducción de mi última entrada, me he parado a pensar qué le gustaría saber a la gente sobre los traductores autónomos y nunca nadie les ha contado. Haciendo un poco de memoria he recopilado las preguntas y dudas más frecuentes que me han planteado a lo largo de los últimos años. Estos son los 12 secretos que toda persona ajena al sector de la traducción debería saber:

1. ¿Dónde trabaja un traductor autónomo?

Por lo general, en su propia casa. Un ordenador y una conexión a internet es todo lo que necesitamos para poder trabajar. Para más información, leed mi artículo «Oficina, dulce oficina».

2. ¿Qué horario de trabajo tiene un traductor autónomo?

Como buenos autónomos, los traductores fijamos libremente nuestro horario de trabajo. Por lo general trabajamos y descansamos cuando queremos. Hay traductores, como yo, que prefieren levantarse temprano y terminar la jornada laboral pronto; otros, en cambio, prefieren no madrugar, aunque ello suponga trabajar hasta más tarde. Hay traductores diurnos que son más productivos de día, y traductores nocturnos que trabajan mejor de noche. Hay traductores que trabajan habitualmente los fines de semana o los festivos y otros que prefieren tener una semana laboral estándar de lunes a viernes. En cualquier caso, lo importante es atender correctamente a los clientes, hacer bien el trabajo y entregarlo en el plazo acordado.

3. ¿Para quién trabaja un traductor autónomo?

Hay varios tipos de clientes:

  • Clientes directos: Son empresas y particulares que necesitan servicios de traducción. El traductor trabaja directamente con el cliente final que necesita la traducción. Este grupo puede incluir desde empresas que quieren abrir mercado o lanzar un producto en otro país y necesitan traducir toda su documentación (manuales de instrucciones, página web, material de marketing y publicitario, etc.) hasta clientes particulares que necesitan traducir, por ejemplo, su expediente académico para convalidar sus estudios en España. Encontraréis más información en este completo artículo de Martine Fernández Castaner.
  • Intermediarios: Normalmente son agencias de traducción, aunque también pueden ser otros traductores autónomos. Ellos son los que mantienen el contacto con el cliente final, consiguen el encargo y luego buscan a un traductor que haga el trabajo. Algunas agencias se encargan de tareas adicionales a la de traducción (revisión, preparación del texto para traducir y maquetación del documento final, etc.); otras actúan simplemente como enlace entre el traductor y el cliente final. Martine Fernández Castaner también dedicó una entrada a este tipo de clientes en su blog.

En mi caso, yo trabajo tanto para clientes directos (empresas y particulares) como para agencias de traducción y otros intermediarios (otros traductores), pero hay traductores cuyos ingresos proceden exclusivamente de clientes directos o exclusivamente de agencias de traducción. En cuanto a la procedencia de los clientes, lo normal es tener clientes tanto nacionales como extranjeros.

4. ¿Cómo se comunica con los clientes un traductor autónomo?

Dado que la inmensa mayoría de los traductores somos autónomos que trabajamos desde casa, sentados delante del ordenador todo el día, el contacto con los clientes se produce básicamente a través del correo electrónico y, en menor medida, el teléfono u otras herramientas de comunicación, como la mensajería instantánea (por ejemplo, Skype). Por eso podemos trabajar con clientes de cualquier parte del mundo, ya que no es necesario que residamos en el mismo lugar que ellos para hacer nuestro trabajo.

5. ¿Cómo es el proceso de trabajo de un traductor autónomo?

En mi caso, que seguramente coincide con el proceder de los demás traductores freelance, es el siguiente:

  • El cliente me envía por correo electrónico el documento que desea traducir, que puede estar en diferentes formatos: Word, Excel, PowerPoint, HTML, PDF, etc. En algunas ocasiones, sobre todo cuando se trata de documentos impresos (algo muy frecuente en las traducciones juradas) y el cliente no se lleva muy bien con las nuevas tecnologías, también puedo recibir el encargo por fax.
  • Si el cliente es nuevo, preparo un presupuesto que el cliente debe aprobar por escrito antes de empezar el trabajo. Si es un cliente habitual, directamente confirmo la aceptación del encargo. En esta fase es muy importante acordar aspectos como la fecha y la forma de entrega, el precio del trabajo y las condiciones de pago.
  • Una vez resueltas las formalidades anteriores, me pongo manos a la obra y traduzco, reviso y corrijo el texto. En caso de dudas, me pongo en contacto con el cliente para que no quede nada sin aclarar.
  • Una vez terminado el trabajo, le envío al cliente el texto traducido en formato digital por correo electrónico, o bien impreso en papel si se trata de una traducción jurada, que debe cumplir unos requisitos especiales.

6. ¿Todos los traductores traducimos libros?

Al contrario de lo que suele pensar la gente, la traducción literaria o editorial (novelas, ensayos, obras divulgativas o científicas, etc.) es una ínfima parte de todo lo que se traduce (y, además, está peor pagada que otros sectores). La mayoría de los traductores vivimos de traducir textos mucho más prosaicos, como contratos, manuales de instrucciones de aparatos varios, páginas web, informes financieros, material publicitario, etc. Los que se dedican a la traducción para editoriales suelen compaginarla con la traducción de textos no literarios. Para más información, leed mi entrada «El traductor, ese señor que traduce».

7. ¿Cómo nos relacionamos con los demás traductores?

Nuestro trabajo es solitario y realmente no hay necesidad de relacionarse con otros traductores para llevarlo a cabo. No obstante, es recomendable no aislarse del gremio. Yo diría que en general vemos a los otros traductores como colegas más que como competidores directos, y, de hecho, en las listas de distribución, las redes sociales y los blogs (que son los principales canales de comunicación entre traductores) nos prestamos ayuda unos a otros. Es importante relacionarse con los compañeros para estar al día de lo que se cuece en la profesión, para defender nuestro colectivo a través de las distintas asociaciones y para ayudarnos cuando tenemos dudas sobre cualquier tema, pero también para promocionarnos y hacer contactos que nos puedan dar trabajo. Pero no solo de internet vive el hombre: también socializamos en persona, en congresos, charlas, cursos, tertulias, cenas y demás actividades profesionales y lúdicas. Para más información, leed mi artículo «El traductor, ese animal (a)social».

8. ¿Hace falta ser licenciado en Traducción e Interpretación para ejercer de traductor?

No, al menos en España.

9. ¿Existe un colegio de traductores?

Tampoco, ni de traductores jurados ni de traductores no jurados, al menos en España.

10. Entonces, ¿cualquiera que sepa idiomas puede traducir?

Sí y no: cualquiera puede ofrecer servicios de traducción (a excepción de las traducciones juradas, que en España deben ser hechas por un traductor-intérprete jurado), pero luego hay que demostrar que eres un profesional competente que hace bien su trabajo. De lo contrario, los clientes huirán de ti rápidamente. La mala fama se extiende como la pólvora, más aún en la era 2.0.

11. ¿Qué requisitos debe reunir un buen traductor?

  • Obviamente, dominar uno o varios idiomas extranjeros.
  • Dominar y redactar a la perfección en el idioma de destino (nuestra lengua materna). Este requisito es fundamental, y para cumplirlo no basta con ser hablante nativo de un idioma; hay que manejarlo a la perfección, y esto incluye conocer a fondo las reglas ortográficas, gramaticales, de tipografía, de puntuación, etc.
  • Tener conocimientos de una materia especializada. Los traductores solemos especializarnos en cierto tipo de textos (técnicos, financieros, médicos, etc.), y para traducirlos correctamente no solo hay que entender la lengua en la que están escritos, sino también su contenido.
  • Dominar las herramientas informáticas fundamentales para nuestro trabajo (Microsoft Office, incluidos Word, Excel y Power Point; programas de traducción asistida por ordenador; recursos y fuentes de información en internet y en papel, etc.).

12. Pero ¿de verdad se puede vivir de la traducción?

Rotundamente SÍ: se puede sobrevivir, se puede vivir y se puede vivir muy bien, según lo buen traductor que uno sea y lo bien que sepa gestionar su negocio. Yo me dedico exclusivamente a la traducción desde que terminé la carrera, y como yo tantos otros traductores. Lo que pasa es que el común de los mortales apenas conoce nuestra profesión y es difícil imaginar que alguien pueda vivir de algo que no se conoce. Por eso, con esta entrada he querido acercar nuestro trabajo a aquellos que lo desconocen para que, a diferencia de lo que reza el nombre de este blog, cada vez estemos menos en la sombra.

Un caso práctico de feast or famine: crónica de un mes atareado

Martes, 20 de marzo. Empieza una jornada que se presenta como los últimos días: tranquila, demasiado tranquila. El trabajo escasea, pero a estas alturas del partido ya estoy lo suficientemente curtida en el campo de batalla traductoril como para saber que es algo normal, una racha pasajera. Hacia el medio día, sin embargo, recibo un correo electrónico que marcará el principio del fin de esa calma chicha: mi cliente más fiel, el que más trabajo me da, me anuncia que una empresa alemana cuyos manuales y demás documentación técnica llevo cuatro años traduciendo ha decidido por fin traducir su página web al español. Y es toda para mí, enterita. Un proyecto de casi 127 000 palabras en total, aunque con la inestimable ayuda de Trados y de la memoria de traducción del cliente, que se empeña en pretraducir y bloquear los segmentos que ya figuran en la memoria, el esfuerzo de trabajo se reduce a menos de la mitad. Estupendo. Con ese encargo ya tengo los dos próximos meses resueltos. Negocio un plazo de entrega razonable que me permita atender también a mis otros clientes, pero aun así voy a estar enfrascada en ese trabajo los últimos días de marzo y todo el mes de abril.

Miércoles, 21 de marzo. Me dispongo a empezar la traducción de la página web del cliente alemán, pero algo me detiene: otra gestora de proyectos de la misma agencia me anuncia que tiene a punto un folleto de un fondo de inversión. Unas 1750 palabras para traducir y unas dos horas para hacer un crosscheck del folleto completo en PDF. Como es un trabajo con el que estoy sumamente familiarizada, no supone ningún problema. Aun así, negocio un plazo de entrega un poco más amplio que el propuesto inicialmente.
La jornada sigue su curso y voy haciendo el trabajo previsto. Por la tarde recibo un correo de una agencia luxemburguesa con la que hace tiempo que no trabajo: necesita una traducción parcial del informe anual de otro fondo de inversión, unas 3000 palabras. Reviso la agenda. Bueno, puedo reubicar las tareas pendientes para hacerle un hueco, más aún teniendo en cuenta que hace mucho tiempo que no recibo encargos suyos y que es una buena agencia, seria, profesional, de esas que revisan tus traducciones, te envían las correcciones, contestan amablemente a tus preguntas y, además, pagan la palabra a xx (sí, dos dígitos) céntimos. Definitivamente, no me conviene rechazar el encargo.

Lunes, 26 de marzo. Empieza una nueva semana que, a diferencia de la anterior, se presenta la mar de animada. Además del trabajo previsto, recibo algunos encargos pequeñitos de un cliente nuevo: una empresa alemana del sector de la energía fotovoltaica con la que estoy encantada de trabajar. Además, mi segundo cliente más importante, ese que reúne las diez virtudes que describí en esta otra entrada, me informa de que hay un nuevo fondo de inversión cuyo folleto de venta necesitan traducir. Me lo enviará mañana. ¿No quería trabajo? Pues toma dos tazas.

Martes, 27 de marzo. Mi cliente me envía el folleto en cuestión: 39 páginas, aunque buena parte del texto es idéntica a otros folletos que ya he traducido, con lo que la carga de trabajo se reduce sustancialmente. Aun así, la envergadura del encargo es considerable, pero ni me planteo rechazar el trabajo. A este cliente no lo puedo dejar en la estacada de ninguna de las maneras. Después de hacer encaje de bolillos para cuadrar este encargo con el megaproyecto de traducción de la página web del cliente alemán y los demás trabajillos que han ido surgiendo, le propongo una fecha de entrega que por suerte le parece estupenda.

Miércoles, 28 de marzo. El mismo cliente de la página web me envía dos breves manuales de instrucciones para traducir (unas 500 palabras cada uno). Bueno, no es gran cosa, así que les hago un hueco.

Jueves, 29 de marzo. El mismo cliente de la página web me envía otros dos breves manuales de instrucciones para traducir (unas 400 palabras cada uno). La cosa se va poniendo interesante y empiezo a rezar para que no me llegue ningún otro proyecto irrechazable.

Viernes, 30 de marzo. Mi cliente perfecto me envía el folleto de otro fondo de inversión, pero no para traducir, sino para actualizar con nuevos cambios. Aun así, requerirá unas 4 o 5 horas de trabajo. La agenda empieza a pedir clemencia para no reventar, pero hago oídos sordos. A mi cliente perfecto no le puedo decir que no, así que miro, remiro, reorganizo y reubico las tareas pendientes y encajo este nuevo encargo como puedo. El encaje de bolillos se ha convertido en trabajo de chinos.

Lunes, 2 de abril. Hago balance de todo lo que me espera este mes: de momento, diez proyectos confirmados que me tendrán ocupada hasta mayo, una charla en Bilbao sobre redes sociales que todavía tengo que preparar y la incipiente recopilación del material necesario para una estudiante de último curso de Traducción e Interpretación que hará las prácticas preprofesionales conmigo a partir de junio, y todo ello procurando no hacer horas extras ni alargar la jornada laboral. Y por si fuera poco, una editorial me propone traducir un libro de 400 y pico páginas para julio, un proyecto novedoso para mí que, sin embargo, tendré que declinar. Desde luego, puede que el dinero llame al dinero, pero sin duda el trabajo llama al trabajo.

¿Cuánto ganas realmente?: el factor rentabilidad

Todos sabemos lo que cobramos por una traducción, pero ¿sabemos realmente si nos sale rentable? Cuando un cliente nos hace un encargo que vamos a facturar por palabras, tomamos siempre nota del número de palabras, la tarifa unitaria y el precio total, pero casi nunca registramos otro dato igualmente importante: el tiempo que le hemos dedicado a ese trabajo, factor que nos ayudará a determinar si nos ha salido rentable o no. Pongamos un ejemplo:

Tenemos dos trabajos: una traducción sencilla de 2000 palabras a 0,08 € por palabra y una traducción más compleja de la misma extensión a 0,12 € por palabra. A priori, este segundo proyecto es más suculento que el primero en términos económicos, pues nos reportará unos ingresos de 240 € frente a los 160 € de la traducción más fácil. Nos ponemos manos a la obra. Como el primer encargo no presenta ninguna dificultad, traducimos a buen ritmo y lo liquidamos en tan solo 5 horas. Así pues, en este caso habremos ganado 32 € por hora. En el segundo trabajo, sin embargo, vamos más despacio porque tenemos que hacer más búsquedas documentales, resolver más dudas y lidiar con problemas de formato, y al final necesitamos 8 horas para terminarlo. En este caso habremos ganado solo 30 € por hora. Conclusión: el trabajo que en un principio nos iba a reportar menos ganancias nos ha salido más rentable, es decir, hemos ganado más dinero por hora de trabajo.

Así pues, conviene calcular el tiempo que dedicamos a cada trabajo para determinar qué tipo de encargos nos salen más rentables y ajustar las tarifas en consecuencia. Una tarifa más alta no siempre conlleva unos mayores ingresos en relación con el tiempo invertido.