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Cómo se fija una tarifa

Tengo la impresión de que una buena parte de los profesionales del sector de la traducción fijan sus tarifas al tuntún o copiando o imitando las tarifas que fijan los demás. Es importante saber lo que cobran los compañeros por sus servicios, pero para establecer un precio adecuado que sea rentable debemos analizar detenidamente nuestras circunstancias personales. Para esa tarea, varios socios de Asetrad crearon hace ya un tiempo CalPro, una utilísima herramienta de cálculo en Excel que nos permite determinar cuánto debemos cobrar o saber cuánto estamos ganando realmente teniendo en cuenta tres factores fundamentales: nuestros gastos, las horas que trabajamos al año y nuestra productividad por hora. Así que si aún no le habéis echado un vistazo, os recomiendo que no tardéis más en hacerlo.

A la hora de fijar nuestras tarifas podemos seguir, por ejemplo, este procedimiento, que describo grosso modo:

1. Analizar exhaustivamente todos nuestros gastos profesionales y personales: cuota de la Seguridad Social, internet, teléfono, cuotas de asociaciones profesionales, gastos de nuestra página web, seguros, casa, coche, alimentación, ocio, etc. La suma de todos esos gastos es lo mínimo que necesitamos facturar (tras descontar impuestos y, preferiblemente, destinar una parte al ahorro) para cubrir los gastos de nuestra actividad y mantener nuestro nivel de vida. Supongamos que dicha cuantía asciende, incluyendo los impuestos y el ahorro, a 1500 € al mes, es decir, 18 000 € al año. También podemos fijarnos un objetivo de facturación, por ejemplo el doble de nuestros gastos: 36 000 € al año.

2. Calcular las horas que trabajamos anualmente, multiplicando el número de días que trabajamos al año (descontando fines de semana, vacaciones, días de baja por enfermedad o sin trabajo, festivos, etc.) por el número de horas que solemos trabajar al día. Supongamos que trabajamos de media ocho horas al día, 20 días al mes y 11 meses al año. En total son 1760 horas anuales. También podemos tomar como referencia las horas que nos gustaría trabajar, por ejemplo cinco horas al día, 15 días al mes y 10 meses al año (750 horas en total).

Si dividimos los gastos totales anuales (18 000 €) entre el número total de horas que trabajamos al año (1760 horas), obtendremos la tarifa por hora mínima que debemos cobrar para cubrir gastos, en este caso, 10,23 €. Si dividimos nuestro objetivo de facturación anual (36 000 €) entre ese número de horas, el resultado será el precio por hora que debemos cobrar para conseguir la facturación que queremos (20,45 €). Si dividimos los gastos totales anuales y el objetivo de facturación anual entre el número de horas que nos gustaría trabajar, obtendremos la tarifa por hora que debemos cobrar para ganar lo suficiente con ese horario de trabajo (24 € y 48 € respectivamente). Para calcular la tarifa por palabra debemos hacer otro cálculo más:

3. Calcular nuestra productividad en palabras por hora (que variará según el idioma y la materia) y dividir la tarifa por hora entre dicho número de palabras. Por ejemplo, si somos capaces de traducir 350 palabras por hora (listas para entregar), nuestro precio por palabra equivalente a nuestro precio por hora será de 0,029 €, 0,058 €, 0,069 € y 0,14 € respectivamente, en función de cuál sea nuestro objetivo de facturación y nuestro horario de trabajo.

Una vez hechos estos cálculos basados en datos reales, tendríamos que formularnos aún otras preguntas:

4. ¿Son estas tarifas realistas y competitivas? ¿Son (mucho) más altas o bajas que las tarifas habituales en el mercado? ¿Podría cobrar más? Para responder a estos interrogantes deberemos analizar a la competencia, saber qué ofrece y qué precios aplica.

Por favor, que nadie se confunda: las cifras aportadas en este artículo no son más que ejemplos que he utilizado para ilustrar los cálculos. La intención de lo que he escrito no es más que constatar que, antes de fijar una tarifa, es recomendable analizar detenidamente todos los factores mencionados para establecer un precio adecuado. Para todo lo demás, ya sabéis: CalPro. Vayan desde aquí mis agradecimientos a todos los colegas que diseñaron esa herramienta.

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Seis verdades sobre tarifas que no debemos olvidar

Lo confieso: al principio de mi carrera profesional cobraba tarifas modestas, de esas que indignarían a muchos profesionales. La razón es sencilla y de sobra conocida: tenía pocos gastos, creía que lo que cobraba era más que suficiente y lo que más me importaba en aquel momento de euforia por empezar a trabajar como traductora era conseguir encargos y clientes. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que por aquel camino no iba a ninguna parte (o, por lo menos, no hacia el lugar a donde yo quería ir), y ajusté mis tarifas al alza, a lo cual también contribuyó el hecho de independizarme y, por tanto, de tener más gastos. Ahora he llegado a un punto de mi carrera en el que ya no me interesa tener mucho trabajo, sino trabajar lo justo, sin prisa pero sin pausa, dedicándole a cada proyecto (en la medida de lo posible) el tiempo que requiere para ofrecer una buena calidad. Pero, claro, para eso es necesario cobrar unas tarifas en consecuencia.

No obstante, no es mi intención abrir el millonésimo debate sobre tarifas altas y bajas. Muchas veces nos centramos simplemente en si un precio es alto o bajo y olvidamos seis normas básicas:

1. El mercado, para bien o para mal, es libre. Cada uno puede cobrar lo que quiera; no tiene sentido que nos enfademos porque otra persona cobre menos que nosotros, pues siempre habrá gente que cobre menos (y también gente que cobre más). Podemos aconsejar a los compañeros, pero es absurdo tratar de imponerles lo que nosotros consideramos justo, porque las circunstancias de cada profesional y su concepto de justicia son diferentes en cada caso.

2. A la hora de calcular una tarifa debemos tener en cuenta todos y cada uno de los gastos de nuestra actividad profesional, así como los gastos personales, para determinar si se trata de una tarifa viable que nos permita mantener a flote nuestro negocio y vivir holgadamente. Para este menester no me cansaré de recomendar CalPro, una excelente herramienta de cálculo diseñada por socios de Asetrad.

3. Las tarifas que no nos permiten cubrir los gastos de nuestra actividad profesional y de nuestra vida personal (sean altas o bajas) son inviables a largo plazo por dos motivos:

  • tendremos que matarnos a trabajar si queremos ganar lo suficiente para cubrir esos gastos (y trabajar a destajo significa reducir tarde o temprano la calidad de nuestro trabajo);
  • si no lo hacemos, ganaremos demasiado poco para vivir de la traducción.

4. Las tarifas deben adecuarse a nuestras circunstancias personales (gastos), pero también a las características del trabajo y del cliente.

5. No hay que perder de vista que somos nosotros quienes establecemos o aceptamos las tarifas de nuestro trabajo, con lo cual no vale quejarse de que nos pagan poco. Si alguien no está satisfecho con lo que cobra, que haga todo lo posible por cambiar esa situación.

6. No olvidemos que todos hemos empezado desde abajo, y competir en precio es una forma como otra cualquiera de hacerse un hueco en el mercado, aunque a la larga es un callejón sin salida porque siempre habrá alguien dispuesto a trabajar por menos que tú y porque el trabajo de calidad es incompatible con el trabajo a destajo. Y, por otro lado, los profesionales asentados que están en una posición privilegiada deberían ser vistos como modelos a seguir y no como objeto de crítica por estar donde están y pensar como piensan. Si han llegado hasta ahí, por algo será; en este sector más que en ningún otro a nadie le regalan nada.

En resumen, no existe una tarifa perfecta, ni tarifas altas o bajas de por sí. Cada profesional debe cobrar por sus servicios el precio que considere adecuado en función de sus circunstancias (que deberá analizar minuciosamente) y de sus objetivos, y ser consecuente con la tarifa que fije.

¿Cuánto ganas realmente?: el factor rentabilidad

Todos sabemos lo que cobramos por una traducción, pero ¿sabemos realmente si nos sale rentable? Cuando un cliente nos hace un encargo que vamos a facturar por palabras, tomamos siempre nota del número de palabras, la tarifa unitaria y el precio total, pero casi nunca registramos otro dato igualmente importante: el tiempo que le hemos dedicado a ese trabajo, factor que nos ayudará a determinar si nos ha salido rentable o no. Pongamos un ejemplo:

Tenemos dos trabajos: una traducción sencilla de 2000 palabras a 0,08 € por palabra y una traducción más compleja de la misma extensión a 0,12 € por palabra. A priori, este segundo proyecto es más suculento que el primero en términos económicos, pues nos reportará unos ingresos de 240 € frente a los 160 € de la traducción más fácil. Nos ponemos manos a la obra. Como el primer encargo no presenta ninguna dificultad, traducimos a buen ritmo y lo liquidamos en tan solo 5 horas. Así pues, en este caso habremos ganado 32 € por hora. En el segundo trabajo, sin embargo, vamos más despacio porque tenemos que hacer más búsquedas documentales, resolver más dudas y lidiar con problemas de formato, y al final necesitamos 8 horas para terminarlo. En este caso habremos ganado solo 30 € por hora. Conclusión: el trabajo que en un principio nos iba a reportar menos ganancias nos ha salido más rentable, es decir, hemos ganado más dinero por hora de trabajo.

Así pues, conviene calcular el tiempo que dedicamos a cada trabajo para determinar qué tipo de encargos nos salen más rentables y ajustar las tarifas en consecuencia. Una tarifa más alta no siempre conlleva unos mayores ingresos en relación con el tiempo invertido.

La escuela de la vida: lecciones prácticas sobre el trabajo del traductor

Hace ya cinco años que metí la cabeza en el sector de la traducción. A algunos (los principiantes), ese tiempo les parecerá todo un récord; a otros (los veteranos), esos añitos les parecerán casi como si fueran cuatro días. En cualquier caso, es tiempo suficiente para haber aprendido unas cuantas lecciones sobre esta profesión. Algunas las he aprendido por mí misma, por mi propia experiencia; otras son el fruto de escuchar y leer a traductores mucho más experimentados que yo, de los que ahora comprendo cuánta razón tenían en sus argumentos. Muchas de esas enseñanzas ya las conocéis por algunos de mis artículos, pero me gustaría hacer una sinopsis:

Sobre los clientes

  • A la larga solo merece la pena trabajar con clientes buenos (o relativamente buenos). Un mal cliente no es un cliente, es un quebradero de cabeza.
  • Los mejores clientes, con honrosas excepciones, no suelen estar en España. Casualmente, los clientes que no regatean las tarifas, que no lo quieren todo para mañana, que te tratan de igual a igual, suelen ser también los más formales y fieles, capaces de amoldarse a tus plazos de entrega con tal de que tú les hagas el trabajo.
  • No tiene sentido ponerse barreras y limitarse a buscar clientes en el mercado local o nacional cuando nuestro mercado es el mundo entero.

Sobre las tarifas

  • Las tarifas bajas son una buena solución para conseguir clientes y trabajos más fácilmente como medida provisional con el fin de adquirir experiencia u obtener ingresos de urgencia, pero no son sostenibles a largo plazo. Solo hay dos desenlaces posibles: que nos matemos a trabajar para ganar un «sueldo» decente a fin de mes, lo que nos arrebata todo rastro de vida privada y nos acaba por desquiciar y hacer aborrecer nuestra profesión, o bien que nos muramos de hambre porque no ganamos lo suficiente para subsistir. Yo al principio también creía que cobrar poco no era tan malo y que eso no significaba hacer un peor trabajo, pero con el tiempo te das cuenta de que esa idea es equivocada.
  • Es absurdo indignarse por el hecho de que otros cobren o paguen tarifas irrisorias. Sí, a todos nos hierve la sangre cuando vemos ofertas de 2 céntimos por palabra, pero una vez pasado el sofocón y el desahogo, es mejor dedicarse a otros menesteres. No tiene sentido perder el tiempo y dedicar esfuerzos a hablar de denuncias, leyes, colegios de traductores, etc. como medida para combatir lo que no tiene arreglo posible, y menos en un mercado globalizado; es más fructífero dedicar nuestros esfuerzos a buscar nichos de mercado más interesantes, que los hay.
  • Los descuentos por volumen no tienen ninguna razón de ser. Si un cliente nos da tanto trabajo que prácticamente nos monopoliza y nos impide aceptar encargos de otros clientes, tendríamos que aplicar un recargo de exclusividad, no un descuento. Además, que un proyecto sea largo solo implica que nos llevará más tiempo terminarlo y que será más engorroso revisarlo, hacer correcciones si decidimos cambiar algo sobre la marcha, etc. Nuevamente, sería más lógico aplicar un recargo que un descuento.

Sobre los trabajos y la negociación con los clientes

  • Conviene seleccionar los trabajos y los clientes y no decirle a todo que sí. Tarde o temprano, eso nos conduciría a meter la pata hasta el corvejón, bien porque hayamos aceptado un plazo de entrega demasiado ajustado que no hemos podido cumplir; bien porque hayamos aceptado un trabajo para el que no estábamos suficientemente cualificados; bien porque el trabajo era un engorro o marrón, o bien porque hemos perdido tiempo o dinero con un trabajo mal pagado (o no pagado en absoluto). Más vale tener tiempo libre y dedicarlo a otras tareas (profesionales y personales) que estar empantanado con trabajos que nos aportan poco o nada y nos producen hartazgo y frustración.
  • Antes de aceptar un encargo de un cliente nuevo, hay que negociar y dejar bien claras las condiciones de pago. Y antes de aceptar cualquier encargo, sea de un cliente nuevo o recurrente, hay que dejar bien claras las instrucciones del trabajo y el plazo de entrega.
  • Es recomendable negociar las tarifas antes de hacer pruebas de traducción. No tiene sentido perder el tiempo con una prueba para que luego te digan que te pagarán 3 céntimos por palabra.
  • Salir unos minutos de la oficina o no estar todo el rato pendiente del correo electrónico no es el fin del mundo; en la mayoría de los casos, los clientes pueden esperar un poco.
  • El 99 % de los encargos superurgentes dejan de serlo en cuanto le hablas al cliente de un recargo por urgencia. Muchas veces, los plazos de entrega superurgentes pueden negociarse para acordar un plazo conveniente para todos.
  • No conviene salir corriendo de la oficina en cuanto entregamos un trabajo, porque puede haber problemas con la entrega (envío de archivos equivocados, dificultades para abrir el archivo, etc.), y es necesario que estemos ahí para solucionarlos cuanto antes.
  • Si no entiendes algo, pregunta; en la mayoría de los casos, el cliente estará dispuesto a ayudarte de mil amores.
  • Ninguna traducción es perfecta, y hay mil formas de decir las cosas. Hay traducciones malas, mediocres, buenas y excepcionales, pero todas son susceptibles de mejora en algún u otro aspecto. Somos humanos, nos equivocamos, cometemos errores, hay otras personas que tienen ideas mejores que las nuestras; debemos aprender a valorar las correcciones que enriquecen y mejoran nuestro trabajo.

Sobre la gestión de nuestro negocio

  • La facturación mensual de un traductor no equivale a sus beneficios o ingresos netos mensuales. Debemos descontar gastos profesionales, impuestos, etc., por lo que es muy importante planificar nuestras finanzas y ahorrar para las vacas flacas.
  • El ordenador y el mobiliario de oficina son las herramientas básicas de un traductor, por lo que conviene invertir en ellas.
  • Es recomendable no depender de un solo cliente. Que un cliente nos dé mucho trabajo periódicamente es una garantía y una tranquilidad a corto plazo, pero a la larga puede suponer el fin de nuestro negocio si ese cliente desaparece. Mejor poner los huevos en diferentes cestas y no en una sola.

Sobre los colegas

  • Internet está lleno de espacios virtuales en los que compartir nuestras experiencias con otros traductores, aprender de ellos y recabar su ayuda.

Sobre nosotros mismos

  • La mejor publicidad es el boca a boca. Conviene cuidar nuestra imagen profesional, incluso aunque estemos entre colegas, porque nunca se sabe dónde podemos encontrar un cliente.
  • Labrarse un porvenir requiere esfuerzo: de publicidad, de networking, de interacción con otros traductores, de escribir un blog, de mantener una página web… Hay que moverse y mantenerse activo.
  • Es imprescindible tomarse vacaciones de vez en cuando, y no pasa nada por estar desconectado una o dos semanas. Los clientes buenos seguirán estando ahí a la vuelta. Véase «Cerrado por vacaciones… más o menos».
  • Los traductores autónomos somos eso, autónomos, independientes, y esa es la mentalidad que debemos tener. Debemos asumir que nosotros somos los únicos dueños de nuestro trabajo, de nuestro negocio y de nuestras decisiones, y no tenemos por qué someternos a ningún «jefe» (cliente). Cada uno decide qué camino seguir; nadie nos obliga a autoexplotarnos, así que no vale quejarse. Véase «El traductor quejica».
  • Los traductores debemos reciclarnos y reinventarnos: mejorar nuestras competencias lingüísticas, actualizar nuestros conocimientos, explorar especialidades nuevas, aprender el manejo de nuevas herramientas informáticas. Quedarse parado demasiado tiempo supone quedarse fuera del mercado (o del mercado en el que nos gustaría estar).

Breves reflexiones sobre lo que los clientes pueden (o quieren) permitirse

El otro día me contaba un amigo y colega de profesión que una agencia del Reino Unido se había puesto en contacto con él para ofrecerle una traducción de carácter más o menos general por 0,06 € por palabra (no se sabe si de origen o de destino), dado que, al ser la primera colaboración de la agencia con el cliente final, el presupuesto no era muy generoso y ese precio era el máximo que el cliente se podía permitir (sic). El mensaje concluía preguntándole a mi amigo si podía aceptar esa tarifa para una primera colaboración. Al instante empezaron a brotar y bullir en mi mente varias ideas y reflexiones:

  • ¿Por qué el hecho de que sea una primera colaboración implica que el presupuesto sea poco generoso? No veo la relación. En mi opinión, que el cliente no quiera o no pueda pagar más es independiente del hecho de que sea la primera, la segunda o la enésima colaboración. ¿O es que acaso el cliente considera que debe pagar menos por el servicio porque, como nunca antes ha trabajado con la agencia, no tiene la garantía de que el resultado será bueno? Señor cliente, si eso es lo que piensa, sepa usted que el servicio y el esfuerzo necesario para llevarlo a cabo son los mismos siempre, por lo que es de recibo pagar el precio que corresponde y no andar racaneando por si las moscas. Es más, en todo caso habría que pedir una tarifa más alta, dado que al ser un cliente nuevo será preciso invertir más tiempo en organizar el método de trabajo, definir sus necesidades y preferencias y, en definitiva, acostumbrarse a él y sus encargos.
  • Por otro lado, si se trata de la primera colaboración del traductor con la agencia, ¿por qué este habría de hacerle el favor de rebajar (considerablemente) su tarifa para un primer encargo? Personalmente, yo haría eso por un buen cliente con quien lleve tiempo trabajando o, si acaso, por un proyecto apetecible que me interese aceptar, pero no por un encargo normal de un cliente desconocido que me prometa expresa o subliminalmente que habrá más trabajo en el futuro. A saber si en el futuro acepta mi tarifa completa o vuelve a pedir descuentos.
  • Dicho todo lo anterior, debo confesar que la parte del mensaje que más me gusta es que «ese es el máximo que el cliente se puede permitir». Pongamos un ejemplo peregrino, pero sumamente ilustrativo: si yo solo me puedo permitir gastar 8000 € en comprar un coche, ¿se me ocurre ir a un concesionario de Porsche con la esperanza de que, como es el primer coche que compro, me rebajen el precio para ajustarse a mis necesidades? Digo yo que será el cliente el que tendrá que ajustar su presupuesto a la oferta del mercado y no el mercado el que tiene que ajustarse a los cuartos de los que dispone el cliente. Y dado que hay traductores que trabajan por 0,06 € (e incluso menos), ¿por qué no recurrir directamente a ellos en vez de andar perdiendo el tiempo regateándole las tarifas a un traductor que cobra más? Además, siempre me ha parecido poco serio que el cliente establezca de entrada la tarifa que está dispuesto a pagar en vez de preguntar por las tarifas de varios traductores y escoger al que más le convenga en función de su presupuesto, o bien intentar negociar con el que más le interese para llegar a un acuerdo. Así es como funciona la cosa en el mundo normal: el proveedor pide un precio y el cliente decide si compra o no compra, o si intenta negociar para obtener una rebaja; en el mundo paralelo de los traductores, es el cliente el que dicta el precio que va a pagar y el proveedor tiene que decir si acepta o no acepta la oferta. Absurdo.
    Por otro lado, dice la agencia que 0,06 € por palabra es el precio máximo que el cliente se puede permitir. ¿Hemos de entender, pues, que la agencia no va a cobrar ningún suplemento por su intermediación? Porque si 0,06 € es lo que el cliente puede pagar y esa es la tarifa que se le va a pagar al traductor… Algo me hace sospechar que 0,06 € es en realidad lo que la agencia, y no el cliente final, se quiere permitir.

Ojo, no estoy entrando a valorar si la tarifa de marras es alta o baja; simplemente he querido plasmar una serie de reflexiones sobre el modo en que suele funcionar la negociación entre el traductor y el cliente (agencia) y sobre las prácticas que, por algún motivo que no alcanzo a comprender, se han instaurado en nuestro sector.