Archivo de la categoría: traducción

Breve reflexión sobre los peligros de los programas TAO

No cabe duda de que los programas de traducción asistida por ordenador (a los que ya les dediqué una entrada hace un par de años) tienen infinidad de ventajas para los que trabajamos con textos especializados muy repetitivos y parecidos. Ahora bien, estas útiles herramientas no están libres de peligros. Y es que cuando trabajamos con Trados, Déjà Vu, Wordfast o alguna aplicación informática similar, corremos el riesgo de:

  1. Tratar cada frase como un segmento independiente sin ver el conjunto del texto. Resultado: palabras repetidas hasta la saciedad que fácilmente podrían sustituirse por pronombres o sinónimos, frases separadas en plan telegrama que deberían haberse unido en una sola, o bien frases larguísimas que deberían haberse dividido en varias oraciones. Por eso es tan importante, una vez hecha la traducción, revisar el texto completo en español y pulirlo de manera que el resultado sea un escrito coherente y fluido, y no una sucesión de frases concatenadas sin ritmo. Por poner un ejemplo tonto e ilustrativo, hay una gran diferencia entre escribir Luis tiene un coche. El coche es nuevo. El coche es azul y escribir Luis tiene un coche nuevo que es azul.

  2. Encontrar incoherencias terminológicas y estilísticas en la memoria del cliente que acaben colándose en nuestra traducción. Cuando una misma memoria pasa por manos de diferentes traductores a lo largo del tiempo, no es raro que un mismo término aparezca traducido de diferentes maneras. Lo mismo sucede si en algún momento el cliente decidió cambiar la traducción de un vocablo y no actualizó la memoria debidamente. En estos casos debemos asegurarnos de ser coherentes en nuestra traducción y, si fuera necesario, consultar al cliente para que nos diga cuál de las opciones existentes debemos emplear.
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Los errores más comunes de un traductor

No son pocas las piedras en las que los traductores tropezamos tarde o temprano. Estas son las 15 más frecuentes:

  1. Creer que facturación es lo mismo que ganancia o beneficio.
  2. Calcular lo que uno puede ganar considerando constante el número de palabras que traduce al día y los días que trabaja al año, sin tener en cuenta que el flujo de trabajo es muy variable.
  3. Fijar una tarifa o determinar si una tarifa es rentable sin tener en cuenta los gastos, las horas trabajadas y la productividad por hora.
  4. Permitir que la mayor parte de la facturación dependa de uno o dos clientes.
  5. Pensar que la jornada del traductor consiste únicamente en traducir.
  6. Pensar que la cartera de clientes es inamovible y, una vez que has conseguido algunos, ya no necesitas buscar más.
  7. Limitarse a buscar clientes en el mercado local.
  8. Sentirse como un empleado asalariado sometido a un jefe (el cliente) en vez de como un profesional autónomo independiente.
  9. Creer que no es necesario estar en contacto con otros colegas.
  10. Escribir mensajes públicos con faltas de ortografía.
  11. No saber decir no.
  12. Aceptar trabajos por encima de tus capacidades o cualificación.
  13. No avisar a un cliente de posibles problemas en el proyecto o retrasos en la entrega.
  14. No cumplir un plazo de entrega.
  15. No preguntar dudas.

Y vosotros ¿en qué trampas habéis caído alguna vez?

Traducción e Interpretación: cuando la realidad académica choca con la realidad profesional

Ahora que tengo en prácticas a una estudiante de cuarto curso de Traducción e Interpretación de la Universidad de Alicante (cuyo trabajo podéis leer en su blog), vuelvo a ser consciente de lo mal planteada, diseñada y enfocada que está esta carrera. No quiero decir, ni mucho menos, que sea totalmente inútil; después de todo, sí te proporciona una formación básica que te sitúa en posición de ventaja respecto a aquellos que quieren ser traductores y no tienen esa formación, pero aun así hay mucho margen de mejora.

Desde que empecé las prácticas con Arantxa le he hablado de fiscalidad, de las listas de distribución, de la importancia de estar presente en internet, de cómo definir y vender sus servicios y fijar sus tarifas, del uso de Thunderbird, de los servidores FTP, de cómo agilizar y optimizar el uso de Windows y Word mediante atajos de teclado, del uso de Trados (Workbench), TagEditor y Xbench… En definitiva, de ingredientes que son el pan nuestro de cada día para cualquier traductor, sea autónomo o no, y que, misteriosamente, brillan por su ausencia en la licenciatura. Cuatro años de estudios universitarios tras los cuales tu única posibilidad de hacerte un hueco en el mercado y sobrevivir en él es aprender por tu cuenta todo aquello que deberían haberte enseñado en la carrera y no te han enseñado, como le pasa a Arantxa, como me pasó a mí y como les habrá pasado y les seguirá pasando a tantos otros licenciados. Y es que en la universidad intentan enseñarte a traducir, pero no te enseñan a ser traductor, que son dos cosas bien distintas.

Tengo la impresión de que eso se debe en parte a que todavía se tiene un concepto romántico de la traducción y aún se la considera una actividad embebida de un aire bohemio, místico, filosófico, y no una actividad económica profesional totalmente sumergida en el siglo XXI. A ello se suma, o de ello se deriva, todo un cúmulo de circunstancias: un plan de estudios diseñado por alguien o álguienes que seguramente no tengan ni la más remota idea de en qué consiste realmente nuestra profesión; un montón de asignaturas totalmente inútiles e irrelevantes para nuestro trabajo; un puñado de asignaturas que deberían ser útiles, pero que se quedan en nada porque quienes las imparten nunca han visto un traductor de cerca y no saben enfocarlas adecuadamente hacia nuestro trabajo; otras tantas asignaturas impartidas por traductores anclados en la época de la máquina de escribir; la falta de recursos y medios tecnológicos. La conjunción de esos factores hace posible que acabes la carrera sabiendo, por ejemplo, qué lingüista ideó la teoría de valencias, pero que no tengas ni las más mínimas nociones de ortotipografía, que no sepas cómo hacer una factura o cuáles son tus obligaciones fiscales o que desconozcas los entresijos y secretos de la máquina que te va a dar de comer: el ordenador. Tomando prestada una acertada analogía de mi alumna en prácticas, ¿os imagináis, por ejemplo, un fotógrafo que no conozca más que las funciones básicas de su cámara? Por no hablar de las leyendas urbanas que anidan, en ocasiones alimentadas por los propios profesores, en las tiernas e impresionables cabecitas de los estudiantes: que si de la traducción no se puede vivir; que si uno está capacitado para hacer traducciones inversas y es perfectamente normal (e incluso impepinable) hacerlas en el ejercicio profesional, etc. Y las prácticas preprofesionales no ayudan a desfacer el entuerto, porque muchos de los destinos que se ofrecen tienen tanto que ver con la traducción como un huevo con una castaña.

Creo firmemente que la misión de la universidad, sobre todo en una carrera tan eminentemente práctica como Traducción, debería ser formar profesionales que estén preparados y capacitados para empezar a ejercer su trabajo en la vida real. Al fin y al cabo, la carrera se llama Traducción e Interpretación*, por lo que de ahí deberían salir traductores e intérpretes, no teóricos de la lengua, ni lingüistas, ni profesores de idiomas, aunque esas también puedan ser otras salidas. Pero para ello, entre otras cosas, habrá que contar en las aulas con profesores cuya relación con la traducción vaya más allá del último libro traducido que han leído.

Sé que hablo en general y que no se puede generalizar. Sé también que hay muchos profesores universitarios muy competentes, que se preocupan por sus alumnos y que tratan de formarlos para lo que se van a encontrar ahí fuera cuando se licencien. Yo misma conozco a unos cuantos y fui alumna de otros tantos profesores así, y gracias a ellos, en parte, estoy aquí tantos años después. A todos ellos, gracias. Y a todos los alumnos que andan perdidos, ánimo.

* El misterio de por qué se han metido en el mismo saco dos disciplinas tan dispares, aunque sean hermanas, es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

¡Estoy nominada!

Acabo de enterarme por casualidad de que este blog está nominado al Top 100 Language Lovers 2012. Es todo un honor que hayan seleccionado mi bitácora para la fase de votación de entre las 935 nominaciones recibidas, junto con blogs tan veteranos como Algo más que traducir o La paradoja de Chomsky. ¡Gracias a todos los que lo habéis hecho posible! El concurso ya ha entrado en la fase de votación, así que si queréis, podéis votar por este blog aquí.

Actualización 31/5/2012

Finalmente, mi blog no ha quedado entre los 25 mejores, pero felicito de corazón a aquellos compañeros que sí lo han conseguido. ¡Os lo merecéis! Aquí está la lista definitiva.

Cuando el revisor, en vez de corregir, destroza

No hay mejor complemento para un traductor que un buen revisor, ese ser que perfecciona y ratifica la buena calidad de una traducción bien hecha o que enmienda las meteduras de pata de las traducciones mal hechas. No hay mejor garantía de calidad que pasar un texto por las manos de dos profesionales cualificados: uno que trasvasa la información de un idioma a otro y otro avezado en la detección de incorrecciones y ducho en el arte de pulir traducciones ajenas.

Trabajar con un buen revisor es un placer y una de las mejores formas de aprender y de mejorar la calidad de nuestras traducciones. De igual manera, que te toque lidiar con un mal revisor o, peor aún, con un revisor cuyos conocimientos son inferiores a los tuyos, es una de las peores torturas de la humanidad. Que destrocen tu traducción y, además, tengas que justificar por qué los cambios del revisor son incorrectos es una situación que puede desesperar hasta al más templado.

A lo largo de mis seis años de carrera profesional, yo misma he ejercido de revisora en muchas ocasiones, unas veces con más acierto que otras. Asimismo, he tropezado con revisores de todo tipo: revisores excelentes que realmente se dedican a corregir errores y mejorar el resultado final; revisores buenos, pero con el molesto defecto de hacer todo tipo de cambios insustanciales que en nada alteran la traducción (por ejemplo, sustituir no obstante por sin embargo), y revisores desquiciantes que, lejos de mejorar la traducción, la empeoran. El peor de los casos se da cuando un revisor demuestra claramente que no está capacitado para realizar ese trabajo, y a este respecto tengo una anécdota que perdura en mi memoria aun después de mucho tiempo.

Hace varios años, pocos meses antes de terminar la carrera, una empresa de comunicación española se puso en contacto conmigo y me propuso hacer una prueba de traducción de castellano a catalán como antesala para futuras colaboraciones. Como soy prácticamente bilingüe en catalán (valenciano) y la empresa era uno de mis primeros clientes potenciales, acepté encantada. Hice la prueba, que consistía en traducir un breve artículo de prensa, y la envié. Al cabo de unas semanas, tras preguntarles por la prueba, me comunicaron los resultados. Cuál fue mi sorpresa cuando leí esto:

En general, bien.

[…]

No obstante, llama muchísimo la atención el uso de la palabra “hui” como traducción de “hoy”. Diccionario en mano, esta palabra significa, efectivamente, ‘hoy’, aunque se trata de un dialectalismo anticuado, sin que haya absolutamente nada que justifique su uso. En mi opinión, este error desvirtúa toda la traducción. … Quizá se trate simplemente de un error y el traductor quería escribir “avui” (que sería lo correcto).

Me quedé de pasta de boniato. ¿Que hui es un dialectalismo anticuado injustificado? ¿Que lo correcto es avui? ¿Que has tenido que mirarlo en un diccionario? Para que os hagáis una idea, eso es como decirle a un argentino que, diccionario en mano, el vos existe, pero que se trata de un uso anticuado sin justificación a día de hoy, y que lo correcto es decir . Cualquiera que realmente sepa catalán/valenciano o viva en la Comunidad Valenciana sabrá que hui es el adverbio que se utiliza por estos lares para decir hoy, si bien en Cataluña se dice avui. No hay más que echarle un vistazo, por ejemplo, a Canal 9, la televisión autonómica valenciana. Curioso arcaísmo aquel que se utiliza hoy en día en los medios de comunicación… Así pues, el revisor se puso doblemente en evidencia: por un lado, por no saber que hui es un adverbio de uso corriente en valenciano; por otro lado, por haber tenido que recurrir al diccionario para buscarlo, cuando cualquiera que realmente sepa catalán conoce o debería conocer esa palabra. Por aquel entonces yo era demasiado pardilla para replicar y lo dejé correr, pero hoy no lo haría.

En definitiva, mi conclusión basada en la experiencia es que hay que tener paciencia y diplomacia con los malos revisores y agradecer infinitamente el trabajo de los buenos revisores, que son uno de los mejores regalos y una de las mejores fuentes de aprendizaje para un traductor.

El traductor, ese señor que traduce

Cuando le digo a alguien ajeno al mundo de la traducción que soy traductora, su primera reacción es: «¿Y qué traduces? ¿Libros?». Eso suponiendo que sepa más o menos de qué va el tema, porque hay personas que directamente no conciben que alguien pueda ganarse la vida siendo traductor, y suelen pensar, supongo, que me dedico a esto para pasar el rato mientras busco un trabajo «serio», con un contrato (aunque sea precario) y un sueldo fijo (aunque sea mísero) a fin de mes. Esta entrada va dirigida a todas esas personas que no saben muy bien a qué se dedica un traductor y cómo puede ganar dinero «con eso de las traducciones».

Un traductor es ese señor…

  • … que ha traducido el manual de instrucciones que estás leyendo porque no sabes cómo funciona la lavadora.
  • … que ha traducido las aplicaciones que vas a utilizar en el iPhone de última generación que te acabas de comprar.
  • … que ha traducido o subtitulado esa película extranjera con tan buena crítica que todo el mundo quiere ver.
  • … que ha traducido la novela de la que todo el mundo habla últimamente.
  • … que ha traducido los textos de pantalla y la documentación del sistema operativo que ahora mismo estás utilizando.
  • … que ha traducido la página web de esa empresa extranjera en la que has comprado algo.
  • … que ha traducido el folleto de ese fondo de inversión en el que estás pensando invertir.
  • … que ha traducido el último videojuego de moda de la PlayStation.
  • … que ha traducido el material publicitario del coche que te quieres comprar.
  • … que ha traducido tus certificados académicos para que te convaliden los estudios en otro país.
  • … que ha traducido ese artículo tan interesante que leíste en una revista científica.
  • … que ha traducido la guía turística que te vas a llevar a tu próximo viaje.
  • … que ha traducido el catálogo de muebles que estás hojeando.
  • … que ha traducido el prospecto del medicamento que te acabas de tomar, o incluso el ensayo clínico en el que se probó.

Y así podría continuar hasta el infinito, porque las traducciones están tan presentes en nuestra vida como la electricidad. En ambos casos, sin embargo, solo nos percatamos de su existencia precisamente cuando nos faltan. Pensad en todo lo que se traduce y en que nos pagan por traducirlo y entenderéis por qué esto es una profesión seria de la que se puede vivir y no una afición para no aburrirse que cualquiera puede hacer. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

La revisión: el yang de la traducción

La traducción y la revisión son como el yin y el yang: dos fases fundamentales de nuestro trabajo que se complementan y que están indisolublemente ligadas entre sí, pues no es posible hacer una buena traducción si no la revisamos y aplicamos ciertos controles de calidad antes de entregarla. Por muy buenos traductores que seamos, no dejamos de ser humanos, y como tales nos equivocamos y cometemos errores de todo tipo: gramaticales, tipográficos, de comprensión del texto original, de expresión en la lengua de llegada… Por eso es tan importante revisar, releer, enmendar, retocar y pulir las traducciones antes de que lleguen a manos del cliente.

En mi caso, cuando hago una traducción, intento que sea buena desde el primer momento para luego tener que corregir lo menos posible. Sin embargo, cuando el texto es complejo, es inevitable que surjan dudas que me obliguen a hacer primero una «versión en sucio» de la traducción que más tarde tendré que pulir. Normalmente resuelvo las dudas sobre la marcha haciendo una breve búsqueda documental, pero si en algún momento me atasco porque no consigo encontrar una solución satisfactoria y la búsqueda se alarga demasiado, adopto una solución temporal, anoto la duda y sigo adelante. Posteriormente, al final de la jornada o en la fase de revisión, resuelvo todas las dudas pendientes que se hayan acumulado.

Una vez concluida la traducción y resueltas las dudas, llega la fase de revisión. Personalmente, me parece un trabajo más tedioso que el de traducción, pero a la vez irrenunciable para conseguir un buen resultado final. Yo sigo tres pasos:

1. Revisión del contenido: En esta etapa comparo cada frase de la traducción con el texto original para comprobar si lo he traducido todo, si el texto está correctamente traducido y si he utilizado la terminología adecuada. También me aseguro de que el formato de la traducción coincida con el original (negritas, cursivas, división en párrafos, etc.) y de que los números, las fechas, los nombres propios y otros datos clave estén bien escritos.

2. Revisión de la forma: En esta fase releo únicamente el texto final (la traducción) para asegurarme de que suene natural y fluido y de que el estilo utilizado sea adecuado, así como para detectar posibles errores tipográficos, ortográficos, gramaticales, de puntuación, de coherencia, etc.

3. Últimas comprobaciones: Antes de dar por terminada la traducción hago una serie de controles finales:

  • Analizar la traducción con Xbench: Xbench es una herramienta desarrollada por la empresa de traducción ApSIC que nos permite comprobar, entre otras cosas, si hemos dejado segmentos sin traducir, si hay traducciones divergentes de un mismo segmento, si hay cifras que no coinciden, si se ha utilizado una terminología incorrecta, etc. Para ello es necesario que la traducción se haya hecho utilizando un programa de traducción asistida, de forma que Xbench pueda analizar el archivo bilingüe.
  • Revisar los términos y aspectos más conflictivos del texto para asegurarme de que he utilizado la opción que se ajusta a la terminología y las preferencias del cliente (por ejemplo, en caso de que prefiera las comillas inglesas a las comillas latinas, de que le guste más sólo que solo o de que quiera traducir Ausgabeaufschlag como prima de suscripción en vez de comisión de suscripción). Para ello, si trabajamos con Word, también podemos personalizar las opciones de autocorrección, de forma que si tenemos un lapsus y escribimos, por ejemplo, comisión de suscripción, lo sustituya automáticamente por prima de suscripción.
  • Comprobar si hay dobles espacios, espacios antes de punto, coma, punto y coma, dos puntos, paréntesis, barras, etc. o signos de puntuación duplicados (dos comas seguidas, etc.). Para ello podemos utilizar también las opciones de autocorrección de Word.
  • Y, por supuesto, ¡pasar el corrector ortográfico!

Consejos útiles

  • Es recomendable dejar «reposar» la traducción antes de revisarla para poder verla con otros ojos, con una mirada fresca y diferente. Por ello, lo ideal (si tenemos tiempo suficiente, claro está) es empezar la revisión uno o dos días después de haber terminado la primera versión de la traducción.
  • Algunos traductores prefieren hacer la revisión en papel, porque en este soporte se suelen detectar fallos que en la pantalla del ordenador pasan desapercibidos. Además, los ojos se cansan menos. Me parece un método práctico para textos cortos, pero para traducciones largas es, en mi opinión, un gasto innecesario de papel y tinta.
  • Recomiendo utilizar siempre programas de traducción asistida. Para mí son imprescindibles por el tipo de textos que traduzco (repetitivos, con muchas frases idénticas o parecidas y términos especializados), pero también pueden resultar útiles para los documentos que no reúnen esas características, pues los programas TAO no solo nos ayudan a mantener la coherencia, sino que también facilitan la revisión al permitir cotejar cada frase del original con su traducción de un solo vistazo.
  • Si el documento no es muy largo, hago la revisión una vez traducido el texto entero. En cambio, si se trata de una traducción larga, traduzco y reviso por partes (por ejemplo, cada cierto número de apartados o de páginas) para evitar que la fase de revisión se haga demasiado pesada, lo que podría propiciar que no la hiciera con la debida minuciosidad y diligencia.

En cualquier caso, por mucho empeño que pongamos en revisar nuestras traducciones, es inevitable que tarde o temprano se nos escape algún error más o menos grave que llegue a manos del cliente. En ese caso, lo mejor es asumirlo con profesionalidad y humildad. Si el cliente se da cuenta, lo más probable es que nos pida que lo corrijamos y, como mucho, que nos dé un pequeño tirón de orejas. En el peor de los casos, ese error podría granjearnos el descontento del cliente y que este decidiera no volver a contratar nuestros servicios. Estar preparados para esa situación y asumirla con naturalidad también forma parte de nuestro trabajo. Y es que ni siquiera los traductores somos perfectos.