Traducción, colegueo y frío en Málaga

Tren. Viaje de tres horas en solitario acompañada de mi MP3. Comida rápida sin soltar la tableta. Espera en Atocha. Aida González llega la primera con una sonrisa de oreja a oreja; por fin nos conocemos. Sigue el goteo de caras nuevas y otras ya conocidas que integran la delegación de Madrid. Trayecto de dos horas y media en el AVE. Conversación, palique, cháchara, chascarrillos, ositos de goma, festival de risas, intercambio de asientos, ir y venir de traductores de un vagón a otro. Los demás pasajeros nos miran con odio por perturbar la paz de su viaje. Llegada a Málaga. Me acoplo a Olga Muñoz para ir a nuestro hotel. Damos una vuelta tonta antes de descubrir que se podía entrar al hotel desde la propia estación. Check-in (espero que sepáis perdonarme el anglicismo) en el hotel Barceló Málaga. Decoración fashion pop, habitación superguay osea, algunas dificultades tecnológicas. Cambio de atuendo. Peregrinación hasta el centro en buena compañía (Eleonora Montanari, Patricia Lluberas, Virginia Munilla, Marta Lozano…) y resistiendo el frío helador del Mediterráneo. Calle Larios decorada con un alumbrado cegador, gente por doquier, Álex Ubago cantando en directo. Precóctel en petit comité con vino, mosto, caldito caliente, croquetas y buñuelos de bacalao en una pequeña taberna. Charla sobre nuestra vida personal, cosméticos, Fassbender. Llegan caras nuevas (Jota, Pedro Cano…) y otras que hacía tiempo que no veía (como la siempre sonriente Maya Busqué). Cóctel y relaciones sociales en Il Laboratorio. Como poco y bebo aún menos, pero me río a mandíbula batiente con las anécdotas profesionales de cierta intérprete. Por fin tengo la oportunidad de saludar a gente que llevaba tiempo queriendo desvirtualizar, como Curri Barceló, Eugenia Arrés, Nieves Gamonal, Iris Baeza, Ismael Pardo, Eva María Martínez. Qué pena que no me diera tiempo a hablar más con ellos durante el fin de semana. Aida se queda afónica y se tiene que comunicar por señas y por escrito. Retirada temprana. Comparto taxi con Olga, como en los días sucesivos. Me acuesto feliz.

Amanezco a las 7:30. Ducha y desayuno solitario. Taxi con Olga hasta el Centro Cívico de la Diputación provincial. Más frío, más palique, más risas. Más gente, sobre todo mi querido grupito cordobés: José María Izquierdo, Ana Ibáñez, Carmen Barcos, María Luisa Rodríguez. Mi felicidad se acaba de duplicar, aunque no lo creía posible. Y más caras nuevas: Ricard Sierra e Irene Vidal, entre otros. Empiezan las charlas (tenéis un magnífico resumen aquí, aquí y aquí). Cabe destacar: las hilarantes erratas presentadas por Juanjo Arevalillo para hablar de la importancia de la colaboración entre traductores y correctores; el entusiasmo de Elena Fernández en su exposición sobre LinkedIn; los interesantes entresijos de la interpretación audiovisual de la mano de Lluis Cavallé y de la localización de videojuegos de la mano de Curri Barceló; la locuacidad, el desparpajo y el salero, cualidades por lo general impropias de un abogado, de Celia Rueda al hablar de un tema a priori tan poco ameno como la protección de datos; los consejos siempre útiles y acertados de Xosé Castro aderezados con su peculiar e inimitable sentido del humor y don de la palabra. En medio, comida de barracón, networking, más palique, más risas (sí, aún más). Retirada al hotel, cambio de atuendo y desplazamiento al centro. No encontramos sitio para cenar con los demás compañeros en El Gato con Botas (¿o es en singular?). Olga, Esther, Lidia, Paola, Maya, Jota, Xosé y yo acabamos en una mesita en el rincón más frío (junto a la puerta abierta) de la bodega El Pimpi. Se nos une Gary Smith. Tostas, croquetas, fritura variada, jamón, queso, huevos rotos y volcanes de chocolate en forma de mousse en vez de en forma de coulant. Al terminar, nos reunificamos para ir en busca de algún lugar (entiéndase ‘pub’) que esté a la altura de la marcha que llevamos en el cuerpo. Sobre lo que allí aconteció no diré nada; mejor corramos un tupido velo sobre esos momentos de desmelene al ritmo de Raffaella Carrà, El Fary y Las Grecas. Retirada tardía. Despedidas tristes en la puerta del bar. Me acuesto feliz al cuadrado. ¿Los traductores somos tan majos como parece o es solo cosa mía?

Amanezco, sorprendentemente, a las 9:00. Ducha y desayuno solitario. Espera en la estación. Llega Alberto Fernández y después, Aida. Javi Mallo y Rocío Orovengua aparecen a tiempo por los pelos. Trayecto de dos horas y media en el AVE. Conversación, palique, cháchara, chascarrillos, Filipinos de chocolate blanco, risas, fotos, WhatsApp, alguna que otra cabezadita. Llegada a Madrid. Despedidas tristes, pero por poco tiempo: la cena navideña de Asetrad está a la vuelta de la esquina. Espera en Atocha. Tren. Viaje de tres horas en solitario acompañada de mi MP3. Y una extasiante sensación de euforia y el convencimiento absoluto de que formo parte del gremio profesional más sociable, abierto y activo que uno pueda imaginar. Gracias a toda la gente nueva que conocí, a todos los viejos conocidos que volví a ver, a todos aquellos con los que hablé mucho o poco, a aquellos que compartieron su tiempo, su sabiduría, su conversación y su sonrisa conmigo, los haya mencionado o no en esta crónica. Gracias por todo, #ETIM12.

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El inquietante caso de los resúmenes de episodio

Ya lo he comentado en Twitter, pero no puedo resistir la tentación de dejar constancia fotográfica y bloguera de semejante patinazo traductivo.

Martes, 19:37. Me dispongo a disfrutar de un rato de ocio viendo un par de capítulos de la serie Sexo en Nueva York. Introduzco el disco en el reproductor de DVD, selecciono «ESPAÑOL» como idioma y espero a que aparezca el menú principal tras el infumable aviso legal sobre el copyright (quien lo tradujo o redactó se quedó bien a gusto). Abro el menú de opciones de audio para cambiar el idioma (por supuesto, como traductora que soy, tengo la obligación moral de ver las películas en versión original). Selecciono la opción «inglés» y reparo en que debajo de la lista de idiomas, encima de «menú principal», aparece la opción «resumen del episodio».

resumen del episodio

Qué raro. ¿Qué pinta ahí un resumen del capítulo? ¿Y de qué capítulo es el resumen, si no he seleccionado ninguno? Elijo esa opción pensando que aparecerá algún tipo de sinopsis del argumento, pero no: lo que pasa es que comienza el primero de los capítulos. Mmm, mi mente empieza a elucubrar. No, no puede ser. No puede ser que en inglés ponga «resume episode» y hayan caído en la trampa de traducir resume por resumen. Vale, sí, todos cometemos errores, pero eso es una metedura de gamba monumental. Saco el DVD y lo vuelvo a meter. Esta vez escojo «ENGLISH» como idioma del disco. Abro el menú de opciones de audio y ¡voilà! Ahí está: «resume episode», con todas las letras, brillante y hermoso.

resume episode

No puedo evitar pensar que quizá lo hayan traducido con el traductor automático de Google, pero lo cierto es que hasta una máquina lo habría traducido mejor: http://translate.google.com/?hl=es#en/es/resume%20episode

Reflexiones sobre el éxito profesional y otras divagaciones filosóficas

Hace poco terminé de leerme un libro harto recomendable para todos aquellos que no estén a gusto con su trabajo o quieran darle un giro a su carrera profesional: Cómo encontrar un trabajo satisfactorio, de Roman Krznaric. El libro llegó a mis manos a través de otra persona y, después de echarle un vistazo al primer capítulo, que narra la historia de tres personas que en algún momento de su vida cambiaron radicalmente su trayectoria laboral en busca de una mayor satisfacción y realización profesionales, determiné que era lo suficientemente breve, ameno, inspirador e interesante como para seguir leyendo, aunque más por mera curiosidad que porque esté pensando en cambiar de profesión. Según su autor, los pilares de un trabajo satisfactorio son tres: sentido, flujo y libertad. Es decir, si tenemos un trabajo que para nosotros tiene sentido (porque nos proporciona dinero o estatus, o bien nos permite dejar huella o poner en práctica nuestros intereses y aptitudes), que nos hace estar en flujo (es decir, que nos absorbe, nos abstrae y nos hace perder la noción del tiempo cuando lo desempeñamos por estar totalmente inmersos en él) y que nos permite cierto grado de libertad, autonomía y flexibilidad, es muy probable que nos sintamos realizados y a gusto con esa actividad laboral. La consecuencia inevitable de leer todo eso es que acabé preguntándome si yo me sentía así con mi trabajo.

Después de analizar todos los factores mencionados en relación con mi vida profesional, llegué a la conclusión de que puedo considerarme una auténtica privilegiada: tengo un trabajo relativamente bien remunerado y respetado hasta cierto punto, que es útil y necesario para la sociedad y que está directamente relacionado con mi formación académica, mis gustos y mis habilidades; trabajo en lo que he elegido y se me da bien, y tengo la suerte de poder vivir de ello. Yo no diría que traducir es mi pasión —creo que hoy en día se utiliza el término pasión con demasiada ligereza—, pero sí disfruto con ello, me estimula la mente y siempre aprendo cosas nuevas, aunque unos textos se prestan más al goce que otros, lógicamente. Y, por último, el hecho de ser autónoma me proporciona la máxima libertad e independencia que un trabajador puede tener: trabajar como y donde quiera. Así que sí: creo que mi trabajo es bastante satisfactorio, aunque eso no significa que sea la única actividad laboral con la que me sentiría a gusto ni excluye la posibilidad de que en algún momento me apetezca cambiar de profesión.

Pues bien, toda esa reflexión me condujo a la pregunta clave: ¿es ese el camino del éxito profesional? ¿Cuándo se considera que un traductor tiene éxito? Existe una tendencia inevitable a creer que el éxito de un traductor consiste en cobrar tarifas cada vez más altas y tener clientes cada vez mejores, y que ese debería ser el objetivo de todos nosotros. Y en parte es cierto; yo misma he hablado de eso en numerosas ocasiones. Pero los ingredientes que conforman el éxito de un traductor son, en mi opinión, muchos más: no ser un esclavo del trabajo y poder vivir cómodamente trabajando solo las horas justas; contar con el respeto de tus compañeros de profesión y el agradecimiento de tus clientes; ser un verdadero entendido en tu ámbito de especialidad; no dejar de aprender, de evolucionar y desarrollarse; ejercer tu trabajo con dedicación y esmero; disfrutar con lo que haces. El dinero y el prestigio son solamente dos componentes de esa ecuación, y quizá ni siquiera los más relevantes ni satisfactorios. Después de todo, lo realmente importante, lo que realmente te llena, es estar a gusto con lo que haces, orgulloso de ello y sentir que el trabajo no es un mal necesario, sino una parcela irrenunciable de tu vida con la que, además de ganarte las habichuelas, te desarrollas como persona. Ese es el auténtico éxito profesional.

Cuenta atrás para el #ETIM12

Inscripción: Confirmada
Billetes de tren: Comprados
Hotel: Reservado
Días que faltan para el acontecimiento: 32
Ganas de pasarlo bien: Nivel óptimo

En un principio no pensaba asistir, pero enterarme de que acudirá lo más granado de la profesión hizo que cambiara de opinión rápidamente. No podía perderme un sarao de tal magnitud. ¡Nos vemos el 1 de diciembre en el III Encuentro de Traductores e Intérpretes Profesionales en Málaga!

Adiós, vacaciones; hola, rutina

Vuelta a la vida cotidiana después de casi un mes de desconexión total. Ya sabéis (y si no lo sabéis, leed esta entrada de hace más de un año) que yo no concibo unas vacaciones al pie del cañón, por lo que una vez más decidí dejar aparcada durante unas semanas mi vida laboral y todas las tareas consustanciales (correo, redes sociales, teléfono) para dedicarme en cuerpo y alma, sin remordimientos ni preocupaciones, al noble arte de descansar, recargar las pilas y, sobre todo, viajar, mi auténtica pasión.

Lo malo de unas vacaciones largas y totalmente ajenas a tu rutina diaria es, precisamente, que volver a esa rutina cuesta un poco más: cuantos más días pasamos fuera de casa sin recordar que somos traductores, sin mirar el correo y sin mantenernos al tanto de lo que se cuece en la profesión, más difícil se hace volver a sentarse frente al ordenador, revisar todos los mensajes que nos han ido llegando en nuestra ausencia y ponerse al día de todo lo que nos hemos perdido mientras estábamos off. Sin embargo, considero esa «alienación» un requisito imprescindible para descansar y reponer de verdad la mente y el cuerpo, aunque ello pueda suponer perder clientes, encargos o información. En mi opinión, es el peaje que hay que pagar para mantener una vida personal y laboral equilibrada y satisfactoria, una mente cuerda y un cuerpo sano, y no significa en absoluto (como algunos pueden pensar) que seas un mal profesional o un traductor pasota al que no le importan sus clientes y su trabajo. Simplemente, cada cosa tiene su momento y su lugar, aunque reconozco que no todo el mundo puede permitirse ese «lujo» o plantearse el trabajo y las vacaciones de la misma forma que yo.

Para que la vuelta a la realidad sea más llevadera, en especial si hay un viaje de por medio, antes de incorporarme plenamente al trabajo después de un periodo vacacional, dedico los dos últimos días de descanso a ir retomando el ritmo habitual: me levanto más o menos a la hora acostumbrada, enciendo el ordenador y dedico un rato a echarle un vistazo al correo, las redes sociales, los blogs, la prensa, etc., para no morir de una avalancha digital el primer día de trabajo. Y ese primer día laborable hago la puesta a punto definitiva:

  • Desactivo la respuesta automática de vacaciones del correo electrónico.
  • Reviso el correo y hago limpieza de los mensajes que he recibido mientras estaba de vacaciones. Contesto a todos aquellos que requieran respuesta por orden de prioridad y urgencia.
  • Envío un mensaje colectivo a todos mis clientes para hacerles saber que ya estoy de vuelta y disponible para nuevos encargos.
  • Reactivo la recepción de mensajes de las listas de correo, que suelo desactivar antes de irme de vacaciones para que no se me acumule una cantidad ingente de mensajes (que probablemente acabe no leyendo) en mi ausencia.
  • Retomo la actividad en las redes sociales y me pongo al día en la medida de lo posible.
  • Publico una entrada en el blog para que mis lectores sepan que sigo ahí. 🙂

Y a vosotros, ¿os cuesta volver a la vida cotidiana después de las vacaciones?

Los errores más comunes de un traductor

No son pocas las piedras en las que los traductores tropezamos tarde o temprano. Estas son las 15 más frecuentes:

  1. Creer que facturación es lo mismo que ganancia o beneficio.
  2. Calcular lo que uno puede ganar considerando constante el número de palabras que traduce al día y los días que trabaja al año, sin tener en cuenta que el flujo de trabajo es muy variable.
  3. Fijar una tarifa o determinar si una tarifa es rentable sin tener en cuenta los gastos, las horas trabajadas y la productividad por hora.
  4. Permitir que la mayor parte de la facturación dependa de uno o dos clientes.
  5. Pensar que la jornada del traductor consiste únicamente en traducir.
  6. Pensar que la cartera de clientes es inamovible y, una vez que has conseguido algunos, ya no necesitas buscar más.
  7. Limitarse a buscar clientes en el mercado local.
  8. Sentirse como un empleado asalariado sometido a un jefe (el cliente) en vez de como un profesional autónomo independiente.
  9. Creer que no es necesario estar en contacto con otros colegas.
  10. Escribir mensajes públicos con faltas de ortografía.
  11. No saber decir no.
  12. Aceptar trabajos por encima de tus capacidades o cualificación.
  13. No avisar a un cliente de posibles problemas en el proyecto o retrasos en la entrega.
  14. No cumplir un plazo de entrega.
  15. No preguntar dudas.

Y vosotros ¿en qué trampas habéis caído alguna vez?

Breve reflexión sobre por qué Traducción e Interpretación debería ser Traducción o Interpretación

Mi última entrada estuvo dedica a las deficiencias que, en general, tiene la carrera de Traducción e Interpretación en España, aunque en unas universidades más que en otras. Decía entonces que el misterio de por qué se han metido en el mismo saco dos disciplinas tan dispares, aunque hermanas, como la traducción y la interpretación era otra historia y debía ser contada en otra ocasión. Pues bien, esta es esa otra ocasión.

Unir la traducción y la interpretación en una misma carrera y esperar que de ahí salgan personas capacitadas para ser tanto traductores como intérpretes es como juntar arquitectura e ingeniería de caminos y esperar que los licenciados estén capacitados para construir tanto un puente como una ristra de chalés adosados. Al fin y al cabo, los profesionales de ambas ramas se dedican a construir cosas, igual que los traductores y los intérpretes trasladan un mensaje en una lengua extranjera a otro idioma diferente, ¿no?

Pues no. Aunque a priori puedan ser trabajos parecidos por usar la misma herramienta (la lengua), los traductores y los intérpretes deben reunir destrezas y aptitudes completamente distintas. La traducción trabaja con la lengua escrita; es una actividad más pausada, con tiempo para reflexionar, documentarse y buscar la solución idónea en cada caso, que requiere un enorme dominio de la redacción y la comprensión escrita y cuyo destinatario utilizará el producto final «en diferido». En cambio, la interpretación trabaja con la lengua oral; requiere agilidad mental para salir del paso en el momento, preparación y documentación previas y una buena dosis de improvisación, aplomo, fluidez verbal y agudeza de oído. En definitiva, se trata de dos perfiles muy diferentes que no tienen por qué darse en una misma persona: hay excelentes traductores incapaces de hacer un buen trabajo en interpretación y viceversa. En consecuencia, hay estudiantes de Traducción e Interpretación a los que se les da de vicio la traducción, pero que no consiguen llegar a buen puerto en las asignaturas de interpretación, y estudiantes a los que les encanta y se les da bien la interpretación, pero que no tienen tanto interés o destreza en las asignaturas de traducción. Y si en la carrera apenas te enseñan a traducir (entiéndase ‘traducir en condiciones de trabajo más o menos reales’), no digamos ya a interpretar. El resultado: todos aquellos que quieren dedicarse profesionalmente a la interpretación no tienen más remedio que cursar un máster una vez licenciados, y aquellos que no reúnen las cualidades necesarias para ser intérpretes pasan por un calvario para superar dos asignaturas clave del plan de estudios que, en realidad, son poco relevantes para el trabajo del traductor de escritorio.

En definitiva, ¿no sería mejor hacer dos itinerarios separados: uno para traducción y otro para interpretación, quizá con un ciclo de dos cursos común a ambos? ¿No sería mejor hacer una sola cosa bien en vez de hacer dos regular? Y es que ya lo dice el refranero: quien mucho abarca, poco aprieta.