Lengua

La maldad de la lengua (otra vez)

Hoy me he enterado a través de una noticia publicada en la página web de la Fundéu de que la Real Academia Española revisará la definición de gitano que lo asocia a «estafador». Perpleja me hallo. Yo creía que un diccionario era, según la propia definición que aparece en el DRAE, un libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces de una o más lenguas, de una ciencia o de una materia determinada, y no un manual de buenas maneras y lenguaje políticamente correcto. Una cosa es rectificar una definición para que sea más precisa y se ajuste mejor a la realidad, como sucedía con el término autismo hace tan solo unas semanas, y otra muy distinta borrar del mapa las acepciones que no nos gustan porque hieren nuestra exacerbada sensibilidad. Como decía Aldous Huxley, los hechos no dejan de existir solo porque sean ignorados: que la asociación gitano-estafador desaparezca del diccionario no hará que desaparezca de la lengua ni de la sociedad; solo hará que el diccionario deje de cumplir el fin para el que fue creado: atesorar la riqueza léxica (de la que también forman parte las palabras hirientes) de nuestro idioma. Un diccionario se limita a constatar que una palabra existe y se usa con un determinado significado, pero no invita a utilizarla ni pretende ofender a nadie. Puedes matar la palabra, pero no por ello matarás la idea que se esconde detrás. Dejémonos de susceptibilidades lingüísticas y asumamos de una vez por todas que la lengua es modelada por sus hablantes y reflejo de estos, y no al revés. La lengua no ofende por sí misma; ofenden los hablantes que la utilizan, que son los que le dan forma. Si queremos cambiar algo (y esto se aplica también al enconado debate sobre el lenguaje no sexista), hagámoslo desde la sociedad, y no desde los diccionarios y las gramáticas.

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