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Momentos que no se pagan con dinero: la retribución emocional del traductor

No todo en la vida es cuestión de dinero, y el sector de la traducción no iba a ser una excepción. Todos —o casi todos— los que nos dedicamos a este trabajo, tan invisible y poco valorado a veces, aspiramos a vivir bien de ello, pero hay ocasiones en las que la recompensa va más allá de lo económico y material. La sensación de que te paguen (y de que te paguen bien) por hacer un trabajo que te gusta es de lo más placentera, pero hay momentos en la trayectoria profesional de un traductor que superan con creces ese deleite:

  • Cuando experimentas esa indescriptible sensación de liberación y satisfacción al entregar un trabajo largo, difícil o complejo que te ha salido redondo.
  • Cuando un cliente te felicita por un trabajo bien hecho o te dice que tu traducción es perfecta (aunque ya sabemos que la perfección no existe).
  • Cuando un cliente está dispuesto a esperar a que vuelvas de vacaciones o estés de nuevo disponible para que seas tú, y no otro, quien haga un trabajo.
  • Cuando un cliente te dice que no mejoraría absolutamente nada del servicio que le prestas.
  • Cuando un cliente te da las gracias aliviado por resolverle un problema de última hora o hacerle un favor.
  • Cuando un cliente te llama expresamente para darte las gracias por recomendarle a un colega con cuyo trabajo ha quedado satisfecho.
  • Cuando un colega te agradece que le hayas recomendado.
  • Cuando un colega que ni siquiera ha visto tu trabajo te recomienda a un cliente porque le inspiras confianza y se fía de tu profesionalidad.
  • Cuando los lectores de tu blog te felicitan por lo que escribes y te dan las gracias por haberles ayudado con tus consejos.

En definitiva, además de darte sorpresas, la vida también te da momentos inesperados de reconocimiento profesional y agradecimiento personal que no se pueden comprar ni pagar con dinero y que tienen muchísimo más valor y poder que el vil metal: un valor emocional, sinérgico y catártico. Para todo lo demás, Mastercard.

Curso de coaching para traductores, por Xosé Castro (Alicante, 18 de mayo)

No todos los días tiene una la oportunidad de traerse a Xosé Castro a su ciudad natal para que nos enseñe cómo vivir bien de la traducción. Así que si vosotros, queridos traductores, también queréis aprender a sacarle el máximo partido a vuestra profesión, además de tener la oportunidad de pasarlo bien con otros colegas, no podéis perderos el curso de coaching para traductores que se celebrará el próximo sábado 18 de mayo en el hotel Abba Centrum de Alicante. Xosé, colegas, formación, buen humor, sol, playa: ¿qué más se puede pedir?

Enlace al evento en Facebook: https://www.facebook.com/events/634601006555670

Y para quien no tenga Facebook, aquí os dejo toda la información:

Curso de coaching para traductores: cómo vivir bien de la traducción

Instructor: Xosé Castro
Organiza: Isabel García Cutillas
Fecha: Sábado, 18 de mayo del 2013, de 10.00 a 20.00
Lugar: Alicante, hotel Abba Centrum (c/ Pintor Lorenzo Casanova, 31)

En este intensivo taller de ocho horas trataremos, con inspiración y creatividad, los instrumentos de trabajo que necesita un traductor para •vivir bien• de su profesión (conocimientos informáticos, humanísticos y de salud laboral), así como las medidas que debe tomar para conseguir y mantener clientes y otras potenciales fuentes de ingresos: visibilidad, promoción, captación de fuentes de ingresos.

El horario será de 10.00 a 14.00 y de 16.00 a 20.00, con una pausa a media mañana y otra a media tarde con café (además del intermedio para el almuerzo).

PROGRAMA
• Quién puede ser traductor, corrector o intérprete: requisitos básicos y máximos para el éxito profesional.
• Uso de tecnología para mejorar nuestro posicionamiento: internet 2.0, redes sociales, herramientas de traducción.
• Cuánto, cuándo y cómo invertir en tecnología de traducción.
• Informática: qué no sabemos y qué deberíamos saber para tener éxito.
• Autoevaluación y autoanálisis: la visión de uno mismo como producto mejorable.
• Técnicas de imagen profesional en persona y a través de internet.
• Captación de clientes: tipos de clientes, entrevistas, situaciones de networking.
• El traductor en comunidad: asociacionismo, colaboración y trabajo en grupo.
• Qué puedo ofrecer a mis clientes. Qué clientes no tengo y podría tener. ¿Cuál es el factor de rentabilidad de mi especialidad?
• El concepto fundamental de no pedir, sino ofrecer.
• Valoración de mi trabajo y tarifas consecuentes.
• Cómo conseguir y conservar clientes preciados.
• Qué decir y qué no decir nunca a un cliente.
• Las diferencias entre agencias (intermediarios) y clientes directos: estrategias separadas.

INSCRIPCIÓN
• Hasta el 5 de mayo inclusive: 95 euros.
• Desde el 5 de mayo: 125 euros.
• Precio para estudiantes universitarios o miembros de una asociación de la Red Vértice* hasta el 5 de mayo: 80 euros.
• Desde el 5 de mayo para estudiantes y miembros de Red Vértice: 100 euros.
(Estos últimos deben justificarlo enviando foto de documento que acredite su condición de estudiante o miembro de asociación.)

ALMUERZO
El menú incluye:
• Aperitivo Centrum
• Crema de calabaza con picatostes y polvo de pistacho
• Carrillera de ternera estofada al vino tinto con panaché de verduras
• Sorbete de piña con Malibú y coco rallado
• Aguas minerales
• Refresco o cerveza
• Café o infusión
Precio: 19 euros (IVA incluido)
Si alguien prefiere pescado o tiene alguna petición especial (vegetarianos, celiacos, etc.), puede indicarlo en el mensaje de pago.

FORMA DE PAGO
1. Paypal
Envía el pago (curso + almuerzo o solo curso) a paypal@xcastro.com (indica pago ‘personal/familiar’ para evitar comisiones). En el mensaje, pon todos tus datos de contacto (teléfono, correo principal y alternativo y otras redes sociales, así como los datos fiscales para la factura). Si tienes alguna petición especial respecto al almuerzo, indícalo también en el mensaje.

2. Transferencia bancaria
Envía el pago (curso + almuerzo o solo curso) al siguiente número de cuenta: 0065-0001-21-0001114088. Titular: Xosé Castro. En las observaciones, indica COACHING ALICANTE y envía un mensaje a xosecursos@gmail.com con resguardo de transferencia y todos tus datos de contacto (teléfono, correo principal y alternativo y otras redes sociales, así como los datos fiscales para la factura). Si tienes alguna petición especial respecto al almuerzo, indícalo también en el mensaje.

CENA
Con ocasión del curso se celebrará también en Alicante una cena. Más información aquí: https://www.facebook.com/events/514521155276664. Si no tienes Facebook y quieres asistir a la cena, envía un mensaje a igcutillas@yahoo.es.

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* Las asociaciones de traductores que forman parte de la Red Vértice son estas: AATI, ACE Traductores, ACEC, AGPTI, AIPTI, APTIC, APTIJ, ASATI, Asetrad, ATIJC, ATRAE, EIZIE, MET, TREMÉDICA, UniCo y XARXATIV.

Reflexiones sobre el éxito profesional y otras divagaciones filosóficas

Hace poco terminé de leerme un libro harto recomendable para todos aquellos que no estén a gusto con su trabajo o quieran darle un giro a su carrera profesional: Cómo encontrar un trabajo satisfactorio, de Roman Krznaric. El libro llegó a mis manos a través de otra persona y, después de echarle un vistazo al primer capítulo, que narra la historia de tres personas que en algún momento de su vida cambiaron radicalmente su trayectoria laboral en busca de una mayor satisfacción y realización profesionales, determiné que era lo suficientemente breve, ameno, inspirador e interesante como para seguir leyendo, aunque más por mera curiosidad que porque esté pensando en cambiar de profesión. Según su autor, los pilares de un trabajo satisfactorio son tres: sentido, flujo y libertad. Es decir, si tenemos un trabajo que para nosotros tiene sentido (porque nos proporciona dinero o estatus, o bien nos permite dejar huella o poner en práctica nuestros intereses y aptitudes), que nos hace estar en flujo (es decir, que nos absorbe, nos abstrae y nos hace perder la noción del tiempo cuando lo desempeñamos por estar totalmente inmersos en él) y que nos permite cierto grado de libertad, autonomía y flexibilidad, es muy probable que nos sintamos realizados y a gusto con esa actividad laboral. La consecuencia inevitable de leer todo eso es que acabé preguntándome si yo me sentía así con mi trabajo.

Después de analizar todos los factores mencionados en relación con mi vida profesional, llegué a la conclusión de que puedo considerarme una auténtica privilegiada: tengo un trabajo relativamente bien remunerado y respetado hasta cierto punto, que es útil y necesario para la sociedad y que está directamente relacionado con mi formación académica, mis gustos y mis habilidades; trabajo en lo que he elegido y se me da bien, y tengo la suerte de poder vivir de ello. Yo no diría que traducir es mi pasión —creo que hoy en día se utiliza el término pasión con demasiada ligereza—, pero sí disfruto con ello, me estimula la mente y siempre aprendo cosas nuevas, aunque unos textos se prestan más al goce que otros, lógicamente. Y, por último, el hecho de ser autónoma me proporciona la máxima libertad e independencia que un trabajador puede tener: trabajar como y donde quiera. Así que sí: creo que mi trabajo es bastante satisfactorio, aunque eso no significa que sea la única actividad laboral con la que me sentiría a gusto ni excluye la posibilidad de que en algún momento me apetezca cambiar de profesión.

Pues bien, toda esa reflexión me condujo a la pregunta clave: ¿es ese el camino del éxito profesional? ¿Cuándo se considera que un traductor tiene éxito? Existe una tendencia inevitable a creer que el éxito de un traductor consiste en cobrar tarifas cada vez más altas y tener clientes cada vez mejores, y que ese debería ser el objetivo de todos nosotros. Y en parte es cierto; yo misma he hablado de eso en numerosas ocasiones. Pero los ingredientes que conforman el éxito de un traductor son, en mi opinión, muchos más: no ser un esclavo del trabajo y poder vivir cómodamente trabajando solo las horas justas; contar con el respeto de tus compañeros de profesión y el agradecimiento de tus clientes; ser un verdadero entendido en tu ámbito de especialidad; no dejar de aprender, de evolucionar y desarrollarse; ejercer tu trabajo con dedicación y esmero; disfrutar con lo que haces. El dinero y el prestigio son solamente dos componentes de esa ecuación, y quizá ni siquiera los más relevantes ni satisfactorios. Después de todo, lo realmente importante, lo que realmente te llena, es estar a gusto con lo que haces, orgulloso de ello y sentir que el trabajo no es un mal necesario, sino una parcela irrenunciable de tu vida con la que, además de ganarte las habichuelas, te desarrollas como persona. Ese es el auténtico éxito profesional.

La escuela de la vida: lecciones prácticas sobre el trabajo del traductor

Hace ya cinco años que metí la cabeza en el sector de la traducción. A algunos (los principiantes), ese tiempo les parecerá todo un récord; a otros (los veteranos), esos añitos les parecerán casi como si fueran cuatro días. En cualquier caso, es tiempo suficiente para haber aprendido unas cuantas lecciones sobre esta profesión. Algunas las he aprendido por mí misma, por mi propia experiencia; otras son el fruto de escuchar y leer a traductores mucho más experimentados que yo, de los que ahora comprendo cuánta razón tenían en sus argumentos. Muchas de esas enseñanzas ya las conocéis por algunos de mis artículos, pero me gustaría hacer una sinopsis:

Sobre los clientes

  • A la larga solo merece la pena trabajar con clientes buenos (o relativamente buenos). Un mal cliente no es un cliente, es un quebradero de cabeza.
  • Los mejores clientes, con honrosas excepciones, no suelen estar en España. Casualmente, los clientes que no regatean las tarifas, que no lo quieren todo para mañana, que te tratan de igual a igual, suelen ser también los más formales y fieles, capaces de amoldarse a tus plazos de entrega con tal de que tú les hagas el trabajo.
  • No tiene sentido ponerse barreras y limitarse a buscar clientes en el mercado local o nacional cuando nuestro mercado es el mundo entero.

Sobre las tarifas

  • Las tarifas bajas son una buena solución para conseguir clientes y trabajos más fácilmente como medida provisional con el fin de adquirir experiencia u obtener ingresos de urgencia, pero no son sostenibles a largo plazo. Solo hay dos desenlaces posibles: que nos matemos a trabajar para ganar un «sueldo» decente a fin de mes, lo que nos arrebata todo rastro de vida privada y nos acaba por desquiciar y hacer aborrecer nuestra profesión, o bien que nos muramos de hambre porque no ganamos lo suficiente para subsistir. Yo al principio también creía que cobrar poco no era tan malo y que eso no significaba hacer un peor trabajo, pero con el tiempo te das cuenta de que esa idea es equivocada.
  • Es absurdo indignarse por el hecho de que otros cobren o paguen tarifas irrisorias. Sí, a todos nos hierve la sangre cuando vemos ofertas de 2 céntimos por palabra, pero una vez pasado el sofocón y el desahogo, es mejor dedicarse a otros menesteres. No tiene sentido perder el tiempo y dedicar esfuerzos a hablar de denuncias, leyes, colegios de traductores, etc. como medida para combatir lo que no tiene arreglo posible, y menos en un mercado globalizado; es más fructífero dedicar nuestros esfuerzos a buscar nichos de mercado más interesantes, que los hay.
  • Los descuentos por volumen no tienen ninguna razón de ser. Si un cliente nos da tanto trabajo que prácticamente nos monopoliza y nos impide aceptar encargos de otros clientes, tendríamos que aplicar un recargo de exclusividad, no un descuento. Además, que un proyecto sea largo solo implica que nos llevará más tiempo terminarlo y que será más engorroso revisarlo, hacer correcciones si decidimos cambiar algo sobre la marcha, etc. Nuevamente, sería más lógico aplicar un recargo que un descuento.

Sobre los trabajos y la negociación con los clientes

  • Conviene seleccionar los trabajos y los clientes y no decirle a todo que sí. Tarde o temprano, eso nos conduciría a meter la pata hasta el corvejón, bien porque hayamos aceptado un plazo de entrega demasiado ajustado que no hemos podido cumplir; bien porque hayamos aceptado un trabajo para el que no estábamos suficientemente cualificados; bien porque el trabajo era un engorro o marrón, o bien porque hemos perdido tiempo o dinero con un trabajo mal pagado (o no pagado en absoluto). Más vale tener tiempo libre y dedicarlo a otras tareas (profesionales y personales) que estar empantanado con trabajos que nos aportan poco o nada y nos producen hartazgo y frustración.
  • Antes de aceptar un encargo de un cliente nuevo, hay que negociar y dejar bien claras las condiciones de pago. Y antes de aceptar cualquier encargo, sea de un cliente nuevo o recurrente, hay que dejar bien claras las instrucciones del trabajo y el plazo de entrega.
  • Es recomendable negociar las tarifas antes de hacer pruebas de traducción. No tiene sentido perder el tiempo con una prueba para que luego te digan que te pagarán 3 céntimos por palabra.
  • Salir unos minutos de la oficina o no estar todo el rato pendiente del correo electrónico no es el fin del mundo; en la mayoría de los casos, los clientes pueden esperar un poco.
  • El 99 % de los encargos superurgentes dejan de serlo en cuanto le hablas al cliente de un recargo por urgencia. Muchas veces, los plazos de entrega superurgentes pueden negociarse para acordar un plazo conveniente para todos.
  • No conviene salir corriendo de la oficina en cuanto entregamos un trabajo, porque puede haber problemas con la entrega (envío de archivos equivocados, dificultades para abrir el archivo, etc.), y es necesario que estemos ahí para solucionarlos cuanto antes.
  • Si no entiendes algo, pregunta; en la mayoría de los casos, el cliente estará dispuesto a ayudarte de mil amores.
  • Ninguna traducción es perfecta, y hay mil formas de decir las cosas. Hay traducciones malas, mediocres, buenas y excepcionales, pero todas son susceptibles de mejora en algún u otro aspecto. Somos humanos, nos equivocamos, cometemos errores, hay otras personas que tienen ideas mejores que las nuestras; debemos aprender a valorar las correcciones que enriquecen y mejoran nuestro trabajo.

Sobre la gestión de nuestro negocio

  • La facturación mensual de un traductor no equivale a sus beneficios o ingresos netos mensuales. Debemos descontar gastos profesionales, impuestos, etc., por lo que es muy importante planificar nuestras finanzas y ahorrar para las vacas flacas.
  • El ordenador y el mobiliario de oficina son las herramientas básicas de un traductor, por lo que conviene invertir en ellas.
  • Es recomendable no depender de un solo cliente. Que un cliente nos dé mucho trabajo periódicamente es una garantía y una tranquilidad a corto plazo, pero a la larga puede suponer el fin de nuestro negocio si ese cliente desaparece. Mejor poner los huevos en diferentes cestas y no en una sola.

Sobre los colegas

  • Internet está lleno de espacios virtuales en los que compartir nuestras experiencias con otros traductores, aprender de ellos y recabar su ayuda.

Sobre nosotros mismos

  • La mejor publicidad es el boca a boca. Conviene cuidar nuestra imagen profesional, incluso aunque estemos entre colegas, porque nunca se sabe dónde podemos encontrar un cliente.
  • Labrarse un porvenir requiere esfuerzo: de publicidad, de networking, de interacción con otros traductores, de escribir un blog, de mantener una página web… Hay que moverse y mantenerse activo.
  • Es imprescindible tomarse vacaciones de vez en cuando, y no pasa nada por estar desconectado una o dos semanas. Los clientes buenos seguirán estando ahí a la vuelta. Véase «Cerrado por vacaciones… más o menos».
  • Los traductores autónomos somos eso, autónomos, independientes, y esa es la mentalidad que debemos tener. Debemos asumir que nosotros somos los únicos dueños de nuestro trabajo, de nuestro negocio y de nuestras decisiones, y no tenemos por qué someternos a ningún «jefe» (cliente). Cada uno decide qué camino seguir; nadie nos obliga a autoexplotarnos, así que no vale quejarse. Véase «El traductor quejica».
  • Los traductores debemos reciclarnos y reinventarnos: mejorar nuestras competencias lingüísticas, actualizar nuestros conocimientos, explorar especialidades nuevas, aprender el manejo de nuevas herramientas informáticas. Quedarse parado demasiado tiempo supone quedarse fuera del mercado (o del mercado en el que nos gustaría estar).

El traductor conformista

Esta entrada complementa en cierto modo a mi entrada anterior, «El traductor quejica». En esta ocasión voy a hablar de otro espécimen de traductor: el conformista.

La impresión que uno tiene cuando lee listas de distribución, blogs y artículos escritos por otros profesionales del gremio, especialmente si son veteranos y conocidos, es que todos debemos aspirar a trabajar poco y cobrar mucho y a contar con clientes que nos hagan la vida la mar de fácil, que nos paguen cuanto queramos, cuando queramos y, además, nos envíen textos apasionantes que alimenten y enriquezcan nuestro intelecto. Supongo que ciertas entradas y opiniones de este blog también contribuyen a alentar esa idea de que debemos esforzarnos por convertirnos en traductores cotizados, y ciertamente está bien saber que es posible alcanzar el éxito, pero yo me pregunto: ¿que sea posible significa que todos debamos aspirar a ello?

Es innegable que para alcanzar el éxito (entiéndase por éxito cobrar tarifas altas, tener buenos clientes, disfrutar con los textos que traducimos y no tener que trabajar más de lo necesario, entre otros privilegios) hay que dedicar tiempo, esfuerzo y dinero a buscar esos clientes extraordinarios. Es el peaje que hay que pagar por tocar la gloria. Por lo general, las oportunidades de oro no caen del cielo; uno tiene que ganárselas y atraerlas a base de trabajo duro, de formación constante para ser el mejor en su especialidad, de promoción, marketing y networking por un tubo. Sin embargo, no todos están dispuestos a hacer ese sacrificio. Hay traductores que prefieren cobrar menos o tener unas condiciones de trabajo menos satisfactorias a cambio de disfrutar de la comodidad de un flujo de trabajo constante sin tener que buscar clientes con asiduidad, así como de hacer trabajos más amenos, fáciles o mecánicos, en los que se les exija menos y tengan menos presión. La decisión de apalancarse en una situación menos preeminente, pero más accesible, es igual de respetable que la decisión de tirar por el difícil camino del éxito, pero hay que apechugar con las consecuencias: posicionarse en un segmento medio o bajo del sector de la traducción conlleva tarifas bajas y peores condiciones que obligan a trabajar más horas y a asumir una mayor carga de trabajo para poder obtener una facturación decente a final de mes. Si decidimos estancarnos ahí, luego no vale quejarse de que estamos mal pagados, de que tenemos mucho trabajo y estamos agobiados o de que nuestros clientes son unos sinvergüenzas explotadores, como comenté en mi anterior artículo. Y es que una cosa es cobrar tarifas discretas o aceptar unas condiciones menos privilegiadas porque no queremos aspirar a más y preferimos la comodidad al éxito, y otra cosa es resignarse y quejarse de ello porque pensamos que no podemos aspirar a más o no nos da la gana de mover el culo.

El traductor quejica

Tengo que reconocer que los traductores autónomos somos bastante quejicas. Todos, en algún momento de nuestra vida profesional, nos quejamos de que los clientes nos pagan poco, de que tardan demasiado en pagarnos o tenemos que ir detrás de ellos para que nos paguen, de que tenemos demasiado trabajo y estamos agobiados, de que lo que traducimos nos aburre, de que la profesión está muy mal, de que hay mucho intrusismo, de que hace falta un colegio de traductores, de que es injusto pagar la cuota de la Seguridad Social todos los meses aunque no hayamos facturado nada… Nos quejamos de todo eso y de mucho más, sin darnos cuenta de que la solución a muchos de esos problemas está en nuestra mano. ¿Por qué hay clientes que nos pagan poco? ¿Por qué hay clientes que se hacen los remolones a la hora de pagar? ¿Por qué nos vemos desbordados de trabajo? ¿Por qué aceptamos trabajos insufribles que suponen un marrón? La respuesta es sencilla: porque nos dejamos, lo aceptamos y tragamos con ello. Nadie más que nosotros mismos es el responsable de esas situaciones.

Tengo casi científicamente comprobado que los traductores autónomos que se quejan de que les pagan poco, de que tienen problemas con los pagos o de que están agobiados por la cantidad de trabajo o lo detestable de este cumplen una o varias de las siguientes condiciones:

  • No creen que su trabajo sea una actividad profesional seria, sino que lo consideran un empleo pasajero o secundario para sacarse un dinero extra o ir tirando mientras buscan otro trabajo por cuenta ajena.
  • Se ven como asalariados en vez de como autónomos o microempresarios. Tienen una mentalidad de empleado sometido a un jefe (el cliente) en vez de una mentalidad de trabajador independiente que presta un servicio a otro profesional, empresa o particular, de igual a igual. Esto les lleva a aceptar cualquier cosa que les caiga encima, incluyendo tarifas injustas, plazos de pago no razonables, condiciones de trabajo inasumibles, trabajos infumables, etc., de la misma forma que un asalariado se ve obligado a tragar con todo lo que el jefe le encasquete por temor a ser despedido.
  • No saben negociar tarifas ni condiciones, lo cual está estrechamente relacionado con el punto anterior. Como no se consideran trabajadores independientes, sino que tienen una actitud de empleados asalariados, no se ven capaces de establecer e «imponer» o negociar sus propias tarifas, plazos de pago y condiciones de trabajo, sino que directamente esperan que el cliente les diga cuánto les va a pagar, cuándo y cómo.
  • Como consecuencia de lo anterior, no saben decir no, en muchos casos por temor a perder al cliente. No se dan cuenta de que, como trabajadores autónomos, están en condiciones de seleccionar los trabajos y los clientes que más les interesen y no tienen por qué aceptar todo lo que los clientes quieran encargarles. Esto les lleva a aceptar más trabajo del que pueden asumir en condiciones óptimas, a hacerse cargo de proyectos torturadores que suponen un claro marrón o a pasar por el aro de las tarifas ridículas.
  • No son conscientes de que la actividad del traductor autónomo no se circunscribe a la región donde este reside, sino que somos profesionales con una proyección internacional. Como consecuencia, en vez de buscar clientes más atractivos en otras regiones o países, a menudo con una cultura empresarial distinta y más favorable, se limitan al mercado local o nacional, aunque los clientes de este sean mediocres.
  • Están aislados de los demás profesionales del gremio. No se relacionan con otros traductores, no pertenecen a ninguna asociación, no están suscritos a foros ni listas de distribución, no leen blogs. En definitiva, están incomunicados, solo conocen su realidad personal y no tienen ninguna información sobre el resto del mercado o sobre otros profesionales.
  • Como consecuencia de lo anterior, desconocen que es posible tener otra actitud ante la profesión y que son posibles otros modelos de negocio más eficaces y exitosos. De hecho, ni siquiera se plantean la idea de cambiar o incluso de planificar su vida profesional.

Como veis, la responsabilidad de todo lo dicho anteriormente recae únicamente en el traductor, y también es responsabilidad suya esforzarse por ponerle remedio. La solución es obvia, aunque no siempre es fácil ponerla en práctica: hace falta un cambio de actitud.

  • Como bien dice el lema de este blog, la traducción no es un pasatiempo, sino una actividad profesional. Si nosotros mismos no creemos que sea así, es harto difícil que nuestros clientes nos tomen en serio.
  • Los traductores autónomos somos profesionales independientes, microempresarios que podemos escoger los clientes y los trabajos que más nos interesen. No tenemos por qué aceptar todos los encargos y condiciones de los clientes.
  • Como profesionales independientes que prestamos un servicio, somos nosotros los que debemos fijar y comunicar a los clientes nuestras tarifas y condiciones de pago y de trabajo, y no al revés. No obstante, eso no impide negociar en caso necesario para llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.
  • Debemos aprender a decir no: no a las tarifas insostenibles, no a los plazos de pago inaceptables, no a las condiciones de trabajo abusivas, no a los proyectos que nos disgustan y nos torturan, no a los encargos que no podemos realizar en condiciones por falta de disponibilidad. En la mayoría de los casos, rechazar un proyecto no supone irremediablemente perder al cliente. Si es un cliente habitual que valora nuestro trabajo, volverá. Si es un cliente nuevo, quizá lo perdamos, pero perder un cliente potencial que paga poco, tarde o mal o que quiere encasquetarnos un trabajo que no queremos o no podemos hacer no supone en realidad perder algo, sino todo lo contrario: supone ganar la oportunidad de estar disponible para otros posibles clientes mejores.
  • Hay que asumir que nuestro mercado de trabajo es el mundo entero, y que los buenos clientes no tienen por qué estar (de hecho, no suelen estarlo) en nuestra localidad o país de residencia. Con todas las tecnologías que hay hoy en día, tiene delito que nosotros mismos nos cerremos puertas buscando clientes únicamente en el mercado local.
  • Es imprescindible, fundamental, irrenunciable, vital estar en contacto con otros traductores, participar en listas de distribución, leer blogs, formar parte de alguna asociación, etc. (como ya comenté en este artículo). Solo así obtendremos la información necesaria para desempeñar nuestro trabajo con dignidad, para fijar unas tarifas y unas condiciones justas para todos; solo así descubriremos que hay traductores que no se quejan porque, con esfuerzo, tesón, suerte y perspicacia, han conseguido alcanzar el éxito y vivir bien de este trabajo. Y si ellos lo han conseguido, ¿por qué los demás no? Solo hace falta cambiar el chip, ser menos quejicas y tener una actitud positiva, pero, sobre todo, ser conscientes de que es responsabilidad de cada uno buscar su propia suerte. Sí, es cierto, a veces no nos queda más remedio que doblegarnos ante condiciones adversas e indeseables para poder pagar las facturas, pero es importante ser consciente de que eso no es una maldición que nos viene impuesta, sino que aceptar o no ese tipo de condiciones depende única y exclusivamente de nosotros.