Ejercicio profesional

El traductor intruso

Como licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Alicante y tras casi seis años de ejercicio profesional como traductora autónoma a tiempo completo, me considero en disposición de afirmar con rotundidad y conocimiento de causa que estudiar Traducción e Interpretación no es, ni mucho menos, imprescindible para ser traductor (un buen traductor). No quiero decir con esto que me arrepienta de haber elegido esa carrera universitaria; al contrario: estoy contenta de haber cursado estudios de Traducción y creo que tener en tus manos un título universitario que avale tu formación en ese campo puede ser una ventaja de cara a los clientes y allana el camino laboral, porque te proporciona una buena base (si bien no toda la que debería o podría) a partir de la cual evolucionar, mejorar y ejercer la profesión de traductor de manera satisfactoria. Sin embargo, no nos engañemos: esa no es la única vía de acceso a la profesión, no es el único camino válido, y quizá ni siquiera sea la mejor opción.

Mucho se ha hablado y debatido sobre la necesidad de crear un colegio de traductores. Pero ¿para qué serviría realmente un colegio? ¿Qué haría un colegio que no puedan hacer ya las asociaciones de traductores? ¿Cuáles serían los requisitos para colegiarse? En mi opinión, y sin ánimo de ofender a nadie (porque sé que hay colegas a los que respeto que no comparten mi opinión), el afán de crear un colegio parece más propio de alguien que no sabe sacarse las castañas del fuego y quiere que otros lo hagan por él, igual que el niño que acude a su madre en busca de protección y defensa porque otro niño le está pegando o insultando. Cuando se aboga por la creación de un colegio de traductores se está apoyando básicamente la instauración de una entidad que, por un lado, fije unas tarifas oficiales de obligado cumplimiento (cosa que, de todas formas, no es posible dada la legislación actual) que nos ahorren el esfuerzo de tener que buscar clientes que estén dispuestos a pagar el precio que nosotros mismos fijamos por nuestros servicios, y, por otro lado, que impida que los «intrusos» accedan a nuestra profesión.

Y he aquí el quid de la cuestión: ¿realmente existe el intrusismo en traducción? En otras profesiones más reguladas en las que los estudios universitarios son la única vía de acceso a ellas por la formación tan especializada y compleja que imparten (medicina, abogacía, arquitectura…), puedo entender que se hable de intrusismo, pero en una profesión tan liberal y flexible como la traducción, con una titulación universitaria tan reciente, con tantos caminos de acceso y tantas formas diferentes de adquirir los conocimientos y las destrezas necesarios para ejercerla con garantías de calidad, ¿realmente hay intrusos? Yo creo que simplemente hay buenos y malos traductores. ¿Qué es un traductor intruso? ¿El que no es licenciado en Traducción e Interpretación? ¿El que hace mal su trabajo? ¿El que cobra dos céntimos por palabra? ¿El que trabaja en la economía sumergida? Porque hay traductores magníficos que no han pisado nunca una facultad de traducción (ni falta que les hace), que son buenos en su trabajo y pagan religiosamente sus impuestos, y licenciados en Traducción e Interpretación que hacen trabajillos mediocres en negro por tarifas misérrimas. ¿Quién sería el intruso en este caso?

Tengo la impresión de que la palabra intrusismo tiende a estar en boca de recién licenciados que temen no poder abrirse camino en el mercado de la traducción y recelan que otros ocupen el puesto que ellos, como licenciados, deberían estar destinados a ocupar. En definitiva, es una palabra que suelen pronunciar aquellos traductores que no saben cómo encontrar su hueco en el mercado, cómo posicionarse por sus propios medios. Sin embargo, yo creo que ningún buen traductor, ningún traductor profesional, debería tener miedo de que un mal traductor, un traductor de andar por casa, le quite trabajo. Esos «intrusos» no son individuos a los que haya que temer, por una razón muy sencilla: el propio mercado ya se encarga de expulsar a los malos profesionales, pues ningún cliente querrá contratar sus servicios. Y si hay clientes que prefieren recurrir a ellos por el motivo que sea (el precio, por ejemplo), tampoco veo razón para preocuparse: seguramente sean clientes que buscan algo que yo no puedo o no quiero darles y con los que, por tanto, no me interesa trabajar.

Así que no temáis, amigos y compañeros, que el mundo es grande y en el mercado de la traducción hay, creo yo, lugar para todos: para los que ejercemos nuestro trabajo con profesionalidad y diligencia y para los «intrusos» chapuceros. Pensad dónde queréis estar y utilizad todas las herramientas a vuestro alcance para posicionaros en ese nicho de mercado. Siempre será mejor emplear vuestro tiempo en encauzar vuestra carrera que en quejarse de los «intrusos».

66 comentarios en “El traductor intruso”

  1. Hola a todos,

    Quisiera agradecer a Isabel la oportunidad que nos ha brindado de poder exponer una cuestión tan interesante y delicada de tratar, a su vez. (te sigo desde ya mismo :-))

    Soy traductora jurada de inglés y llevo muchos años visitando notarías con clientes. A lo largo de todo este tiempo he podido trabajar con muchos profesionales y no tan profesionales, independientemente de la titulación.

    Debo decir que en mi carrera he tenido la fortuna de conocer a personas perfectamente capacitadas, profesionales como la copia de un pino, aunque no cualificados, es decir, sin titulación (que no formación, porque considero que la verdadera formación es en gran parte aquella que se procura uno mismo) que me han aportado mucho, de las que he aprendido y a quienes siempre estaré agradecida.
    Por contra, he visto (cuando digo “he visto” quiero decir eso mismo, que he estado presente en sus actuaciones, a su lado) actuar a personas muy poco profesionales. Pero muy poco.
    Como bien dice Isabel, la titulación en estos casos pasa a un segundo plano. He visto ejercer muy bien sin titulación y de pena, en mi opinión, con un título por bandera. Y no solo a traductores.

    Para mí el intruso es aquél que ofrece un servicio profesional cuando la realidad de su labor dista mucho de serlo, con independencia de la existencia o carencia de titulación.

    Aquél que se muestra capacitado para ejercer una función en calidad de profesional es quien por los medios a su alcance, sean los que fueren, ha conseguido el nivel de capacitación requerido por la actividad y demuestra sobradamente experiencia y profesionalidad (incluyo aquí a la figura del autodidacta, entendiéndolo como el que aprende y experimenta con recursos de forma autónoma, no el que ve, copia o cree copiar y por tanto, es, o mejor dicho, cree ser).

    Por tanto, aquél que vende lo que no es, cuyo ejercicio no está a la altura de los requisitos de un mercado coherente (huelga decir que aquí nadie es idiota, ni clientes ni profesionales, todos sabemos cuando algo se queda en mediocre), acabará siempre en tierra de nadie, y forzosamente abocado al fracaso, El mercado acaba escupiendo lo que no puede digerir.

    Antaño fui de las que abogaba por la creación de un colegio de traductores. Con el paso de los años, me he dado cuenta de que podría no ser tan necesario, de hecho tengo algunas consideraciones al respecto (por supuesto discutibles :))

    1) si la creación de un colegio obedece a la razón de defender a los profesionales de estos “ataques”, considero que ni hace falta ni es menester. Tenemos las armas adecuadas para defendernos solos. Muchas veces, no tenemos ni siquiera que defendernos. ¿De qué? No pueden hacernos daño, es posible que tan sólo nos dibujen una mueca de ironía en el rostro..

    2) si los colegios contribuyen con sus reglamentos a aumentar la burocracia y elevar barreras en gestión y tramitación, no serán positivos.

    3) un colegio que defiende el derecho al ejercicio profesional, entendiendo como tal el resultante de emplear todos los medios aceptables y legítimos, y las herramientas al alcance de los profesionales, con o sin titulación; que fomenta la realización de cursos, debates, congresos y demás actividades en condiciones equitativas para todos sus miembros (es decir, que tenga en cuenta las distancias a recorrer hasta la sede de dichas actividades); ofrezca orientación en cuanto a márgenes de tarificación aceptables y razonables, para evitar tipos desparatados al alza o baja (pienso que imponer una tarificación fija no tiene sentido porque, como bien han comentado algunos compañeros, esta profesión es muy flexible); podría bien ser una buena asociación, de modo que realmente, no dista tanto de lo que tenemos.

    Siento haberme alargado un poco, he acabado emocionándome 🙂 Jeje.

    Diría que hay dos tipos de traductores: los “traductores profesionales” y los “traductores”.

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