Ejercicio profesional

El traductor intruso

Como licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Alicante y tras casi seis años de ejercicio profesional como traductora autónoma a tiempo completo, me considero en disposición de afirmar con rotundidad y conocimiento de causa que estudiar Traducción e Interpretación no es, ni mucho menos, imprescindible para ser traductor (un buen traductor). No quiero decir con esto que me arrepienta de haber elegido esa carrera universitaria; al contrario: estoy contenta de haber cursado estudios de Traducción y creo que tener en tus manos un título universitario que avale tu formación en ese campo puede ser una ventaja de cara a los clientes y allana el camino laboral, porque te proporciona una buena base (si bien no toda la que debería o podría) a partir de la cual evolucionar, mejorar y ejercer la profesión de traductor de manera satisfactoria. Sin embargo, no nos engañemos: esa no es la única vía de acceso a la profesión, no es el único camino válido, y quizá ni siquiera sea la mejor opción.

Mucho se ha hablado y debatido sobre la necesidad de crear un colegio de traductores. Pero ¿para qué serviría realmente un colegio? ¿Qué haría un colegio que no puedan hacer ya las asociaciones de traductores? ¿Cuáles serían los requisitos para colegiarse? En mi opinión, y sin ánimo de ofender a nadie (porque sé que hay colegas a los que respeto que no comparten mi opinión), el afán de crear un colegio parece más propio de alguien que no sabe sacarse las castañas del fuego y quiere que otros lo hagan por él, igual que el niño que acude a su madre en busca de protección y defensa porque otro niño le está pegando o insultando. Cuando se aboga por la creación de un colegio de traductores se está apoyando básicamente la instauración de una entidad que, por un lado, fije unas tarifas oficiales de obligado cumplimiento (cosa que, de todas formas, no es posible dada la legislación actual) que nos ahorren el esfuerzo de tener que buscar clientes que estén dispuestos a pagar el precio que nosotros mismos fijamos por nuestros servicios, y, por otro lado, que impida que los «intrusos» accedan a nuestra profesión.

Y he aquí el quid de la cuestión: ¿realmente existe el intrusismo en traducción? En otras profesiones más reguladas en las que los estudios universitarios son la única vía de acceso a ellas por la formación tan especializada y compleja que imparten (medicina, abogacía, arquitectura…), puedo entender que se hable de intrusismo, pero en una profesión tan liberal y flexible como la traducción, con una titulación universitaria tan reciente, con tantos caminos de acceso y tantas formas diferentes de adquirir los conocimientos y las destrezas necesarios para ejercerla con garantías de calidad, ¿realmente hay intrusos? Yo creo que simplemente hay buenos y malos traductores. ¿Qué es un traductor intruso? ¿El que no es licenciado en Traducción e Interpretación? ¿El que hace mal su trabajo? ¿El que cobra dos céntimos por palabra? ¿El que trabaja en la economía sumergida? Porque hay traductores magníficos que no han pisado nunca una facultad de traducción (ni falta que les hace), que son buenos en su trabajo y pagan religiosamente sus impuestos, y licenciados en Traducción e Interpretación que hacen trabajillos mediocres en negro por tarifas misérrimas. ¿Quién sería el intruso en este caso?

Tengo la impresión de que la palabra intrusismo tiende a estar en boca de recién licenciados que temen no poder abrirse camino en el mercado de la traducción y recelan que otros ocupen el puesto que ellos, como licenciados, deberían estar destinados a ocupar. En definitiva, es una palabra que suelen pronunciar aquellos traductores que no saben cómo encontrar su hueco en el mercado, cómo posicionarse por sus propios medios. Sin embargo, yo creo que ningún buen traductor, ningún traductor profesional, debería tener miedo de que un mal traductor, un traductor de andar por casa, le quite trabajo. Esos «intrusos» no son individuos a los que haya que temer, por una razón muy sencilla: el propio mercado ya se encarga de expulsar a los malos profesionales, pues ningún cliente querrá contratar sus servicios. Y si hay clientes que prefieren recurrir a ellos por el motivo que sea (el precio, por ejemplo), tampoco veo razón para preocuparse: seguramente sean clientes que buscan algo que yo no puedo o no quiero darles y con los que, por tanto, no me interesa trabajar.

Así que no temáis, amigos y compañeros, que el mundo es grande y en el mercado de la traducción hay, creo yo, lugar para todos: para los que ejercemos nuestro trabajo con profesionalidad y diligencia y para los «intrusos» chapuceros. Pensad dónde queréis estar y utilizad todas las herramientas a vuestro alcance para posicionaros en ese nicho de mercado. Siempre será mejor emplear vuestro tiempo en encauzar vuestra carrera que en quejarse de los «intrusos».

68 comentarios en “El traductor intruso”

  1. Voy a ser muy breve, porque este debate me parece que no tiene sentido y que solo está avivado por, como tú muy bien dices, los de siempre (en mi opinión, los que cuando empezaron en esto apenas tenían competencia y ganaban tarifas de dos cifras y que ahora se tienen que joder y apechugar como todo el mundo). En el libre mercado capitalista que nos hemos dado, el intrusismo solo existe en profesiones reguladas por cuestiones de seguridad: medicina y ciencias de la salud, ingenierías, derecho y alguna más que se me escapa. En el resto, cualquiera puede llevar a cabo un trabajo siempre que encuentre a alguien dispuesto a ello. Si se pagan 2 céntimos por palabra no es porque haya traductores dispuestos a ello, es porque algunos clientes lo que quieren no es una traducción, sino un mojón bien grande. Partiendo de que esos clientes no nos interesan, que quien quiera trabaje por esa cantidad y que el resto nos dediquemos a ganarnos la vida con tranquilidad y sin histerismos :).

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    1. Jajaja. Me ha encantado lo de mojón.
      Y, a pesar de todo lo que he puesto abajo, sí, sigo estando de acuerdo con que, al final, somos nosotros los que aceptamos (o no) la tarifa. Pero también me toca mucho la moral que al fontanero nadie le discuta los precios y nosotros tengamos que pasarnos la vida demostrando lo que valemos.

      Not fair! 😉

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  2. Me ha parecido muy interesante tu artículo, Isabel. Gracias por compartirlo.

    Estoy de acuerdo contigo en muchos puntos. Pero quisiera mencionar algunos aspectos que, en mi opinión, no has tenido en cuenta.

    Creo que en muchas ocasiones el cliente no tiene conocimientos suficientes para valorar si el resultado es una traducción de calidad o no, pues no conoce el idioma meta y, por tanto, da vía libre a los “pseudo-traductores”, como los llamo yo. Así “sobreviven” muchos traductores mediocres en el mercado que trabajan con tarifas inferiores y ofrecen trabajos de pésima calidad. Para mí sí son instrusos y me molestan, pues muchas veces tengo que explicar al cliente las diferencias entre una traducción hecha por un traductor titulado/con experiencia que por una persona sin cualificación (ya sea lingüística o del campo de especialización).
    Un colegio, en parte, sí regularía la profesión en el sentido de que los encargos de traducción se harían a tradcutores cualificados. Los requisitos de acceso podrían ser varios: pruebas de acceso, titulación universitaria, etc. No tiene por qué haber una única vía que sea exclusiva para titulados universitarios.
    Y no: un colegio no acredita que todos sus miembros sean buenísimos profesionales, pero eso tampoco ocurre con el Colegio de Médicos, de abogados, etc. ¿Por qué existe entonces un Colegio de Médicos? ¿Hay que abolirlo? Pero, ¿entonces cómo te aseguras de que te opera un médico de verdad? A nadie se le ocurriría dejarse sacar una muela por un librero…digo yo….

    No estoy muy de acuerdo con esto:
    “En otras profesiones más reguladas en las que los estudios universitarios son la única vía de acceso a ellas por la formación tan especializada y compleja que imparten (medicina, abogacía, arquitectura…), puedo entender que se hable de intrusismo, pero en una profesión tan liberal y flexible como la traducción, con una titulación universitaria tan reciente, con tantos caminos de acceso y tantas formas diferentes de adquirir los conocimientos y las destrezas necesarios para ejercerla con garantías de calidad.”

    También en el ejercicio de la medicina, la abogacía y la arquitectura, se adquiere nivel a medida que aumenta la experiencia, igual que en la traducción. El título universitario no es nunca una garantía de calidad, pero te da una base sobre la que seguir desarrollándote. Eso es así en todas las carreras universitarias, creo yo. Luego todo depende de uno mismo: de tu capacidad, tu implicación, tu motivación y de tus aptitudes. Pero nunca diferenciaría un abogado o un médico de un traductor. El volumen de materia que estudian en la carrera puede ser diferente, pero nada más.
    He trabajado con abogados recién titulados y yo, como traductora especializada en el campo jurídico, podría haberles dado algún repaso. Nuestra profesión no es menos especializada que las que mencionas y que tienen un colegio, simplemente es un campo del saber muy diferente que abarca conocimientos muy distintos entre sí: lingüísticos, informáticos, de cada campo de especialización, psicológicos, culturales, etc.

    Un abrazo fuerte,
    Fabienne

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    1. Hola, Fabienne:

      Gracias por aportar tu punto de vista. Vayamos por partes:

      – Profesionales mediocres los hay en todos los sectores y es imposible eliminarlos. Los clientes sensatos son conscientes, creo yo, de que un trabajo bien hecho tiene un precio. Las gangas inspiran desconfianza. Si a ti, por ejemplo, te ofrecieran una supercasa en primera línea de playa, con jardín, piscina y cinco habitaciones por 50 000 euros, ¿no pensarías que hay gato encerrado? Es cierto que un precio alto no garantiza que la traducción sea de calidad, pero un precio bajo tiene todas las papeletas para ser sinónimo de traducción mala o mediocre.

      – Respecto al colegio, copio a continuación lo que ya dije en el blog El placer de traducir, de Cristina Aroutiounova:

      Aun a riesgo de resultar cansina, voy a repetir una vez más los argumentos por los que la creación de un colegio profesional de traductores (así, en general) es inviable:

      1) ¿Qué condiciones habría que cumplir para poder colegiarse? ¿Ser licenciado en TeI? ¿Qué hacemos, entonces, con los miles de traductores (muchos de ellos magníficos) que no son licenciados en TeI? ¿Estar colegiado sería una condición imprescindible para poder ejercer? En tal caso, ¿cómo se controlaría que realmente ejercieran solo los traductores colegiados? ¿Y qué sentido tendría eso si fuera de nuestras fronteras cualquiera puede ser traductor?

      2) ¿Qué garantía supondría el colegio para los clientes? Si el objetivo es velar por la calidad de los trabajos de los traductores, debería haber una prueba de nivel o algo así con el fin de comprobar que los traductores que se colegian realmente son buenos profesionales, porque ser licenciado en TeI o haber hecho tal o cual curso no lo garantiza, aunque sea un punto a favor. Pero, aun en ese caso, y dado que competimos en un mundo globalizado, ¿qué impediría que los clientes recurriesen a traductores (mejores o peores) de otros países?

      3) Lo mismo para las consabidas tarifas. Aparte del hecho de que los colegios no pueden establecer tarifas vinculantes ni orientativas, no serviría de nada que lo hicieran aunque pudieran. Imaginemos el siguiente panorama en el hipotético caso de que existiese un colegio de traductores: Fulanita Pérez es una traductora española que trabaja y reside en España y, por tanto, debe estar colegiada para poder ejercer. Fulanita se adhiere al código deontológico, a los estándares y a las tarifas impuestos por el colegio. Menganita Martínez, en cambio, es una traductora española que reside y trabaja en Alemania y, por tanto, no tiene que estar colegiada para poder ejercer. Como consecuencia, fija las tarifas que considera oportunas, que casualmente son más baratas que las de Fulanita Pérez. ¿Quién va a impedir que el cliente español XYZ contrate los servicios de Menganita Martínez, más baratos, en vez de los de Fulanita Pérez? ¿Quién va a impedir que los traductores no colegiados de otros países establezcan tarifas irrisorias?

      Estos son solo algunos de los interrogantes que plantea esta cuestión. Ojo, estoy hablando de la traducción en general, y no de la traducción jurada o judicial, por ejemplo, que quizá sí convendría regular más, aunque dudo que un colegio sea la mejor solución. El mercado filtra a los buenos profesionales y deja fuera a los que no lo son. Además, hay que meterse en la cabeza de una vez por todas la idea de que desempeñamos una profesión liberal y de que competimos a nivel internacional, no a nivel local o nacional. Nuestro ámbito de actuación no es España, y nuestros clientes no tienen por qué ser españoles. Así pues, crear un colegio en España no serviría absolutamente de nada para regular una profesión cuyo radio de acción se extiende más allá de nuestras fronteras y en la que intervienen profesionales de todo el mundo. Sí defiendo el asociacionismo, el contacto entre profesionales y el flujo de información para ejercer nuestro oficio de la mejor manera posible para todos, pero la creación de un colegio me parece poco menos que intentar ponerle puertas al campo. El mercado de la traducción es una jungla, sí, pero igual que lo es el mercado de cualquier otro producto o servicio. Debemos luchar por ser buenos en nuestro trabajo y conseguir las mejores condiciones laborales posibles, pero eso solo está en nuestra mano y en la forma de gestionar nuestro negocio. Así es la profesión que hemos elegido.

      —–

      Y vuelvo a repetir: ¿quién debería colegiarse? Un colegio solo tendría poder de actuación dentro de España. ¿Cómo vamos, pues, a obligar a que todos los traductores que traduzcan al español de España se colegien o sean licenciados, cuando muchos de ellos no viven y ni siquiera han estudiado en España? ¿Y qué haríamos con los traductores que viven y trabajan en España, pero traducen a otros idiomas extranjeros? Ah, y eso sin contar el hecho (que no hemos mencionado todavía) de que estar colegiado supone pagar una cuota anual, que lógicamente encarecería nuestros servicios con respecto a los de otros traductores que residen y trabajan fuero de nuestro país.

      – Por último, creo que carreras como medicina o arquitectura no son comparables con traducción. No digo que la nuestra sea inferior a aquellas; simplemente, los conocimientos y las destrezas necesarios para ser traductor se pueden adquirir de muchas maneras, incluso de forma autodidacta, mientras que para ser médico o arquitecto difícilmente podrás formarte por tu cuenta. Ahí radica, creo yo, la principal diferencia.

      Un saludo,
      Isabel

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  3. Estoy totalmente de acuerdo contigo, Isabel. Desgraciadamente, creo que el miedo al «intrusismo» es algo que se inculca en las distintas facultades de Traducción, fundamentalmente por la rivalidad que suele existir con las facultades de Filología. Yo también salí de la facultad repitiendo la cantinela de los intrusos y creyendo que el colegio era la solución a todos nuestros males, pero con el tiempo me he dado cuenta de que lo importante es la profesionalidad, no el título que tengamos.

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    1. Esa es la conclusión a la que todos llegamos tarde o temprano, Elena. Y una vez que te centras en mejorar como profesional y dejas de preocuparte por que otros te «quiten» trabajo, se trabaja mucho más a gusto y se ven las cosas con más optimismo.

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  4. Estoy totalmente de acuerdo contigo en que la experiencia es un grado, pero los errores a los que me refiero tampoco los detecta un traductor “de letras” con años de experiencia. Me refería a errores de tipo técnico como valores de intensidades, direcciones de corriente en un circuito, tipos de carga y cosas de este tipo.

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  5. Muy de acuerdo, Isabel, en que lo del intrusismo es un recurso de la mediocridad y del temor a que otros te quiten el trabajo. El mercado termina poniendo a cada uno en su sitio. Creo que cualquiera de nosotros prefiere competir con alguien de mayor nivel (incluidos los precios) porque así puedes intentar igualarlo. De nada sirve competir con perfiles a la baja.

    Por otro lado, me hace mucha gracias que se sea tan tremendista en nuestro sector —uno de los más tremendistas y apocalípticos que conozco—, cuando el perfil del traductor, filólogo, lingüísta y otras hierbas similares es uno de los que tiene mayor capacidad de intrusión en otros sectores por su herramienta de trabajo, y de ello tenemos numerosos ejemplos.

    Para finalizar, es tremendamente cierto que el título, sea el que sea, no vale de nada si luego rascas y ves que debajo de la superficie no hay esfuerzo, vocación y compromiso.

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  6. Hola Isabel:

    Muy interesante tu artículo, lo comparto casi todo con algunos matices. No creo que todos los que defienden la creación del colegio lo hagan con esos motivos que tu expones, aunque yo no esté de acuerdo con la idea, y la realidad es que ese tipo de “traductores chapuza” sí que influyen en el mercado (no en todo, pero en parte) y de ahí viene la queja, incluso de aquellos a los que esto no les afecta directamente. Estoy de acuerdo en que esa influencia no hace imposible ganarse bien la vida si tienes talento y algo de suerte. De todas formas, es un problema mayor que viene de una cierta actitud empresarial que empieza a ser cada vez más salvaje y no creo que se reduzca a nuestro campo. Es que estamos perdiendo el punto medio, en general.

    De todas formas, creo que contra eso hay que luchar de otras maneras. También soy de las que no está nada convencida con la idea de los colegios, ya que conozco las situaciones que estos mismos generan en otras profesiones y no creo que beneficien a una gran parte del colectivo. Y por supuesto por eso que comentas: no hay más intruso que un traductor que no protege y valora su profesión, y de esos con título conozco a unos cuantos cientos.

    Un saludo,

    Nieves

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  7. Yo vengo de una carrera técnica y me dedico a la traducción técnica desde hace dieciséis años. Más de un cliente me ha dicho que para este tipo de traducciones prefieren a ingenieros por razones obvias. En varias ocasiones he encontrado errores en manuales técnicos que el cliente corrigió después de mis observaciones. Un licenciado en traducción no está en condiciones de aportar ese valor añadido. Hay muchos tipos de traducción y creo que el traductor óptimo depende en buena medida del tipo de texto a traducir. Hace poco revisé el manual de una cámara de fotos que no estaba mal traducido (en el sentido de tener fallos garrafales), pero se notaba a la legua que el traductor no conocía el mundillo fotográfico…¿quién traduce mejor un manual de este tipo, un fotógrafo o un licenciado en traducción sin conocimientos de fotografía? Yo no tengo ninguna duda de que el traductor ideal es el primero.

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    1. Yo tampoco tengo dudas al respecto, Paco, aunque puntualizaría un par de cosas:

      «¿quién traduce mejor un manual de este tipo, un fotógrafo o un licenciado en traducción sin conocimientos de fotografía?»
      Está claro que el fotógrafo estará en condiciones de traducirlo mejor porque comprenderá en profundidad el texto, pero para que la traducción sea óptima debe tener también, obviamente, unos buenos conocimientos lingüísticos y una estupenda capacidad de redacción. No valdría, pues, cualquier fotógrafo (sé que no has querido decir eso, pero lo aclaro de todas maneras).

      «Un licenciado en traducción no está en condiciones de aportar ese valor añadido.»
      Yo diría más bien «un recién licenciado en Traducción». La experiencia y la formación autodidacta te aportan una serie de conocimientos especializados de diversas materias que, si bien no pueden equipararse con los de alguien que haya cursado una carrera técnica, sí son más que suficientes para comprender y traducir los textos con calidad (aunque depende, claro está, de la complejidad del texto).

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    2. Lo ideal es que la traducción la realice el Traductor universitario y luego ésta debe pasar por un revisor temático. En ese caso se puede contratar a un ingeniero o cualquier experto en el área.
      La carrera de traducción, en su malla curricular, tiene las asignaturas de español, gramática contrastiva, redacción y estilo, lingüística, por nombrar algunas… Un ingeniero o un médico no tienen esos conocimientos (poseen sólidos conocimientos técnicos).
      Como traductora y correctora de traducciones encuentro errores de ortografía y de puntuación en traducciones realizadas por gente que no es traductor.
      Pilar.

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    3. Sin ofender tu posición, Paco, muchas de las cosas que has señalado anteriormente se me hacen demasiado discutubles. Sin duda, y si llevas dedicándote a la traducción técnica desde hace dieciséis años, debes ser bueno en tu trabajo. Sin embargo, no comparto completamente la opinión de tu cliente: “prefieren ingenieros por razones obvias”. Ese señor debería saber que un traductor no traduce solo. De hecho, para llegar a una buena traducción, creo que uno de los requisitos principales sería contactar y consultar a expertos ACTUALIZADOS sobre el tema que tengamos que pasar a una lengua meta. Y digo expertos ACTUALIZADOS porque aunque muchos no lo crean, y mucho menos, los practiquen, tras la universidad empieza una nueva carrera en la que si queremos ser buenos en lo nuestro, no deberíamos acabar nunca. Hay que estar al día e investigar, no conformarnos con lo que sabemos, precisamente porque eso… ya lo saben todos. Porque, por muy difícil que te parezca… ¡hasta los traductores lo sabemos!
      La labor de un traductor óptimo, como tú lo llamas, es precisamente aportar ese valor añadido a la traducción, simplemente por tratarse de un ser especial. Nuestra misión, traducir textos, exige un conocimiento transversal a lo Da Vinci, unos conocimientos de base muy amplios que nos permitan entender las alusiones culturales y las intenciones de textos plagados de sobreentendidos incluso para los lectores de la cultura original.

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    4. No estoy de acuerdo en que un ingeniero sea necesariamente un buen revisor porque conozca el tema: tiene que saber escribir y eso no lo enseñan muy bien en las facultades de ingeniería, precisamente porque están ocupados enseñando ingeniería. Que nadie me diga que se supone que la gente que accede a la universidad tenga ya competencias semejantes. Es una utopía tan bonita que me pongo a llorar de emoción. Trabajé durante 4 años en una facultad de ingeniería, leí cosas escritas por espécimenes con dos doctorados en ciencias técnicas que hacían gala de una lengua digna de los peores bares de mi pueblo. Lo ideal, me parece, sería alguien que fuera un profesional de la lengua, por vía académica o no, y tuviera experiencia y conocimientos profundos del tema. Tiene que saber del asunto y utilizar el español de Cervantes, no el de Rocinante, por huevos. Y me da igual donde aprendió las dos cosas: facultad de traducción, de ingeniería o sentado en la biblioteca leyendo como un poseso.

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    1. No creo que se manche en sí el nombre de la profesión, sino que cada individuo se encarga de mancharse el suyo. Como bien dijo Isabel, hemos de ser conscientes de la importancia que conlleva nuestro trabajo y desempeñarlo con la mayor responsabilidad y diligencia. De hecho, no me parece que esa gente, esos a los que llaman “intrusos” nos quiten el trabajo ni mucho menos. Además, si no hicesen, seríamos nosotros, los “traductores licenciados o graduados” los que deberíamos de pararnos a reflexionar para ver qué nos falta, qué ofrecen ellos que nosotros no podamos ofrecer. Por supuesto, no me refiero solo al dinero, ya que cada uno es libre de negociar sus tasas. Pero, no olvidemos que el simple hecho de ESTAR LICENCIADOS O GRADUADOS NO IMPLICA SER LOS MEJORES, SER no ya el mejor, sino BUEN o MAL TRADUCTOR o INTRUSO (¡sin diccriminación!) HAY QUE GANÁRSELO.

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  8. Para mí el intruso siempre ha sido el de: “como sé inglés, hago esta traducción y me saco unos durillos”. Esa persona que no respeta la profesión. Ese es el verdadero intruso según mi modo de verlo. Y, sí, estoy de acuerdo contigo en que esas personas no son competencia. Ofrecen algo diferente a lo que damos nosotros. 😉

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  9. Hola Isabel:

    Me gusta mucho el artículo, estoy de acuerdo en muchas de las cuestiones que planteas y también considero que puede ser un buen punto de partida para un debate amplio, razonado y razonable sobre la necesidad de tener o no un colegio y sobre el mal llamado “intrusismo” en la traducción.

    Desde hace tiempo y ante las distintas voces que reclaman un colegio de traductores e intérpretes, siempre he considerado que me faltan argumentos suficientes para defender tanto una postura como la otra y, cuando trato de buscar dichos argumentos en otros sectores, veo que muchos colegios de profesionales están fracasando estrepitosamente con respecto a los servicios que ofrecen a sus colegiados y que, además, en muchos casos, formar parte de un colegio únicamente supone más burocracia. Por ejemplo, en el caso del Colegio de Traductores Públicos de Argentina, según me comentaban, para que una traducción jurada tenga carácter de oficial, hay que sellarla en el colegio. Este trámite supone un gran impedimento y contratiempo para muchos clientes, además de para el traductor, ya que supone añadir burocracia a una traducción que, en muchas ocasiones, tiene carácter de urgencia.

    Con respecto al intrusismo, estoy muy de acuerdo contigo también. Ahora bien, es cierto y entiendo perfectamente la indignación que genera -y lo digo con conocimiento de causa, dado el gran número de extranjeros que reside en Canarias- el hecho de que gente sin formación -y no me refiero exclusivamente a licenciaturas en traducción o en cualquier otra materia- trate no tanto de quitar clientes sino de entrar en un sector como el nuestro por la vía de la reducción de precios. Aunque no sea ese el ámbito en el que debemos competir, sí que, en cierto modo, nos afecta a todos. Por desgracia, la calidad no siempre se aprecia de igual manera, especialmente cuando el cliente únicamente quiere que alguien le saque de un apuro momentáneo.

    Dicho esto, estoy de acuerdo contigo en que no hay que tener a los mal denominados “intrusos”, sino que hay considerarlos partes del paisaje. Muchos pensaban que no había intrusismo en sectores en lo que la formación específica es imprescindible, como la odontología, y estamos viendo que sí que los hay, con lo que ello supone para la salud de los clientes que en ellos ponen sus manos. Ante esta situación, convengo contigo en que la receta es profesionalidad y responsabilidad.

    Por último, gracias por invitarnos a esta reflexión, que merece un debate amplio, tal y como te decía al principio, y que espero podamos acometer pronto.

    Un abrazo.

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    1. Gracias por tu extenso comentario, Tenesor. Un par de aclaraciones:

      – Coincido contigo en que los colegios no hacen más que aumentar la burocracia y entorpecer el ejercicio profesional. Precisamente en un momento en el que los colegios tienden a desaparecer (http://bit.ly/yz2QDR), no tendría sentido crear uno para «regular» una profesión tan diversa, heterogénea y globalizada como la traducción. En mi opinión, es como querer ponerle puertas al campo.

      – A mí también me indigna que haya gente no cualificada que intente entrar en nuestro sector reduciendo precios, pero una vez pasados esos segundos de indignación espontánea, no pierdo más el tiempo pensando en ellos. Estoy convencida de que es imposible mantenerse en el mercado si no reúnes ciertas cualidades y ofreces un buen servicio, a menos que te conformes con subsistir en algún segmento poco atractivo trabajando para clientes menos atractivos aún. Es imposible evitar que haya todo tipo de traductores, de igual manera que es imposible evitar que haya todo tipo de clientes. Que cada uno elija qué traductor contratar o con qué cliente trabajar en función de sus necesidades y aspiraciones.

      Un fuerte abrazo desde la Península,
      Isabel

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      1. Hola Isabel:

        En primer lugar, mis comentarios -lo siento- son siempre extensos.

        En segundo lugar, estamos de acuerdo.

        Con respecto a los colegios, me parecen instituciones en cierto modo anacrónicas, fundamentalmente porque la globalización, Internet y otras prácticas y situaciones han cambiado la realidad de manera profunda. A menudo, muchos de los abogados y médicos con los que trabajo me cuentan lo que ocurre en sus respectivos colegios profesionales y mi pregunta siempre es la misma: ¿cuál es el beneficio? Considero que, para muchas de nuestras reivindicaciones, una unión férrea y consciente de aquello por lo que se lucha podrían ser más que suficientes.

        Con respecto a la parte del -repito- mal denominado intrusismo, estoy también de acuerdo contigo en que no hay que perder el tiempo en dedicárselo a gente que intenta entrar en un sector dando palos de ciego. Coincido contigo en que, si no se ofrece unos mínimos de calidad y de conocimientos, esos “profesionales” están destinados a fracasar tarde o temprano. Ahora bien, cuando decía que entiendo la indignación, me refería a casos concretos de empresas cuyos nombres no vamos a mencionar que han introducido en el mercado profesional y, sobre todo, en los ámbitos públicos, a personas con baja cualificación por unos honorarios de miseria que, además de no ofrecer un servicio medianamente aceptable, desvirtúan los servicios públicos de traducción e interpretación y, por si fuera poco, imponen unas tarifas que acaban afectando a los profesionales de verdad. Por ejemplo, en el servicio de interpretación judicial de Canarias -que, dicho sea de paso, funciona bastante bien gracias al buen hacer de la persona que lo coordina-, hace aproximadamente un año redujeron las tarifas de los intérpretes judiciales amparándose en los servicios subcontratados de otras comunidades. Ante la queja de los profesionales, que justificábamos nuestra protesta en los gastos sociales, de desplazamiento, etc. a los que estamos sujetos, la directora general llegó a decir que “si no lo hacen los profesionales, otros lo harán.” Está claro que este problema no es de intrusismo, sino de supuestos beneficios económicos. Estarás de acuerdo conmigo en que, a la larga, la argumentación de dichos beneficios caerá por su propio peso.

        En tercer y último lugar -por ahora-, lamento haber cambiado el tema de la discusión. Creo que es un debate amplio, rico y necesario. Te felicito por haberlo abierto.

        Un abrazo y estamos en contacto.

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        1. Que conste que lo de extenso comentario no era un reproche por el que debas disculparte. 🙂

          Respecto a los servicios de traducción e interpretación en la administración pública, la responsabilidad de la situación no recae solo en las empresas que proporcionan esos pésimos servicios, sino también en quien los contrata sin importarle si son prestados por profesionales y en qué condiciones. Si a la administración pública le da igual la calidad de los servicios de traducción e interpretación y solo mira la pela, hay dos desenlaces posibles: que tarde o temprano se dé cuenta del pésimo servicio que ha contratado y recurra finalmente a profesionales serios que hagan su trabajo en condiciones (y que, por tanto, cobrarán una tarifa en consonancia) o que pase olímpicamente de la situación porque lo que le interesa es que el servicio le salga barato, en cuyo caso no queda más opción que pasar por el aro o mandarlos a paseo, con o sin queja de por medio. Yo confío en que, como bien dices, a la larga el argumento de los beneficios caiga por su propio peso.

          Gracias por avivar el debate, Tenesor, y mucha suerte en tu lucha contra los «intrusos». 😉

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          1. Es probable que me haya expresado fatal. Por ello, solo quiero matizar que yo no libro ninguna lucha contra nadie y que, además, no suelo utilizar el término intruso ni ningún otro término similar para calificar a quienes pretenden ganarse la vida con mayor o menor conocimiento de un sector. Creo que, a fin de cuentas, es una cuestión de concienciación por parte de todos los sectores implicados: profesionales, clientes, administración pública, empresas, etc.

            Saludos.

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          2. Creo que la que se ha expresado mal he dicho yo, Tenesor. Lo de la lucha era una forma de hablar; tan solo quería desearte que no te veas perjudicado, de una forma u otra, por el trabajo de traductores poco profesionales.

            Un saludo,
            Isabel

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