Mamá, quiero ser traductor

Ha pasado ya un año desde la última entrada que publiqué aquí, pero hoy he decidido volver a la blogosfera para dar respuesta a una pregunta que me han formulado decenas de veces a lo largo de estos años y que se plantearán muchas otras personas en los años venideros: quiero ser traductor, ¿qué hago? Lógicamente, no hay recetas mágicas y cada caso tiene sus particularidades, pero si tuviera que recomendar una fórmula general para empezar de cero en este sector, sería la siguiente:

Paso 1: Reflexiona

Lo he repetido en infinidad de ocasiones, pero lo voy a poner de manifiesto una vez más: la primera pregunta que uno debe formularse es si realmente quiere ser traductor y si sabe lo que conlleva este trabajo. Nueve de cada diez aspirantes a traductor (vale, me he inventado la estadística, pero os podéis hacer una idea) desconocen o tienen una idea distorsionada, idílica o romántica del trabajo del traductor, de ahí que luego vengan los chascos y las decepciones cuando se topan con la cruda y nada glamurosa realidad.

Artículos para iluminarte: La senda del traductor novel (1); 12 secretos sobre los traductores autónomos; El traductor, ese señor que traduce.

El segundo aspecto sobre el que debería reflexionar todo aquel que se plantee dedicarse a la traducción es si posee las cualidades necesarias para ello. ¿Dominas tu lengua materna? ¿Eres experto en algún tema además de tener buenos conocimientos de un idioma extranjero? ¿Manejas con soltura el ordenador? ¿Eres perseverante, disciplinado, curioso, independiente?

Artículos para iluminarte: 12 secretos sobre los traductores autónomos; Las cualidades básicas del buen traductor.

Y la tercera cuestión clave es: ¿quieres trabajar como autónomo (como hacemos la mayoría) o en plantilla? Si la respuesta es «como autónomo», sigue buceando por este blog.

Artículos para iluminarte: La senda del traductor novel (2).

Paso 2: (In)fórmate

Vale, has reflexionado y has decidido que quieres seguir adelante con tu empeño de ser traductor, porque te encantan los idiomas y el lenguaje, te gusta escribir y leer, tienes un buen nivel de [inserte aquí idioma], desde pequeño has escrito sin faltas de ortografía y crees que esto se te daría bien. Además, eso de trabajar por tu cuenta tampoco te asusta. Estupendo, es un buen punto de partida, pero es probable que no te sientas suficientemente seguro para lanzarte al ruedo de la traducción y que te falte una base para poder desarrollar este trabajo con ciertas garantías. Párate a pensar: ¿qué conocimientos te faltan? Si procedes de una rama «de letras» afín a la traducción (como, por ejemplo, la filología o el periodismo), es probable que tengas una buena base lingüística, pero que te falten destrezas informáticas o que no tengas conocimientos de otras materias en las que poder especializarte. En cambio, si eres un profesional de un sector completamente distinto (ingeniería, medicina, derecho…) que quiere reciclarse y reorientar su carrera hacia la traducción, los conocimientos especializados ya los tienes, pero seguramente te falte una buena base lingüística. ¿Qué hacer para subsanar esa carencia?

  • Lengua española: Ser hablante nativo de un idioma no te convierte en un experto de dicho idioma. Es fundamental conocer, al menos, las autoridades lingüísticas y las obras básicas de referencia de nuestra lengua, como el Diccionario de la lengua española, el Diccionario panhispánico de dudas, la Nueva gramática de la lengua española y la Ortografía de la lengua española de la Real Academia Española; las obras de José Martínez de Sousa, como el celebérrimo Manual de estilo de la lengua española, y las normas dictadas por la Fundéu, por citar solo algunas de las muchas referencias y autores. Si lo que te faltan son conocimientos de español, empieza por ahí.
  • Informática: La opción más barata para formarse en este campo es dedicar un poco de tiempo a leerse la documentación y las instrucciones de uso de los propios programas, así como buscar en internet cursos o tutoriales gratuitos y, sobre todo, trastear y practicar. Pero si no te fías de tu espíritu autodidacta y prefieres que alguien te instruya, puedes optar por talleres o cursos específicos.

Artículos para iluminarte: Software para traductores (1), Software para traductores (2), Software para traductores (3).

  • Formación general en traducción o conocimientos especializados de otras áreas: También en este caso, la formación por tu cuenta a base de leer, leer, leer y preguntar es lógicamente la opción más barata, aunque no la más sencilla, ya que requiere una considerable dedicación y esfuerzo no supervisados. Si te gusta más la formación reglada o impartida por profesionales, puedes decantarte por cursos o másteres de universidades o de empresas especializadas en formación para traductores. En cualquier caso, para asegurarte de que el nivel del curso cumple tus expectativas y merece la pena el desembolso que conlleva, pide opiniones y referencias de antiguos alumnos, léete bien el programa y los contenidos e infórmate sobre la trayectoria y la reputación de los docentes.

Dónde buscar cursos: Asociaciones profesionales (como los cursos de APTIC y los seminarios web de Asetrad), universidades españolas y extranjeras, empresas de formación para traductores (por ejemplo, AulaSIC, Cálamo&Cran, Con Trazo Firme y Estudio Sampere).

Pero antes de lanzarte a la piscina, familiarízate también con el sector: las redes sociales, las listas de distribución, los blogs, las asociaciones profesionales o las revistas de traducción (como La Linterna del Traductor) pueden ser un buen punto de partida para saber lo que se cuece en el gremio. Observa, empápate, pregunta, relaciónate con traductores.

Artículos para iluminarte: El traductor, ese animal (a)social; Comunidades virtuales.

Paso 3: Analiza y planifica

Bien, ya tienes la base necesaria para ser un buen traductor; ahora te toca pergeñar un plan de negocio que te sirva de guía para abrirte camino en el sector de la traducción sin morir en el intento. Piensa:

  • ¿Qué servicios quieres ofrecer?: traducción, interpretación, corrección, transcripción, etc.
  • ¿Con qué idiomas trabajarás? A este respecto, yo soy seguidora de la máxima «quien mucho abarca, poco aprieta», es decir, suele ser mejor y más rentable trabajar con pocos idiomas (uno o dos como mucho) y conocerlos muy bien que ofrecer varias lenguas sin llegar a conocer en profundidad ninguna de ellas. Cuando uno trabaja con varios idiomas de partida, es inevitable que acabe traduciendo más de una lengua que de otra, lo que implica que esa primera lengua la dominará mejor y le será más fácil trabajar con ella, mientras que el otro idioma se irá oxidando poco a poco y cada vez le será más difícil y costoso traducir textos de esa lengua.¿Y qué idiomas elegir? Lo ideal y utópico sería encontrar un idioma relativamente exótico que domine poca gente, pero que tenga suficiente demanda. Fácil, ¿no? Si no puedes aunar las dos cosas y tienes que decantarte por un idioma exótico con poca demanda o un idioma común muy demandado, es mejor, lógicamente, decantarse por este último, aunque haya más competencia. En cualquier caso, escoge un idioma que domines y te guste.
  • ¿En qué temas te especializarás? Especializarse en un determinado tipo de traducción, ya sea médica, técnica, jurídica, económica, etc., suele ser un punto a favor, tanto para el cliente (que obtendrá traducciones de calidad) como para el traductor (al que le será más fácil traducir textos con cuyo tema está familiarizado). No obstante, por lo general, tampoco conviene limitarse a una especialidad muy concreta, a menos que tenga una gran demanda. Lo ideal es tener una especialización o una combinación de especializaciones relativamente amplias. Para elegirlas, ten en cuenta tus idiomas de trabajo y tus mercados de destino. ¿Cuáles son los sectores más pujantes de los países donde se habla tu lengua extranjera? Si, por ejemplo, traduces del alemán y Alemania tiene un importante sector industrial, no sería mala idea especializarse en traducción técnica.
  • Otros puntos que conviene tener en cuenta antes de poner en marcha el negocio: equipamiento y tarifas.

Artículos para iluminarte: Cómo se fija una tarifa; Seis verdades sobre tarifas que no debemos olvidar; ¿Cuánto ganas realmente?: el factor rentabilidad; Oficina, dulce oficina.

Y, como en todo plan de negocio, date tiempo, fíjate un plazo para prosperar (yo diría que, como mínimo, uno o dos años) y ten un respaldo económico para salir adelante mientras los ingresos escasean. Si al concluir el plazo establecido no has tenido éxito en tu aventura, abandona o replantéate el camino que estás siguiendo.

Paso 4: Lánzate

Una vez que tengas atado y bien atado todo lo anterior, no esperes más: ¡lánzate! Nunca vas a encontrar el momento perfecto ni lo sabrás todo antes de empezar, así que cuanto antes des el primer paso, antes irás adquiriendo experiencia y perfeccionándote como hacemos todos: mediante ensayo y error. Busca clientes, date a conocer, grita a los cuatro vientos que existes y eres bueno en lo que haces: haz cualquier cosa menos quedarte parado.

Artículos para iluminarte: La senda del traductor novel (3); El arte de tratar con los clientes: consejos y pautas de actuación; Los errores más comunes de un traductor; La escuela de la vida: lecciones prácticas sobre el trabajo del traductor.

Las cualidades básicas del buen traductor

Hace unas semanas, una lectora de este blog, Andrea, me planteó en un comentario una serie de preguntas que ya me han formulado anteriormente muchas otras personas y que son fruto de la incertidumbre y la inseguridad (normales, por otro lado) que suelen atenazar a los que quieren estudiar o dedicarse a la traducción, pero no saben cómo funciona esto ni si se les dará bien. Andrea, en concreto, me preguntaba si se puede estudiar Traducción sin tener un buen nivel de español o sin conocer otro idioma extranjero aparte del inglés, si se puede mejorar el español a lo largo de los años de estudio, si puede ser contraproducente ser ansiosa y aislada y si esta profesión requiere grandes dosis de capacidad comunicativa cara a cara. En resumen, ¿qué cualidades debe tener un estudiante de Traducción o un traductor profesional?

Empecemos por el principio, por lo básico, obvio y elemental: un traductor o estudiante de Traducción debe conocer, como mínimo, una lengua extranjera y su propia lengua materna. Esta afirmación puede parecer una perogrullada, pero lo cierto es que muchas veces, los estudiantes o traductores noveles no son del todo conscientes de lo que eso significa realmente y es habitual que cometan dos errores: creer que en la carrera aprenderán el idioma del que quieren traducir y, lo que es peor, olvidar que conocer su propia lengua materna a la perfección es tanto o más importante que tener un buen dominio del idioma extranjero en cuestión.

En cuanto al primer punto, hay que tener muy claro que la carrera de Traducción no es un curso para aprender inglés, francés, alemán o chino; su objetivo, en principio, es que los alumnos aprendan a traducir, por lo que la lengua B (la primera lengua extranjera, la lengua de la que uno traduce principalmente) ya debe venir aprendida de casa. Dicho de otro modo: se espera que el alumno ya tenga un cierto nivel de su lengua B para poder superar la carrera. Entrar, por ejemplo, en traducción de alemán sin tener ni idea de alemán es una garantía de sufrimiento y, en última instancia, si el alumno no se pone muchísimo las pilas para alcanzar el nivel requerido, de fracaso. Los cuatro años de estudios sirven para que el estudiante perfeccione su lengua de trabajo, no para que la aprenda desde cero. No sucede lo mismo con las segundas y terceras lenguas extranjeras (lenguas C y D), sobre todo si son idiomas raros o exóticos, en cuyo caso sí se suelen impartir desde el nivel más básico. No obstante, no hay que perder de vista que el nivel que se necesita para traducir un idioma es muy alto y ese nivel, en el caso de las lenguas C y D, no se alcanza en cuatro años de carrera (menos aún si se trata de idiomas como el japonés o el chino), por lo que se requerirán varios años más de esfuerzo y trabajo aparte si el alumno quiere llegar a traducir dichas lenguas.

En cuanto al segundo punto, no hay peros que valgan: saber traducir (bien) pasa inevitablemente por saber redactar a la perfección en tu lengua materna. Si no se te da bien escribir, si no conoces tu lengua materna en profundidad, dedícate a otra cosa, porque por muy bien que entiendas el texto original, jamás podrás producir un texto de destino de calidad. Es un error creer que ser hablante nativo de un idioma te capacita automáticamente para traducir a ese idioma. ¿Acaso ser capaces de correr nos convierte automáticamente en campeones de atletismo? Y es que dominar el español no significa solo saber dónde poner las tildes, sino también cómo usar adecuadamente las mayúsculas y las minúsculas, las cursivas o los signos de puntuación, tener un léxico rico y una expresión fluida, saber cómo utilizar la lengua en cada situación y contexto; en definitiva, estar al día de todas las normas gramaticales, ortográficas, ortotipográficas y de estilo del idioma, o conocer las fuentes de consulta adecuadas para resolver las dudas que tengamos (al fin y al cabo, ningún profesional lo sabe todo). Parte de ello se aprende en la carrera, pero se trata de una tarea de actualización, aprendizaje y perfeccionamiento constantes a la que debemos prestar atención durante toda nuestra vida profesional.

Esto entronca con otras de las cualidades que ha de tener un buen estudiante de Traducción o traductor profesional: curiosidad y capacidad autodidacta. En una profesión en la que se manejan textos de todo tipo y en la que es recomendable especializarse y reciclarse para no quedarse estancado y obsoleto, tener ganas de aprender y saber hacerlo por tu cuenta es fundamental. Informática, técnicas de venta y comunicación, DTP, finanzas, medicina u otras especialidades…: los ámbitos en los que puede y debe formarse un traductor para mejorar sus habilidades y el servicio que ofrece son casi infinitos. El traductor es, literalmente, un profesional hecho a sí mismo, porque no le queda más remedio. Si él no se mueve, nadie va a venir a moverlo.

En conclusión, esta es una profesión para gente independiente y con empuje, perseverante, paciente y disciplinada, entre otras muchas cualidades. Si necesitas a alguien que te diga qué hacer o que te saque las castañas del fuego, si te estresas con facilidad o te dejas llevar por el desánimo a las primeras de cambio, si no te atreves a relacionarte con los compañeros de profesión, quizá la traducción no sea tu camino. Para saber más, no te pierdas estos otros artículos:

La senda del traductor novel (1): ¿realmente quieres ser traductor?

La senda del traductor novel (2): pros y contras de ser autónomo

El traductor, ese animal (a)social

De traducción, asociaciones y juntas directivas

La semana pasada vio la luz el nuevo número de La Linterna del Traductor, la revista gratuita de la Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes (Asetrad). Se trata de una publicación semestral cuyo valor no radica solo en la calidad y la variedad de los artículos, que abarcan multitud de ámbitos de interés para la profesión, sino también, y muy especialmente, en el hecho de que todos los que participan y ponen su granito de arena para que la revista salga adelante lo hacen por amor al arte. O a la traducción, para ser más precisos. Ni los autores de los artículos, ni los jefes de las distintas secciones, ni la directora, ni la redactora jefe, ni las responsables de maquetación —por citar solo a algunas de las personas que intervienen— cobran un duro por el titánico esfuerzo de dedicar una parte importante de su tiempo libre a que este hermoso proyecto, a que esta herramienta de difusión de conocimientos entre profesionales, siga vivo.

Yo he tenido la suerte y el honor de participar por partida doble en el último número: como autora de un artículo sobre el aspecto social de la profesión y como autora de las fotografías que ilustran la revista, que está especialmente dedicada al Congreso X Aniversario de la asociación. No es la primera vez que me involucro en una actividad de Asetrad, pues casi desde que entré en la asociación allá por el 2006, he intentado ser una socia activa y he participado en todo aquello en lo que he podido y me han propuesto (charlas, grupos de trabajo internos, El Cuaderno de Bitácora, etc.). Y cada vez que lo hago, siento esa deliciosa satisfacción de estar contribuyendo a que la asociación goce de buena salud y a que eso redunde de un modo u otro en beneficio de los socios, que a fin de cuentas son los que han de arrimar el hombro para que la asociación salga adelante.

Como digo, siempre he sido una socia más o menos activa, pero el año pasado decidí ir un paso más allá: aprovechando que había elecciones para renovar la junta directiva, presenté mi candidatura con el ánimo y la ilusión de implicarme y trabajar más a fondo por y para la gran familia asetradera. Soy una persona seria, organizada, metódica, comprometida y cumplidora, así que ¿por qué no poner esas cualidades al servicio de Asetrad? Por suerte, buena parte de los socios depositaron su confianza en mí y salí elegida, junto con otros once valientes y competentes compañeros que, al igual que yo, tuvieron la insensata y maravillosa idea de sacrificar una parte de su tiempo libre en pro de otros compañeros de profesión. Estos cuatro meses como vocal de comunicación, actos y prácticas universitarias (vocalías que comparto con otras magníficas colegas) me han servido para conocer las entrañas de la asociación y ser verdaderamente consciente de todo el trabajo y el esfuerzo que hay detrás, esfuerzo que muchas veces, por desconocimiento, no es lo suficientemente valorado por la gente.

Pero mi participación en Asetrad no es solo fruto de mi espíritu altruista para con los demás socios, sino que también surge de la necesidad de buscar nuevos estímulos y actividades que me satisfagan al margen del trabajo remunerado de traducir y revisar. Y es que traducir puede llegar a ser monótono. Cuando uno empieza su carrera profesional en este sector, ávido por trasladar de un idioma a otro cualquier cosa que caiga en sus manos, no se le pasa por la cabeza que después de cinco, diez o quince años haciendo lo mismo, dicha actividad puede llegar a cansar, por mucho que te guste tu trabajo. Tener una cartera de clientes estable y traducir siempre el mismo tipo de textos tiene sus ventajas: mayor especialización, más calidad y más rentabilidad, porque trabajas más rápido. Pero también tiene un inconveniente importante, y es que la ausencia de nuevos desafíos puede abocarte al hastío. Llegado este punto, uno tiene tres opciones: dejarlo todo y cambiar radicalmente de profesión, en plan peliculero; no hacer nada y seguir sumido en el aletargamiento de la rutina, que al fin y al cabo es bastante cómoda, o buscar otros alicientes que te permitan recobrar la ilusión en tu trabajo. Yo me decanté por esta última opción y para mí, Asetrad es uno de esos estímulos, como lo puede ser aprender un nuevo idioma o una nueva especialidad, renovar tu imagen profesional o compaginar la traducción con otro tipo de actividad profesional, como la docencia o la organización de cursos. Se trata, en definitiva, de buscar algo que nos apetezca hacer (incluso aunque no reporte dinero) y nos permita reencauzar nuestra carrera hacia nuevos horizontes que nos resulten estimulantes, y formar parte de la junta directiva asetradera está siendo para mí una experiencia de lo más gratificante en ese sentido. Seguiré trabajando en ello.

El arte de tratar con los clientes: consejos y pautas de actuación

Todos los traductores con cierta experiencia tenemos un protocolo de actuación más o menos estandarizado que rige nuestra comunicación con los clientes. Es decir, todos seguimos unas determinadas pautas a la hora de tratar con ellos y de recibir y entregar trabajos. Establecer unas directrices de este tipo nos ayuda a tener claro cómo actuar ante el cliente en cada situación, lo que se traduce en un ahorro de tiempo y esfuerzo y en una comunicación más eficaz.

Clientes nuevos y potenciales

En líneas generales, pueden darse tres casos: que el cliente, antes de encargarnos nada, nos pida información; que nos pida presupuesto para un trabajo concreto, o bien que nos haga directamente un encargo.

1. Cuando nos piden información

Si el cliente es un intermediario (una agencia o empresa de traducción u otro traductor) que está ampliando su base de datos de proveedores para futuros trabajos o haciendo una selección para escoger al traductor adecuado para un proyecto, nos pedirá por lo general que le remitamos nuestro currículum y nuestras tarifas. Por lo tanto, es imprescindible que estos dos documentos estén siempre actualizados para poder enviárselos al cliente cuanto antes, preferiblemente en formato PDF y con un diseño atractivo y profesional. No hay que olvidar adaptar la información del currículum y la lista de precios al tipo de cliente o de trabajo del que se trate. Además, podemos aprovechar el mensaje de respuesta para presentar brevemente nuestros servicios y destacar los puntos fuertes que nos convierten en el traductor idóneo. A este respecto, la clave es transmitir la información de manera clara, concisa y sucinta. Tras ese primer contacto conviene hacer un seguimiento para asegurarnos de no caer en el olvido y recordarle al cliente nuestra existencia, por ejemplo mediante un nuevo correo o incluso una llamada al cabo de unos días o semanas.

Si el que nos pide información sobre nuestros servicios es un cliente directo, lo recomendable es actuar como lo haría cualquier otro profesional o empresa. ¿Enviándole nuestro currículum? No: mandándole una presentación de lo que ofrecemos (por ejemplo, en PDF, PowerPoint o en el propio cuerpo del mensaje) y, en su caso, nuestras tarifas generales. De nuevo, la concisión, la claridad y la brevedad son esenciales para no aburrir al cliente y que entienda a la primera quiénes somos y qué hacemos. También podemos remitirle a nuestro sitio web o a cualquier otra página que ofrezca información sobre nuestro perfil profesional. En este caso tampoco está de más hacer un seguimiento, que, lógicamente, será más exhaustivo cuanto más nos interese el cliente.

En ambos casos, sin embargo, hay que tener presente una máxima: ceñirse siempre a lo que el cliente nos pida y no olvidar contestar a ninguna de sus preguntas.

2. Cuando nos piden presupuesto

La forma de actuar en esta situación es obvia: enviarle al cliente el presupuesto solicitado, en el que detallaremos nuestros datos de contacto y los del cliente, los detalles del trabajo en cuestión (tipo de tarea, idiomas, documentos, extensión…), el precio por unidad y el precio total. No hay que olvidar indicar si ese precio incluye impuestos y, en su caso, gastos de envío. Y otros datos que nunca deben faltar en un presupuesto: la forma y el plazo de entrega del trabajo, la forma y el plazo de pago y las condiciones de anulación por si el cliente decide cancelar el encargo una vez confirmado, así como cualquier otra consideración importante que el cliente deba tener en cuenta. El presupuesto es el seguro que nos cubrirá las espaldas en caso de que más adelante haya problemas o discrepancias con el cliente respecto al trabajo entregado, por lo que conviene que sea lo más detallado posible y que el cliente lo devuelva firmado o, como mínimo, que lo confirme expresamente por escrito.

3. Cuando nos hacen un encargo

Puede darse el caso de que un cliente nuevo nos ofrezca un trabajo directamente sin pedirnos presupuesto ni información de antemano. En esta situación, antes de aceptar el encargo, debemos asegurarnos siempre de tener la siguiente información (si el cliente no nos la facilita en su mensaje, habrá que pedírsela):

  • Datos completos del cliente: Nombre de la empresa o del particular, dirección postal, teléfono, correo electrónico y número de identificación fiscal. Estos datos los necesitaremos también para la factura. Para obtener más información sobre el cliente y verificar su existencia y su solvencia, es muy aconsejable visitar su página web, buscarlo en Google o consultar foros como el BlueBoard de ProZ.
  • Documentos que hay que traducir o revisar: Aceptar un encargo sin haber visto y evaluado primero los documentos en cuestión es poco menos que suicida. Aunque el cliente describa el trabajo en su correo, conviene pedirle que nos envíe los archivos para evitar sorpresas: que el documento no sea fácilmente legible, que resulte estar en un idioma o pertenecer a un tema distinto del que había dicho el cliente, que sea más largo de lo esperado o tenga un formato infernal, etc. Sí, estas cosas pasan.
  • Tarifa, fecha y forma de entrega, condiciones de pago y de anulación: Puede ser que el cliente fije esos términos de antemano (aunque muchas veces pueden negociarse) o que se amolde a lo que nosotros digamos. En cualquier caso, estas condiciones deben estar meridianamente claras antes de empezar el trabajo. Si tenemos dudas sobre la solvencia del cliente o no estamos dispuestos a arriesgarnos a sufrir un impago, en especial cuando se trata de proyectos sustanciosos, podemos pedir un pago anticipado por la cuantía total o por un porcentaje del importe.

En el caso de las agencias de traducción, todas estas condiciones suelen recogerse en una orden de pedido o purchase order (PO). Huelga decir que hasta que el cliente no nos envíe esa hoja o no confirme expresamente el encargo por escrito, es mejor no mover un dedo. Y una vez aceptado, para hacer el trabajo lo mejor posible, no está de más preguntarle al cliente si dispone de glosarios, documentos de referencia, traducciones anteriores o cualquier otro tipo de material que nos facilite la tarea y nos ayude a entregar una traducción de calidad y coherente.

Clientes habituales

Cuando recibimos un trabajo de un cliente habitual, suele bastar con echarles un vistazo a los documentos y confirmar la fecha de entrega, pues las tarifas y las condiciones de pago son por lo general las mismas para todos los encargos. Si varían, habrá que confirmarlas también, obviamente.

Al entregar un trabajo

A la hora de hacer y entregar el trabajo, no hay que olvidar seguir las instrucciones especificadas por el cliente (formato de archivo, documentos que hay que entregar, etc.). Si queda alguna duda que no hayamos podido resolver o tenemos alguna observación o comentario, no debemos olvidar incluirlos en el mensaje de entrega. Y un error tonto, pero habitual, que hay que evitar: olvidar adjuntar los archivos. Precisamente por este motivo y por todos los problemas que pueden surgir en la entrega (que el mensaje no llegue a su destinatario, que no pueda abrir los archivos enviados, que no entienda algo, etc.), conviene seguir al pie del cañón, del correo y del teléfono inmediatamente después de haber enviado el trabajo, por si hubiera que solucionar algún contratiempo.

¿Y si nos llaman por teléfono?

Lo habitual en los tiempos que corren es que los clientes se pongan en contacto con nosotros por correo electrónico, y los consejos que acabo de dar se aplican a ese canal de comunicación. No obstante, tampoco es infrecuente que los clientes nos llamen por teléfono para solicitar información, pedir presupuesto o hacernos un encargo. En tales casos, es recomendable confirmar y sintetizar por escrito todo lo que se haya dicho de palabra, para que no se las lleve el viento y no haya malentendidos. Y de nuevo, la regla de oro: no aceptar ni establecer nunca las condiciones de un encargo sin haber visto antes los archivos.

¿Y si no nos pagan?

Muchas veces, los retrasos en los pagos se deben a despistes, fallos técnicos o facturas que se traspapelan. Por ello, si un cliente tarda en pagar, conviene indagar cortésmente a qué se debe el impago. Si con el tiempo no se resuelve el conflicto, habrá que enviarle recordatorios más severos y tomar medidas más drásticas. En cualquier caso, para reducir al mínimo el riesgo de impago, podemos —como he dicho más arriba— buscar de antemano información sobre el cliente y su solvencia, solicitar el pago anticipado total o parcial del trabajo o no aceptar más de un número determinado de encargos de clientes nuevos hasta que nos paguen.

En realidad, todos estos consejos y pautas pueden reducirse a tres: cortesía, profesionalidad y sentido común.

Guía rápida de supervivencia: cuatro entradas básicas para traductores noveles

Ya estamos en junio, el mes en el que muchos estudiantes de Traducción e Interpretación acabarán la carrera y se verán enfrentados a la temible pregunta que todo recién licenciado se hace: y ahora, ¿qué? Para hacerles un poco más fácil esa transición de la vida universitaria al mundo laboral, he recopilado aquí las cuatro entradas de mi bitácora más útiles para traductores noveles:

La senda del traductor novel (1): ¿realmente quieres ser traductor?

Lo primero que hay que tener claro antes de lanzarse al mercado laboral es si realmente queremos dedicarnos a traducir y si queremos trabajar como autónomos o en plantilla.

12 secretos sobre los traductores autónomos

¿La vida de un traductor es realmente como crees que es? Antes de decantarse por este trabajo no está de más saber en qué consiste realmente.

La senda del traductor novel (2): pros y contras de ser autónomo

La mayoría de los traductores somos autónomos. ¿Es mejor o peor que trabajar en plantilla? En este artículo os presento las ventajas y los inconvenientes del trabajo por cuenta propia.

La senda del traductor novel (3): cómo iniciar tu andadura profesional

Vale, sí, quiero ser traductor y, además, autónomo. ¿Por dónde empiezo a buscar clientes? Aquí os doy algunas ideas.

Y de regalo, este completísimo artículo de Scheherezade Surià con ideas para darnos a conocer, promocionar nuestros servicios y encontrar trabajo «con la que está cayendo».

¡Ánimo y que san Jerónimo os acompañe!

El traductor en la sombra cambia de imagen

Renovarse o morir, dicen. Y como lo último que quiero es irme al hoyo tan joven, he decidido darle un lavado de cara al blog y estrenar un nuevo diseño más fresco, más sencillo, más femenino. Como yo, vamos. :-) ¡Espero que os guste!

Momentos que no se pagan con dinero: la retribución emocional del traductor

No todo en la vida es cuestión de dinero, y el sector de la traducción no iba a ser una excepción. Todos —o casi todos— los que nos dedicamos a este trabajo, tan invisible y poco valorado a veces, aspiramos a vivir bien de ello, pero hay ocasiones en las que la recompensa va más allá de lo económico y material. La sensación de que te paguen (y de que te paguen bien) por hacer un trabajo que te gusta es de lo más placentera, pero hay momentos en la trayectoria profesional de un traductor que superan con creces ese deleite:

  • Cuando experimentas esa indescriptible sensación de liberación y satisfacción al entregar un trabajo largo, difícil o complejo que te ha salido redondo.
  • Cuando un cliente te felicita por un trabajo bien hecho o te dice que tu traducción es perfecta (aunque ya sabemos que la perfección no existe).
  • Cuando un cliente está dispuesto a esperar a que vuelvas de vacaciones o estés de nuevo disponible para que seas tú, y no otro, quien haga un trabajo.
  • Cuando un cliente te dice que no mejoraría absolutamente nada del servicio que le prestas.
  • Cuando un cliente te da las gracias aliviado por resolverle un problema de última hora o hacerle un favor.
  • Cuando un cliente te llama expresamente para darte las gracias por recomendarle a un colega con cuyo trabajo ha quedado satisfecho.
  • Cuando un colega te agradece que le hayas recomendado.
  • Cuando un colega que ni siquiera ha visto tu trabajo te recomienda a un cliente porque le inspiras confianza y se fía de tu profesionalidad.
  • Cuando los lectores de tu blog te felicitan por lo que escribes y te dan las gracias por haberles ayudado con tus consejos.

En definitiva, además de darte sorpresas, la vida también te da momentos inesperados de reconocimiento profesional y agradecimiento personal que no se pueden comprar ni pagar con dinero y que tienen muchísimo más valor y poder que el vil metal: un valor emocional, sinérgico y catártico. Para todo lo demás, Mastercard.

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